viernes, 23 de septiembre de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 7 (2/4)





Lawrence Wontherlann, Conde de Blackwood, apoyó su espalda en el respaldo del sillón y dirigió una pensativa mirada hacia el exterior. Una hoja, con una breve misiva escrita en la cara superior, reposaba ante él en su escritorio. Había esperado aquella carta con ansiedad e ilusión a la vez, pero ahora que la tenía entre sus manos y conocía su contenido, habría deseado no leerla jamás. Las noticias de las que era portadora resultaban desalentadoras y preocupantes.

"La ignorancia es una bendición en ciertas ocasiones", pensó. "Esta es una de ellas".

Tras una silenciosa y breve pausa, volvió a coger la carta y la leyó por cuarta vez aquella mañana.




Lawrence, nuestra situación es crítica. Tus sospechas resultaron ser ciertas, lamentablemente: hay traidores entre los nuestros. Tenemos pruebas irrefutables que así lo demuestran. En un comienzo no quise poner atención a tus tempranas advertencias, pero mi testarudez y mi falta de juicio han puesto en peligro a nuestra patria y eso es algo que me resulta difícil de perdonar. Gracias a la Santa Providencia, y a tu aguda intuición, no tenemos consecuencias que lamentar, al menos, no aún, pero debemos permanecer alertas. Ahora más que nunca. Si resultaba inquietante tener a nuestro enemigo acechando desde el exterior, descubrir que sus influencias se han extendido como mala hierba en nuestras propias tierras, resulta simplemente escalofriante. Pero aún estamos a tiempo de erradicarla para siempre, Lawrence; es nuestro deber conseguirlo. Quizá no hemos podido librar una batalla junto a nuestros valientes hermanos en el frente, pero tendremos que hacerlo aquí mismo, en Inglaterra. Y créeme, nuestra lid no es inferior en importancia, ni será menos gloriosa nuestra victoria si la obtenemos.

Confío en que las órdenes de Wellinghton llegarán a las manos correctas, sin dificultades. Ten cuidado y mantén los ojos abiertos. En este minuto, la línea divisoria entre amigos y enemigos es difusa, y cualquier medida que tomemos resultará insuficientes para mantener a salvo los intereses de la corona y de nuestra amada Inglaterra. La discreción y la desconfianza, en estos momentos, son nuestras mejores armas. Sé que no nos defraudarás.

Samuel R.R.




El Conde dejó la misiva sobre su escritorio, se levantó de su silla y se situó junto a los ventanales que daban a su espalda. El tiempo y la naturaleza, serenos e inexpugnables, continuaban su eterno y sereno trayecto, mudos espectadores de la vida. Un día lleno de luz y frescura se desarrollaba en el exterior, ajeno a los rencores y temores de los hombres; ajeno a su propio estado emocional en aquél mismo instante. Una densa niebla envolvía su espíritu, asfixiando todo posible rayo de esperanza, luz y calor.  
      -    ¿Qué tipo de hombre vende a sus compatriotas y traiciona a su país, Jacob?- preguntó al hombre de estatura media que permanecía en silencio, situado al centro de la estancia. 
-                    -          Un hombre sin honor, Mi Lord- respondió solícito.

El Conde asintió con aire ausente.

-                 -          ¿Está todo bien, Mi Lord?

-                -        No, Jacob, me temo que no- respondió tras unos instantes de silenciosa meditación. Se dio la media vuelta, a fin de poder mirarle directo a los ojos, y continuó-: Nuestra situación es más compleja que antes. Ciertos individuos, cuyas identidades desconocemos de momento, han doblegado sus rodillas ante la bandera enemiga, subyugándose a su voluntad y haciendo propios sus ideales, fines e intereses.

-                 -    ¿Con qué propósito, Señor?

-                 -       No se mencionan en la carta, pero presumo que su objetivo es interceptar cualquier información sobre nuestros aliados que pueda resultar de utilidad a los francesas, para darles una ventaja en esta batalla.

-            -   Napoleón es un estratega astuto y hábil, jamás creí que echaría mano a tan burdos métodos para lograr la victoria.

-             -   Su situación actual no es la misma que hace un tiempo atrás. El exilio aún pende sobre su cabeza, recordando a sus antiguos seguidores, y a sus enemigos- dicho sea de paso-, que es un hombre como cualquier otro, con debilidades y defectos- explicó el Conde-. Necesita aferrarse a algo, a un nuevo elemento, que demuestre a sus aliados que tiene la ventaja sobre sus contrincantes y que, esta vez, no fallará de nuevo- concluyó con gravedad.

