viernes, 30 de marzo de 2012

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 8 (3/5)


Julián observó a la muchacha con detención. Al tenerla tan cerca de su cuerpo, le había sido imposible no percatarse de la ansiedad que la aquejaba. Temblaba de pies a cabeza, y su rostro, normalmente imperturbable, mostraba las señales de una angustia infinita.
-   ¿Miss Beckesey? ¿Está usted bien?- la interrogó con la mayor delicadeza de la que fue capaz. Era obvio el profundo nerviosismo en el que se encontraba sumida, y lo último que deseaba hacer en ese minuto, era acrecentarlo aún más.
"Hoy estás todo un caballero andante, Julián", se dijo con sarcasmo. "¿A qué otro damisela en peligro irás a rescatar después?".
-    ¿Está usted bien?- insistió al no recibir respuesta.
Sofía alzó la mirada, y tras enfocarla en el rostro del joven, se apartó bruscamente de él.
-   Yo… ¡Claro! Es decir...- corrigió al comprender la exaltación con la que había contestado-: Estoy bien, Mr. Ranford. Agradezco su preocupación- señaló, sin imprimir ni un rastro de amabilidad al tono de su voz. En cambio, dirigió una reprobatoria mirada a Julián, como si el caballero le hubiera faltado gravemente el respeto.
Julián lanzó una carcajada carente de diversión.
-    Me reprueba usted- indicó, aún sonriendo.
-   ¿Hay alguna razón por la que deba hacerlo?- lo increpó la joven. Sin esperar su respuesta, pasó por su lado, y comenzó a subir las escaleras-. Si me disculpa, debo retirarme.
-   ¿Es que acaso le ha disgustado estar entre mis brazos, Miss Beckesey? ¿No ha sido de su agrado?- la continuó interrogando-: ¿O es que jamás ha probado las caricias de un hombre?
Sofía se detuvo bruscamente. Un intenso rubor se adueñó de sus mejillas, y le impidió responder la pregunta. Más que por su desfachatez, su perturbación se debía a las sensaciones que las palabras de Julián le habían recordado; a aquellos momentos de intimidad que había compartido con Mr. Dorian Fenwick en la biblioteca, su cercanía, su tacto, su cálido aliento acariciando la piel de su rostro… 
-    Ha sido un accidente…- arguyó la joven con voz ahogada.
¿Y lo ocurrido con Mr. Fenwick? ¿También había sido un accidente? ¿No había acudido acaso deliberadamente a su lado? ¿No había estado a punto de permitir que…la besara?
-   Desde mi punto de vista, usted se ha lanzado directo a mis brazos. ¿Es que se comporta usted así con todos los caballeros que se cruzan por su camino, Miss Beckesey?
Sofía, incapaz de seguir soportando sus ofensas, giro su rostro levemente, dejando que Julián pudiera ver sólo su perfil. Aún quedaban pinceladas de carmín en sus pálidas mejillas, pero su integridad no había tambaleado ni un ápice, a pesar de la intensidad de su malestar, y la vergüenza que a momentos la invadía. Así, erguida desde la altura, con el rostro iluminado suavemente por la luz que los ventanales filtraban, desprendía la altivez y la belleza de una diosa vengadora, a quien ni las tragedias, ni la vileza de los hombres, son capaces de inmutar.
-   Juzgando su apariencia, cualquiera diría que es usted un caballero, Mr. Ranford. Sin embargo, con su actuar, no deja de desmentirlo- dijo-. Ahora, si me disculpa, es hora de que me retire.