-                -    ¿Y si lo encuentra, Mi Lord? ¿Qué haremos? ¿Cuál será nuestro próximo paso?- lo interrogó Jacob.

-                -     Rogar a la Santa Providencia que nos ampare- contestó-. Y esperar que escuche nuestras súplicas.

“La pregunta es: ¿merecemos que nos escuche? Quizá no. Quizá merezcamos semejante destino. ¿No mirábamos en menos a las demás naciones? ¿No nos creíamos en la cúspide, como los únicos dignos de ser alabados por nuestras hazañas y nuestros avances? ¿No desoímos el clamor de los menesterosos y el llanto de los huérfanos? Adelante.”, reflexionó. “Este es el pago por nuestro egoísmo, nuestra insensibilidad y nuestra elevado ego: derrota y sumisión”.  




Lawrence Wontherlann paseó la mirada por el horizonte, tropezando en su trayecto con una figura querida y familiar, recortada contra el verdor de las colinas. Adam regresaba al hogar, montado en la briosa Corsa, luego de una larga mañana de agotador paseo por los extensos dominios que circundaban a Blackwood Manor. Una profunda e intensa preocupación invadió su alma al pensar en su hijo, y en el peligro al que lo estaba exponiendo. No era justo que amenazara su vida un peligro que ignoraba por completo; sin embargo, no tenía otra opción. La pasividad le resultaba insoportable, sobre todo si tenía como resultado el sometimiento de Inglaterra bajo el poder francés. 

“¿Debería ser honesto con él? ¿Debería descubrir y relatarle nuestros planes, el importante papel que cumplimos sirviendo a nuestra patria?”, se preguntó. “¿Acaso eso evitará que el sentimiento de culpabilidad y la constante preocupación que corroe mi alma, día tras día, acabe de una vez?”

-                     -    ¿Enviará la carta de Lord Wellinghton hoy mismo a Londres?- oyó preguntar a Jacob, interrumpiendo así sus sombríos pensamientos.

Lawrence Wontherlann negó con la cabeza.

-      No, hoy no. Adam se acerca y dentro de unos instantes estará aquí. Sé que le dará alegría verte- dijo-. Ve con él.

-      Discúlpeme, Mi Lord, espero que no considere impertinente mi pregunta, pero debo formularla de todas formas.

-       Adelanta. Hazla. 

-    ¿Cuándo le contará a su hijo lo que está ocurriendo?- Jacob esperó que el conde reprobara su osadía y respondiera a su pregunta al mismo tiempo, pero nada de eso ocurrió. Haciendo acopio de unas fuerzas y valentía de las que carecía por completo, inspiró hondamente e insistió-: Creo que Adam está en su derecho de saberlo. Sirvió algún tiempo en el ejército, y es un hombre de fiar. Por esa, y muchas razones más, creo que debería confiar en él y explicarle su papel en esta guerra. Estoy seguro de que nos entregaría su apoyo incondicional; y aún más, que nos ayudaría a conseguir nuestros objetivos y a combatir con cada uno de los obstáculos que se nos interpongan por el camino, con denuedo y valentía.

Un nuevo silencio reinó en el salón.  

-       ¿Ya has acabado?- le preguntó el Conde finalmente.

-       Sí, Mi Lord.

Lawrence Wontherlann inspiró hondamente.

-    Podría decirte que estoy indignado por tus palabras, reprobar tu conducta, sancionar severamente tu osadez, y advertirte duramente que no te inmiscuyas en asuntos personales, que sólo conciernen a mi hijo y a mí- respondió el Conde-. Pero no es el caso, primero, porque yo mismo te di la confianza de expresarme todas tus opiniones, sin medir tus palabras ni moldearlas en atención a mí título, ni a mí condición social; segundo, porque siempre he valorado tu buen juicio y tus consejos; y tercero, porque indudablemente tienes la razón- concluyó. Se dio la media con lentitud y parsimonia, fijando su vista en la nota que seguía suspendida sobre su escritorio. Luego alzó la vista y miró al hombre que esta ante él, y agregó-: Ahora responderé a tu pregunta: no lo sé. ¿Con eso basta?

-       Sí, Mi Lord.

-      ¿Hay algo más que desees preguntarme?

-       No, Mi Lord- respondió el aludido-. No aún, al menos.

El Conde esbozó una débil sonrisa, y asintió con la cabeza.

-       Puedes retirarte. No hagas esperar a Adam.

Jacob se inclinó respetuosamente, y salió de la instancia, dejando a Lawrence Wontherlann, Conde de Blackwood, al fin sólo. El hombre siguió con una mezcla de placer y angustia, la escena que se desarrolló al exterior. Como bien suponía, el encuentro entre ambos jóvenes fue efusivo, y no tardaron en desaparecer de su vista e internarse en el hogar, llenos de ganas de charlar y compartir las experiencias vividas durante los meses que estuvieron separados. 

“¿Qué tipo de hombre vende a sus compatriotas y traiciona a su país?”, recordó la pregunta que había formulado momentos antes a Jacob.

-                      -       El mismo tipo de hombre que es capaz de engañar a su único hijo- respondió a la pregunta el Conde en voz alta-. Un hombre sin honor.

Cogió la carta que estaba sobre el escritorio, la leyó una vez más, y acercándose a la chimenea, la tiró al fuego. Observó con hipnotizante atención las llamas consumir el papel, y hacerlo desaparecer por completo;  cada punto, cada palabra, cada frase, convertidos en cenizas y disueltos para siempre.

Ojalá fueran capaz también de consumir las negativas emociones que su contenido había sido capaz de dar lugar en su corazón. Pero, claro, eso era imposible.




_._._._._._._._._._._


 

Harriet estaba cepillando su cabello, cuando oyó los suaves golpes provenir de la puerta.

-          Adelante- contestó levantándose del taburete para recibir a la recién llegada.

Judith entró al cuarto, y se inclinó ante la joven.

-          Elene me ha enviado a atenderle, señora- informó la joven. 

-     Y les estoy enormemente agradecida a ti y a ella por disponer de su tiempo para hacerlo- dijo Harriet. Judith asintió en silencio, y comenzó a cumplir sus labores.

La relación de Harriet con el resto de la servidumbre había sido fluida desde un comienzo. Sin embargo, con Judith las cosas no habían funcionado de la misma manera. Temiendo que la joven fuera tímida, y por eso se mostrara tan distante y silenciosa, decidió trabar conversación con ella y así hacerla sentir más cómoda. Sonriente, Harriet se dio la media vuelta, y apuntó hacia los ventanales, uno de ellos abiertos de par en par, y dijo:

-     Sé que no debí  hacerlo hasta estar vestida, pero no he podido evitarlo. Este lugar ejerce una atracción irresistible sobre mí: el sol, la brisa fresca y limpia, y estos campos siempreverdes, puros  y ajenos al ajetreo de Londres, carente de sus vicios, de sus calles adoquinadas, de las industrias y el humo que corrompe el ambiente. Aquí se respira paz; una verdadera, infinita y profunda paz. ¿No lo crees tú, Judith? 

-   Lo que usted diga, señora. ¿Quiere que le prepare su baño?- preguntó la criada, indiferente a su comentario y a sus esfuerzos de entablar una conversación.

-   Sí… Claro- respondió Harriet, sin poder evitar que la actitud de que la joven la perturbara. 

De ahí en adelante, la situación entre ambas mujeres no progresó mayormente. Judith no respondió a su intento de trabar amistad ni por asomo. Quizá alguna dama más quisquillosa, la habría acusado de ser una insolente, pero Harriet no lo pensaba así. Sólo deseaba ser agradable con Judith, pero ésta no paraba de demostrar el poco aprecio que le tenía, evitando cruzar su mirada con ella, y respondiendo a sus preguntas de forma escueta y con vaguedad. Ni siquiera un amago de sonrisa cruzó por sus labios durante todo el tiempo que estuvieron juntas. No es que Judith estuviera obligada a compartir una estrecha amistad con Harriet; las relaciones forzadas eran inútiles, y acababan siempre colapsando. Sin embargo, aunque no buscaba su afecto, y aún menos su devoción, sí esperaba poder entablar una relación amistosa con ella, y con todo el servicio. Una buena convivencia se basaba en el respeto y la cortesía, y en la capacidad de poder charlar sobre temas agradables, sin presiones ni traba alguna. Sin perjuicio de lo anterior, si Judith no deseaba conversar con ella ni establecer ningún tipo de vínculo emocional, Harriet no insistiría.