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Harriet entró con suavidad al cuarto, procurando no alarmar a Miss Prince más de lo que estaba. La mujer se encontraba recostada sobre su cama, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre su abdomen. Parecía estar más tranquila, y eso alegró a Harriet. El estado de la pobre mujer había sido alarmante. La reacción de Julián no pudo ser más acertada en aquél momento, y si agregaba a eso, los amables cuidados prodigados por Elene, no dudaba que hasta el más grave de los enfermos sanaría. El fugaz recuerdo de su padre, al que sabía herido en el campo de batalla, ensombreció sus pensamientos por unos instantes, enviándola muy lejos del cuarto de Miss Prince y de Blackwood Manor. Añoraba volver a ser estrechada entre sus protectores brazos, sentir su presencia férrea y paternal a su lado. Si al menos tuviera noticia de él...
-   ¿Miss Beckesey?- la interrogó una delicada voz femenina.
Harriet alzó el rostro, esbozando una sonrisa. Miss Prince había despertado, y la observaba con curiosidad.  
-   Lo siento. No quería molestarla- se disculpó de inmediato-. Si desea puedo volver en otro momento...
-   No, querida. No- se apuró en contradecir la mujer su propuesta. Se levantó con dificultad del lecho, y alzó una mano en dirección a los sillones que descansaban junto a los ventanales-. Puede tomar asiento, si lo desea, Miss Beck...
Harriet la observó tambalearse, y en apenas unos segundos, estuvo a su lado. La sostuvo firmemente de un brazo, impidiendo que cayera desvanecida al suelo. Luego, la examinó con preocupación. La mujer estaba pálida, y no dejaba de temblar.
-   Quizá sea mejor si va a recostarse de nuevo- la aconsejó guiándola hacia la cama con dosel. Con delicadeza, la ayuda a sentarse, y tras acomodar un espumoso almohadón tras su espalda, la instó a apoyar su cabeza en ella-. Mucho mejor- sonrió Harriet, satisfecha.
-   Lamento no poder recibirla como se merece.
-   No tiene por qué lamentarse. Puedo tomar asiento a su lado, si así lo desea.
-   Agradecería mucho su compañía- murmuró Miss Prince, esbozando una débil sonrisa-. No sabe cuánto.
Harriet cogió una silla, y colocándola al lado de la cama, tomó asiento en ella.
-   ¿Se encuentra mejor?
-   Me siento un poco débil, pero sé que no tardaré en mejorar- aseguró ella intentando lucir positiva.





Harriet no dudaba que así sería, aunque resultaba evidente a sus ojos lo afectada que Miss Prince aún se encontraba. Acarició el pequeño libro que estrechaba entre sus manos, y se imaginó lo contenta que se pondría al tenerlo de vuelta.
-   He encontrado esto en la biblioteca- señaló-. Supuse que era de usted y he venido cuanto antes a devolvérselo.
Deborah Prince fijó su vista en el pequeño libro con evidente estupor. El rostro de la mujer palideció abruptamente, arrebatándole los pocos colores que había adquirido tras su lenta mejoría.  Harriet pudo entrever miedo en su mirada; era tal su intensidad, que hasta ella misma sintió que un repentino espanto la invadía, sin tener razón alguna para ello. Miss Prince alargó una temblorosa mano hacia el libro, y se lo arrebató a Harriet con firmeza. Luego, lo estrechó contra su pecho, como quien se aferra a su última esperanza de vida.
Harriet pestañeó confundida. No comprendía...
-   ¿Está usted bien, Miss Prince?
-   ¿Dónde lo ha encontrado?- preguntó con voz trémula.
-   En la mesa en la que usted estaba sentada- se apuró en responder-. Lo he cogido en cuanto ha abandonado la biblioteca, y le he traído hasta aquí.
-   ¿Alguien...?- Sin embargo, jamás llegó a formular la pregunta, ya que Elene entró en aquél mismo instante al cuarto, trayendo consigo una humeante taza de té.
Harriet observó a Miss Prince esconder el libro, que entre sus manos sostenía, con tal premura, que Elene no se percató de ello. ¿Qué es lo que ocultaba con tal ahínco Miss Prince? ¿Qué secreto encerraban aquellas páginas?
-   Niña Harriet, Frank me ha entregado esto. Dice que acaba de llegar- le entregó Elene un sobre.
Harriet lo cogió entre sus manos, y leyó el remitente. Un repentino mareo la dominó, el que, de haber estado en pié, la habría enviado directamente al suelo.
-   ¿Niña? ¿Está usted bien?- la interrogó ama de llaves al verla alzarse abruptamente de la silla.
-   Sí, Elene... Sí...- respondió la joven, incapaz de dominar las emociones que en aquél momento la embargaban-. Ahora si me disculpan, debo retirarme. Miss Prince, espero que se recupere muy pronto. La veré más tarde, Elene.
Con el sobre firmemente cogido entre sus manos, abandonó el cuarto. A la salida se encontró con Adam, quien continuaba firmemente apostado junto a la puerta del cuarto, en muda vigilancia. En cuanto la vio salir, se acercó a ella e intentó decirle algo. Sin embargo, al observar la expresión afligida de su rostro, la cogió firmemente por los brazos y la obligó a mirarlo.
-          ¿Qué es lo que ocurre? ¿Estás bien?- la interrogó con evidente inquietud.