-       Está todo listo, señora- le informó la criada-. Volveré en cuanto termine.

-       Gracias, Judith.- La joven se inclinó ante Harriet y salió sin decir ni una palabra.

Tras desnudarse rápidamente, Harriet se sumergió con deleite en la bañera. Un suspiro de satisfacción brotó de sus labios al sentir las cálidas aguas acariciando cada punto de su cuerpo. Desprendían una suave esencia a lavanda, que no tardó en perfumar el ambiente por completo. 

Al contrario de su abuela, a Harriet no le gustaba recrearse mientras se bañaba. Clarisse solía llevar sus novelas a la bañera, y exigía a la buena de Doris que mantuviera la temperatura del agua hasta acabarlas. Sí, nadie diría que la adusta y siempre realista Clarisse Beckesey le podría gustar leer novelas románticas, pero así era. Renegaba completamente de la existencia del amor, y la veracidad de los votos de fidelidad y devoción eternos entre un hombre y una mujer, pero Harriet estaba segura que ninguna mujer en toda Londres contaba con una biblioteca tan surtida y rica en novelas románticas como la de Clarisse.

-        Te extraño, abuela- se dijo-. A ti y a mi padre.

Una vez la joven se embardunó de jabón hasta la punta de los cabellos, se dedicó a frotar con delicadeza los brazos y cada punto de su cuerpo. Una vez limpia, se sumergió una vez más en las aguas tibias, y salió de la bañera. Cuando Judith volvió, Harriet se había colocado su bata y se cepillaba el cabello mojado ante el espejo.





La sirvienta hizo la cama en silencio, guardó sabanas limpias en un cajón y se dedicó a preparar la ropa de Harriet para que se vistiera. Harriet la observó dar una detallada ojeada a cada vestido, y luego volver a colgarlos uno por uno, casi ajena a su presencia. Tan inmersa estaba en dicha tarea- y Harriet estaba tan resignada a su silencio también-, que no pudo evitar dar un respingo al oír su voz.

-          ¿Cómo es Londres?

Harriet dejó el cepillo sobre el aparador, y sonrió. No podía negar que se sentía satisfecha por esta inesperada demostración de cercanía de la joven.

-    Pues… en realidad, no sabría por dónde comenzar. Londres es una ciudad muy grande. Posiblemente podrías recorrerla entera en un par de días, pero para conocerla, tardarías meses.- Harriet sonrió-. Tal vez el comentario que hice antes no debió parecer muy alentador, pero créeme cuando te digo que Londres es un lugar fascinante. Es cierto que no disfrutarás de los campos verdes, ni de la brisa fresca, ni de la paz que hay en Blackwood Manor, pero esa carencia se ve recompensada por otras cosas. 

-         ¿Qué otras cosas?- quiso saber la criada.

-      Espectáculos, óperas, conciertos, exposiciones, reuniones literarias, y un comercio tan fructífero como diverso- señaló Harriet.

Judith asintió, sin hacer comentario alguno, y regresó a sus tareas. Harriet creyó que no volverían a hablar, por lo que la sorprendió ver a la joven acercarse a su espalda y devolverle la mirada a través del espejo. 

-   Quizá le haya extrañado mi pregunta, pero la verdad es que nunca he estado en Londres.

-    Algún día podrás visitarla- le dijo Harriet-, y comprobarás por ti misma lo que te he dicho. Y si no tienes dónde quedarte, siempre podrás llegar a casa de mi abuela, en Pellmourn, en las villas que se encuentra al sur de Londres.

-   Tal vez…- murmuró ella con aire ausente. Harriet la observó quedar inmóvil y pensativa por unos instantes, y luego volver a alzar la vista-. ¿Está lista para que la peine?

-      Sí- accedió Harriet.

Judith cepilló su largo cabello rizado distraídamente. La expresión de su rostro era indefinible y hacía imposible precisar qué sentía o qué estaba pensado.

-      ¿Le gusta Londres?- preguntó de pronto.

Harriet meditó la pregunta unos instantes antes de responder.

-     Nací y crecí en ella. A Londres se encuentran ligados mis más valiosos recuerdos; y en ella está mi familia, mi hogar y mi corazón- dijo-. Así que sí, Judith, me gusta Londres y deseo regresar cuanto antes a ella.