-          Lo estoy- contestó ella-. Déjeme ir, Mr. Wontherlann.

-          No hasta que me digas qué es lo que te tiene en ese estado- indicó con decisión-. ¿Es Miss Prince?

-          No. Miss Prince está bien, es sólo que..- murmuró de forma apenas audible. Inspiró hondamente, y rogó-: Por favor, sólo deje que me marche.

-          Harriet, tu angustia es evidente. No te dejaré ir- indicó-; no así.

-          No tiene derecho a pedirme que responda.

-         Sí que lo tengo- insistió el caballero con posesión, aunque sin llegar a justificar su afirmación. "Desde que te has hecho dueña de mis pensamientos, eres mía", pensó. "Eres mía, aunque aún no lo sepas"-. ¿Qué es lo que llevas entre tus manos?





Harriet observó el sobre, y respondió con voz apagada:

-          Una carta.

-          ¿Una carta?- preguntó-. ¿De quién?

Harriet demoró en responder. Alzó el rostro, y clavó su brillante mirada en Adam, ahora cargada de temor e incertidumbre.

-          De mi padre.



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Richard dejó su cuarto, y paseó por los solitarios pasillos de Blackwood Manor. No deseaba estar en compañía de nadie, ni siquiera de su hermano. Por aquella razón, procuraba transitar por aquellos sectores menos visitados. Luego de un tiempo, los dormitorios del ala oeste de Blackwood Manor se convirtieron en su lugar favorito de reflexión, y junto a ellos, los jardines traseros, entre los que solía caminar a primera hora de la mañana, admirando su belleza y cuidado.
No obstante, aquella tarde decidió apartarse de su recorrido habitual, arriesgándose a ser  interrumpido. En realidad, no es que le fastidiara precisamente la compañía de alguien. Seguramente, y juzgando el estado en que se encontraba, nada habría sido más adecuado que compartir una amena charla con alguno de los amigos de Felipe; menos claro, con Julián Ranford, a quien consideraba un charlatán de primera. Lo que realmente temía, era transmitir la impotencia y la incertidumbre que tan arraigados tenía en el corazón. Lo frustraba sentirse de aquella manera, con ese vacío en el pecho que le impedía hablar. Se sentía incompleto, lo que generaba una amargura en él, cuya intensidad no dejaba de acrecentarse con cada día que transcurría.
"Me pregunto si tendrá algún límite", se preguntó apesadumbrado. "Y si, en algún momento, acabará por desaparecer".
Se acercó a uno de los ventanales, y allí se mantuvo por momentos interminables, con las manos cogidas en su espalda, pensativo y triste. Fue en aquél momento de extrema concentración, que oyó la dulce melodía provenir de algún lugar del palacio. Alzó el rostro, su melancólica mirada, y se dedicó a oírla con deleite. A penas llegaba a sus oídos, y no obstantes, el efecto que sobre él tenía, era insólita. Su pesar se difuminaba ante su más leve cercanía.
Como atraído por un fuerte conjuro, Richard buscó la fuente de tan bella y cautivadora música, a la que se unía la voz más dulce que jamás había oído en su vida. Tras cruzar el largo pasillo por el que antes transitaba, y el extenso hall central, se encontró junto a la puerta de la biblioteca. La melodía, y la voz tan sensible que la entonaba, ejercían un influjo aún más fuerte sobre su persona y su alma.



Tras atravesar el umbral de la puerta, una oleada de pureza y calidez  lo acogió al interior de la habitación.
Paz. Había hallado la paz.


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“Desde mi punto de vista, usted se ha lanzado directo a mis brazos. ¿Es que se comporta usted así con todos los caballeros que se cruzan por su camino?”, recordó Julián las duras palabras que había dirigido a Sofía.

Había sido consciente, desde un principio, de la crueldad de sus palabras, y del efecto que tendrían sobre la joven. Sin embargo, había sido incapaz de acallarlas. Necesitaba urgentemente volver a levantar los muros que había forjado a su alrededor. Gracias a ellos, no sentía dolor. Gracias a ellos, todo le daba igual. Gracias a ellos, podía seguir soportando a su padre y a su abuelo, y las frivolidades de la sociedad, sin caer en la demencia.

No se arrepentía del giro que había tomado su vida, pero tampoco lo enorgullecía. Vivía como un automáta, sin sentimientos, sin emociones, sin remordimientos, pero sobre todo, sin dolor. Con los años, se había preocupado de formar una fama que lo precedía a donde quiera que iba. Ninguna mujer que se sintiera orgullosa de su castidad se aproximaba a más de dos centímetros de él. Los caballeros lo describían como un libertino y un sinvergüenza, aunque él prefería considerarse un "experto catador de los placeres de la vida" y un cínico sin remedio. Había sido catalogado un "ser indeseable" por algunos, y no obstante, instituido como un ejemplo a seguir para muchos otros. Su dinero, su ascendencia y su título, lo convertían en un caballero cuya amistad muchos ansiaban, y que los obliga a invitarlo a toda reunión y acto social que se organizara, sin importar lo deplorable que pudiera ser su reputación. 

Por mucho tiempo, demasiado quizá, se había odiado tanto como a su padre y a su abuelo. Resultaba repulsivo, incluso para sí mismo. No obstante, pronto aprendió a convivir consigo mismo, sin remordimientos, en paz con su propia conciencia. El sarcasmo se convirtió en su mejor amigo, y el cinismo, en su hermano. La hipocresía fue su forma de vida, y el placer, la razón de su existencia. Amaba a las mujeres, tanto como a un buen vino, las que degustaba hasta que sólo quedaba una copa vacía; una copa vacía, delicada y bella, pero fácilmente reemplazable.

Recuperando parte de su seguridad, se dirigió hacia su cuarto, pero una vez más, el destino jugó en su contra y de la forma más cruel imaginable. Debido a la profundidad de sus pensamientos, no se había percatado de la dulce interpretación que flotaba en el ambiente, hasta que pasó por la biblioteca. Sus puertas estaba abiertas de par en par, y antes de dejarlas atrás, se detuvo abruptamente. Trémulo e inmóvil, se dedicó a oír la melodía.

Al reconocerla, sintió como si algo se quebrara en mil pedazos en su interior. Las heridas cicatrizas ya por el tiempo, volvieron a abrirse y a sangrar con igual, o incluso mayor, profusión que antes.  

"Josephine...", murmuró con voz estrangulada. La delgada e indefensa figura de su hermana tocando el piano, irrumpió en su mente con punzante brutalidad. Recuerdos de cuando estaban juntos, de cuando eran felices junto a su madre, de cuando aún guardaban ilusiones y la esperanza de un futuro mejor...

Cerró los ojos, y luchó contra los deseos que tenía de llorar. ¿Hace cuánto que no lo hacía? No lo recordaba. Nadie había merecido sus lágrimas jamás, salvo las únicas dos mujeres que había amado en su vida.

Cada nota, cada palabra entonada por la suave voz femenina, le producían un dolor agónico, que se transmitía desde su corazón hasta cada uno de sus miembros. Con el corazón en un puño, se apoyó en el marco de la puerta, y dio un vistazo al interior de la biblioteca. La luz del sol bañaba el cuarto con su calidez, y en un rincón, envuelta en un halo de paz y armonía, Agnés Beckesey cantaba con una dulzura y un ardor del que jamás la habría creído capaz. De pronto, y sin saber cómo, Julián ya no sintió más dolor, ni tristeza. Los recuerdos fueron ahuyentados por la belleza del cuadro que ante sus ojos se desplegaba; arte, en el sentido más amplio y profundo de la palabra; delicadeza, perlada de arrogancia e inocencia; pasión, en su estado más puro y primitivo.