-       ¿Le espera alguien allí?

-   Mi abuela y espero que mi padre también, en cuanto la guerra acabe- contestó Harriet-. ¿Por qué lo preguntas?

La criada le dirigió una intensa mirada y luego volvió a fijar toda su atención en su trabajo. 

-        ¿Conoce los rumores que están circulando por la casa, señora?

-     ¿Rumores? ¿Qué rumores?- quiso saber Harriet extrañada y llena de curiosidad, a la vez.

-     Todos dicen que hace una hermosa pareja con Mr. Wontherlann, el hijo del Conde de Blackwood- dijo.

-      ¿Lo dicen?- preguntó Harriet. Dejó escapar una sonrisa y negó con la cabeza-. Se lo advertí, pero no quiso prestar atención a mis palabras y ahora estas son las consecuencias- aseguró-. Pero, dime, ¿por qué me lo cuentas?- Judith se detuvo, vacilante, como si dudara que fuera correcto continuar hablando sobre el tema-. ¿Acaso hay algo más que deba saber?

Una repentina angustia se adueñó de Harriet. El silencio de Judith la atormentaba, haciéndole sentir cada vez menos segura de querer escuchar su respuesta. Si no, ¿por qué dudaba tanto? ¿Qué es lo que había oído? ¿Algún comentario de Adam o de su padre, el Conde? ¿Consideraban quizá que no era un buen partido? ¿O que era una descarada por haber rechazado a Mr. Fenwick durante el baile? Harriet suspiró profundamente, e intentó tranquilizarse. ¿Desde cuándo le importaba la opinión de los demás? En cuanto se fuera, nunca más volverían a verse con Adam, ya que ella estaría en Londres y no tendrían ocasión de encontrarse nunca más. Su estadía en Blackwood Manor era momentánea. Se iría en cuanto la guerra acabara, y entonces regresaría a la capital junto a su abuela y a su padre, y todo volvería a ser como antes. Asistiría a decenas de conciertos, óperas, bulliciosas veladas sociales, y… se casaría con Alexander, como todos esperaban que hiciera. 

“Y como quiero hacerlo”, pensó, aunque sin demasiada convicción. 

-     En realidad, señora, todos concordamos, que hacen una hermosa pareja. Elene dice que usted le recuerda a difunta condesa de Blackwood, la esposa de Mr. Lawrence Wontherlann, que en paz descansa. Sin embargo…

Harriet sintió que el estómago y la garganta se le oprimían por la ansiedad que sentía.

-    Usted me parece una joven buena, pero inocente e inexperta, y temo que pueda hacerle daño.

-      Creo que no entiendo- dijo Harriet-. Te ruego que te expliques.

-     Lo que quiero decir, es que usted no conoce en absoluto al hijo del Conde. Usted quizá sea un buen partido, no lo dudo, ya que fue criada como una dama, pero eso no es suficiente. El joven Adam tiene un pasado turbio, y aunque es un hombre bueno, como su padre, me siento obligado a advertirle…

-       ¿Advertirme de qué?

-       Ya le dije. Usted me parece una buena joven, con modales y fortuna, pero no podrá retener a Adam a su lado. ¿O acaso no ha oído nada de su pasado? ¿Del desafortunado desenlace de muchas señoritas de su clase, que compartieron un romance con él? 

Harriet apartó la vista, sin saber qué decir. ¿Por qué todos sentían la necesidad acusiante de advertirla sobre Adam Wontherlann? ¿Acaso no parecía capaz de cuidarse por sí misma?

-   Siempre acaba dejándolas a todas. Las conquista, les hace creer que las ama, y cuando al fin obtiene de ellas lo que desea, se da la media vuelta y se aleja- explicó Judith-. Pero, bueno, todos los hombres son iguales, ¿no? Contraen matrimonio, y cuando están felizmente casados, dejan a sus esposas en las casas y se van a buscar placer a otras partes…

Judith guardó silencio y dirigió una atenta mirada a Harriet a través del espejo. Mientras hablaba, se había dedicado a observar cada reacción de la joven con creciente interés. Había suplicado que sus palabras tuvieran el efecto deseado, y por poco lanza un grito de alegría al comprobar que así era. “La altiva y presumida Harriet Beckesey ya no se ve tan segura, ¿no?”, se dijo con satisfacción. Parecía consternada, y perdida, como una niña abandonada en un pueblo desconocido, sin nadie a su alrededor para ayudarla ni cogerle la mano. Tuvo que apartar la vista para disimular la sonrisa que comenzaba a dibujarse en sus labios.

-       Lamento mucho haber tenido que decirle estas cosas, señorita, pero...

-       Basta- la oyó murmurar.

-       ¿Cómo ha dicho?

-     ¡Dije,  basta!- repitió con mayor vehemencia Harriet, a la vez que se ponía en pié y la encaraba. Su mirada penetrante, y su gesto altivo, hicieron retroceder a Judith-. No sé por qué me has dicho todo esto, pero no te lo agradezco. Me mostré afable contigo e intenté darte mi confianza y mi afecto, pero jamás te di la libertad para expresarte de esa forma tan vulgar ante mí- la increpó, sin perder la compostura ni la elegancia, lo que la convertía en una enemiga aún más temible y digna de respeto-. Tu insolencia es intolerable, pero me resulta más indignante aún, que te expreses de esa forma de tus amos. Efectivamente, desconozco por completo el pasado de Mr. Wontherlann, sin embargo, no guardo ningún oculto deseo de conocerlo, ni ahora ni en un futuro próximo o lejano- puntualizó-.  No mencionaré a nadie tu vergonzoso comportamiento por esta vez. Pero si vuelve a repetirse, no dudes que lo haré. ¿Lo has entendido?- preguntó. Acto seguido, le dio la espalda, volvió a tomar asiento frente al aparador y dijo-: Puedes retirarte.  

Judith se dio la media vuelta, omitiendo inclinarse ante Harriet como dictaban los buenos modales. Sentía la necesidad imperante de abandonar ese cuarto, y no volver jamás. Sin embargo, la rabia y la impotencia que la invadían, la obligaron a detenerse y encarar a la joven dama por última vez. Como una serpiente preparándose para atacara a su presa, se dio la media vuelta, con los garfios al descubierto, rezumando veneno y cólera contenida. 

-     Al joven Adam no le interesan los compromisos con señoritas como usted, frívolas, remilgadas y llenas de aprensiones- escupió, con el rostro desfigurado por el rencor que sentía-. Para eso me tiene a mí. Una mujer de verdad, que es capaz de satisfacer sus necesidades sin reparos ni prejuicios de por medio. Y si cree que me intimida sus amenaza- dijo-, está muy equivocada. No importa cuánto me aleje de este lugar. Él volverá a mí, como siempre lo ha hecho. ¡Como siempre!

Harriet no respondió a sus palabras, ni se dignó si quiera a dirigirle la mirada. Consciente de que había perdido el control, y llena de impotencia, Judith abandonó el cuarto y se alejó corriendo por los pasillos hacia un lugar solitario. Buscó una habitación vacía, lo más alejada posible del resto del hogar, y se encerró en él. Temblorosa y con la respiración agitada, apoyó la espalda en una de las murallas e intentó calmarse. 

-    Desgraciada… ¿cómo se atreve a tratarme así?... Es una miserable… Una infeliz…- despotricaba en voz alta. Con los puños cerrados, golpeó los muros violentamente y gritó-: Me las pagará. ¡Juro que me las pagará!- Poco a poco, las ofensas y la ira se convirtieron en lágrimas, que se deslizaron sin cesar por sus mejillas. Sin fuerzas y sin poder dejar de sollozar, se deslizó por la muralla lentamente hasta llegar al suelo-. La odio...- murmuró entre llantos-. La odio...


domingo, 4 de septiembre de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 7 (1/4)