Fue superficialmente consciente de no ser el único en la habitación, sin embargo, no reconoció ninguno de los rostros, ni intentó hacerlo siquiera. Sólo tenía atención para Agnés, la que se había convertido de pronto en el centro de todos sus pensamientos y sensaciones.

Cuando Agnés acabó de tocar la partitura, un mudo reconocimiento precedió a su voz y al eco de los últimos acordes del piano. Julián emergió lentamente de su letargo, y continuó observándola en silencio, con intensa admiración. De pronto, sus miradas se encontraron. Ante su fijeza, Agnés enrojeció hasta la punta de sus cabellos, incómoda y avergonzada ante el abierto interés que por ella demostraba en aquél momento. Consciente del malestar que generaba en la joven, Julián apartó la mirada y abandonó la biblioteca.

Esta vez, no intentó regresar a su cuarto de inmediato. Dio un largo paseo por los jardines, reflexionando sobre un sinfín de asuntos, a los que, hasta ese momento, había mantenido relegados en su mente. Una vez en su habitación, se sirvió una copa del licor más fuerte que tuvo a mano y se arrellanó en uno de los sillones.

-   Ya es hora de dejarlo ir- pensó en voz alta.

 

15 comentarios:

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

Perfecto, creo que he estado sintiendo la música suave y he visto los tenues rayos de sol a través de los ventanales y me he preocupado, por la carta... qué noticias traerá... estoy ya en ascuas... espero más... (Pobre Julián!!) Bss amiga...

Martina dijo...

Hola!!! Bueno, como verás soy nueva por aquí pero quería decirte que me encanta como escribes y que llevaba tiempo esperando con ganas que subieras un nuevo capítulo y hoy, de repente, me he encontrado con dos nuevos! Me ha encantado.

Di con tu historia hace unos meses y me causó mucha alegría porque llevaba buscando una historia de este tipo (época) mucho tiempo.

Un beso y... sigo leyéndote! :)

princesa jazmin dijo...

Eileen, primero que nada agradecerte por ese bellísimo comentario que me has dejado en ocasión del post sobre The Crow,me hace muy bien poder ver que llegué a transmitir lo que había en mi interior.Me alegra que hayas conocido a Brandon y al filme mediante mi intervención.
Con respecto al capítulo que nos ocupa, me encantó la frase de Adam:"eres mía, aunque aún no lo sepas" la intensidad y el poder que desprende este caballero son muy palpables.
Me has dejado pensando en qué dirá la misteriosa carta y de qué se trata el asunto de Miss Prince y su libro, parece ser muy preciado para ella.
Es notable cómo supiste describir con tanta delicadeza y talento la forma en que la música puede influir en el alma de una persona, y despertar recuerdos, sentimientos que se creían sepultados, avivar viejos dolores o en cambio suavizarlos y convertirse en un bálsamo para el alma.
Casi podía ver a Agnes tocando las teclas del piano, llenando la estancia con las notas cálidas de su voz, sin saber qué efecto producían en quienes la escucharon, casi por casualidad...Muy bueno.
Asimismo es interesante saber más sobre Julian y ese disfraz que usa frente al mundo para evitar ser lastimado, esa coraza que casi se convirtió en su verdadera piel. Ojalá reaccione a tiempo.
Un beso grande y gracias de nuevo!
Jazmín.

Eileen dijo...

MariCari, querida amiga mía!! Que bueno tenerte por aquí. Blackwood Manor ha vuelto a la vida con visitas tan preciadas!!

La carta, la carta...!! Pues ya vendrá. Veremos luego si son buenas o malas nuevas para la pobre Harriet y sus primas, ¿no?

Lo mismo digo... ¡Pobre Julián!

Un besazo. Y una brazo.

Te veo luego en tu jardín!