Adam despertó temprano aquella mañana. La pesadilla de todas las noches logró espantar su sueño una vez más, obligándolo a dejar la comodidad su cama antes de que incluso amaneciera. Se lavó el rostro con agua fresca, y así permaneció unos instantes, gozando de la paz que reinaba en el hogar a esas tempranas horas de la mañana. Consideraba que no había mayor placer que esos instantes de soledad y silencio de las que gozaba al despertar.
Antes de lo ocurrido con Karinna, no es que frecuentara las reuniones sociales londinense, pero sí solía participar en varias de ellas, llegando incluso a disfrutarlas. Una vez fue informado de su infidelidad- y verificó que era cierto-, se sintió perdido, como una nave a la deriva en medio de una colosal tormenta. A momentos creyó que acabaría naufragando, pero no fue así. Poco a poco los vientos comenzaron a menguar y el oleaje a calmarse, pero su ira seguía intacta, así como sus deseos de venganza. Consciente de que no podía continuar en ese estado, se alistó en el ejército en contra de los deseos de su padre y de su abuelo. Allí, viviendo en condiciones menos que suficientes y sin recibir dádiva alguna por su condición de noble, aprendió a valorar la soledad. Unía a los soldados una estrecha camadería, basada en la confianza y la lealtad, de modo que ninguno dudaría en colocar su vida a disposición del otro si fuera necesario. Sin embargo, la vida privada de cada uno seguía siendo un terreno intransitable, cuyos senderos nadie se atrevía a atravesar, ni siquiera dar una ojeada. Cuando Adam regresó a Blackwood Manor, se había transformado en una persona discreta e introvertida, que prefería disfrutar de un momento de pacífica soledad antes que de una velada social.

“No la conozco mucho a usted, Miss Beckesey, debo reconocerlo. Pero si me interrogaran en este mismo instante mi opinión sobre su persona, diría que usted es una mujer de sonrisa deslumbrante, que goza de la lectura de autores clásicos como Milton, que baila de forma espléndida y que disfruta más de una noche estrellada al aire libre que de un baile”.

Adam no pudo evitar recordar la dulce sonrisa que le había dirigido la joven al oír estas palabras. Le parecía un contraste fascinante las dos facetas del carácter de Harriet que había logrado entrever en tan corto tiempo: por un lado, audacia y coquetería, y por el otro, dulzura y delicadeza. Se agregaba a esto, su exquisito gusto por la literatura, sus bien fundamentadas posiciones y, ¿por qué no? Su idealizado concepto de Blackwood Manor y sus entornos. Le había parecido deducir incluso de sus palabras que le agradaba más el campo que la asfixiante vida londinense. Debía reconocer que la idea le agradaba, pero a su vez, una joven tan sofisticada y refinada como Harriet sólo debía sentirse verdaderamente cómoda y a gusto en una ciudad llena de vida social, distracciones y cultura. Eso no quería decir que fuera una mujer frívola, ni mucho menos, pero sí acostumbrada a la sociedad y a sus extravagantes exigencias.
“¿Y qué importa si es así?”, se preguntó, al comprender que la idea de que Harriet prefiriera Londres antes que el campo lo desalentaba.
-          Iré a cabalgar- pensó poniéndose en pie-. Debo despejar la mente…
Mientras se abrochaba los puños de la camisa, bajó las escaleras hasta la primera planta y se dirigió a los establos.
-          Señor, ya está usted despierto- oyó decir a Atwater.
Adam se dio la media vuelta y sonrió.
-          Como siempre- contestó-. Y por favor, dile a Elene que no se preocupe. Que estaré de vuelta a la hora del desayuno.

-          Como usted diga, señor- aseguró el mayordomo.
Un refrescante golpe de aire frío le acarició el rostro en cuanto salió al exterior. Con pasos rápidos y seguros, se dirigió a los establos y ensilló a Corsa, su yegua. Acarició sus crines brillantes y suaves, y le susurró unas cuantas palabras. Corsa lo había acompañado durante su servicio en el ejército, y ahora compartían cada amanecer cerca de dos horas de extenuante cabalgata. Lo entregaban todo durante la carrera, hasta que estaban demasiado agotados incluso para volver a casa.
-          ¿Vamos, amiga?- le preguntó-. ¿Estás lista para correr de nuevo esta mañana?
Corsa relinchó suavemente y le acarició el rostro con su hocico. Adam montó al animal de un salto, y salieron del establo en dirección a los campos que se extendían infinitamente frente a ellos. Los rayos del sol comenzaban a asomarse por encima de los montes, vaticinando un día cálido. Una bruma densa se extendía por el horizonte, cubriendo parte del paisaje con su turbadora presencia. Cuando regresaran con Corsa al hogar, la bruma ya se habría disipado, y con ella sus múltiples fantasmas del pasado, que cada mañana regresaban a penarle en sueños, e incluso despierto.
-          ¡Ea, Corsa!-exclamó espoleando al animal-. ¡No te detengas hasta que lleguemos a los montes! ¡Ea!
En apenas unos instantes, jinete y corcel desaparecieron en la lejanía.