Eileen dijo...

MARTINA!!!! No sabes cuánto me alegra que te encuentres aquí. Lo nuevos amigos siempre son bienvenidas a Blackwood Manor. Por favor, pása y siéntete cómoda y en libertad de ir a donde tu quieras.

Me alegrará seguir contando con tus comentarios. Ahora prometo no volver a ausentarme. Lo estudios se han acabado y tengo mucho tiempo libre, mienstras preparo mi examen de grado.

Una vez más, bienvenida, y te espero luego de nuevo por Blackwood Manor, donde tu presencia siempre será una fuente de alegría.

Un beso!

Eileen

Eileen dijo...

Princesa Jazmín!!!! Ni que lo digas. The Crow me ha llegado al corazón, en serio. Es uno de esos personajes memorables, que jamás podrás borrar de tu mente, y por eso agradezco enormemente que hallas escrito ese hermoso artículo sobre él. Una vez más, mis más hondos cumplidos! Es una obra de arte!

Julián! Una pobre alma desdichada, cubierta por una carcaza de hielo y la desolación más pura.

En cuanto a esa carta, ya leeremos su contenido!

Un gran beso, y gracias por tu visita!

Eileen

anne wentworth dijo...

pues creo que Agnes provocara una disputa entre caballeros!!!... mira quien la viera tan seria... Pero yo quiero saber que ahy en la carta??... Harriet le dira que esta preocupada por la salud de su padre??....muy buen capitulo amiga.... ya quiero saber que sigue, y ya de vacaciones espero que no se me pase ninguno!!

Citu dijo...

Pobre julian ay ya me puse al día cada vez esta más interesante

Eileen dijo...

ANNE!!! La hermosa Agnés, fuente de paz e ilusiones...

Me alegro por ti, por tus vacaciones, por tu corage y por tu contínuo apoyo!!!

Un gran abrazo, amiga mía.

Eileen dijo...

CITU, querida, gracias por pasarte por aqui. Blackwood Manor siempre abierto para sus amigos!

Un beso

Lilian dijo...

Hola, Eileen.
Me llamo Lilian y me gusta mucho tu historia. Me siento muy identificada con Agnes, quizás porque soy tan tímida como ella.
Tu estilo me recuerda un poco a Jane Austen. No veo la hora de que hagas una nueva entrada. Me gusta meterme en tu blog porque tengo la sensación de viajar hasta la Regencia, una época que a mí me entusiasma.
Por cierto, tienes un premio en mi blog.

El Mundo Romantico de Petty dijo...

hola Eileen, lamento tardarme tanto en visitarte pero me habia olvidado la clave del blog, jajaja. bueno tu blog es hermoso y soñador. me gusto cada pelicula de los personajes... gracias por existir. besossss. petty

Anónimo dijo...

Eileen soy un fiel admirador suyo, desde pequeño. Mi nombre es Daniel Maccintosh, Se acuerda de la Obra que creo para una presentación y en el ensayo la voz en OFF dijo "Es cartílago" en vez de "es categórico!

Eileen dijo...

Sr. Maccintosh, claro que me acuerdo de usted. Sobre todo, por su famosa improvisación en la misma obra, cuando interpretabas al papá de la protagonista. Estas fueron tus palabras textuales: "¡Apúrate que estoy apurado!" ajjajaja

Justo llegas aquí cuando está un poquitín muuuy abandonado. Tengo a mis pobres lectoras en los huesos de tanto esperar una nueva publicación de esta historia. Cómo estás?? Y cómo miércales has llegado hasa aquí?? Tan famosa soy ya?? jajajaj

Aquí tienes mis correos: luz.arenasp@gmail.com o lu.lest@hotmail.com.

Kiss!!

Anónimo dijo...

Excelente recordatorio y que emoción que su merced se acuerde aun de este noble caballero. Llegué porque en algún momento de tu vida, cuando recién empezaste a escribir me mostraste y yo quedé fascinado. Estuve mucho tiempo tratando de ubicarle, hasta que lo encontré. TE MANDE UN CORREO ESPERO ME LO RESPONDAS... Un abrazo