_._._._._._._._._._



Harriet despertó al sentir unos suaves golpes llamando a su puerta. Se sentó en la cama, soñolienta, y preguntó quién era.
-          Soy Elene, Miss Beckesey- contestó la agradable ama de llaves, con aquella suave y cálida voz suya-. Le traigo el desayuno.

-          ¡Deme un instante, Elene!- suplicó.
Una vez levantaba y con la bata puesta, la autorizó entrar. Elene traía consigo una bandeja de plata llena de delicias preparadas por ella. La dejó sobre la mesilla que estaba junto a uno de los ventanales, y la instó a sentarse y comer.
-          ¿No cree que es mucho para una sola persona, Elene?- la interrogó dando un mordisco a una de las tostadas.

-          ¡Señorita Harriet!- exclamó la mujer sonriendo-. Créame, para un joven robusto y de edad madura, un desayuno como el suyo no es ni cercanamente aceptable para acallar su apetito.

-          Comprendo- asintió Harriet-. ¿Lo ha preparado usted, Elene?- preguntó señalando el dulce color oro que reposaba sobre una vasija de vidrio.

-          ¡Sí, mi niña!- exclamó con alegría-. Está hecho de los duraznos que el señor Atwater tuvo la gentileza de recoger ayer durante la tarde . Me he levantado muy temprano esta mañana para hacerlo…y tenerlo preparado para el desayuno…- Harriet, al observar que la mujer vacilaba, le dirigió una mirada llena de curiosidad. Presentía que deseaba decir algo, aunque no podía imaginarse el qué-. He tenido que madrugar, ¿sabe? Claro que jamás como el señorito Adam, que se levanta todas las mañanas muy temprano para salir a cabalgar.
Harriet sonrió imperceptiblemente al oír el nombre del futuro conde. Claro, ahora lo comprendía todo. Fingiendo que no se había percatado de las intenciones de Elene, ni de su repentina inseguridad, asintió y continuó con la conversación.
-          ¿Suele hacerlo siempre?- preguntó con el mismo tono de voz que habría ocupado para hablar sobre el tiempo.

-          Sí, señorita. Cada día- aseguró la mujer-. Al menos, desde que dejó el ejército y decidió vivir definitivamente aquí con el señor Conde.
Un brillo de curiosidad e interés brilló en los ojos de la joven la oírla decir aquello.
-          ¿Adam estuvo en el ejército? Es decir…- se apuró en corregir, al percatarse que lo había tratado por su nombre-. ¿Mr. Wontherlann sirvió en el ejército? ¿Cuándo ocurrió aquello?

-          Hace dos años, señorita. El señor Conde no estuvo de acuerdo con su decisión e intentó disuadirlo, pero ya verá que el señorito Adam es muy testarudo, y que cuando decide algo nada ni nadie puede evitar que lo cumpla- dijo.
Harriet asintió pensativamente.
-          Ahora, si me disculpa, debo volver a la cocina. En un rato más le enviaré a Judith para que le prepare su baño y le ayude a vestirse.- Se dio la media vuelta para retirarse, pero la voz de Harriet pronunciando su nombre la detuvo-. ¿Si, señorita?

-          No quiero parecer indiscreta, pero dígame, Elene, ¿qué razón llevó a Mr. Wontherlann a alistarse en el ejército?
Elene suspiró.
-          Ay, señorita Harriet, si pudiera contárselo todo- se lamentó la mujer-. Pero la razón por la que el hijo del señor Conde estuvo sirviendo en el ejército son privadas y no estaría bien que anduviera divulgándolas por ahí. Entiéndame usted, se lo suplico.

-          Elene, por favor, no se lamente usted- le dijo Harriet cogiéndole una mano comprensivamente-. No ha estado bien que le preguntara sobre un tema personal de Mr. Wontherlann. Disculpe mi atrevimiento.
Elene dio un cálido apretón a la mano de la joven, y asintió.
-          Es usted tan buena, niña. Sólo puedo decirle que el señorito Adam estaba pasando por momentos muy difíciles en aquél entonces. Estaba comprometido, pero las cosas se malograron y tuvo que cancelar su matrimonio- le informó-. Ahora debo retirarme. Que esté bien, niña.

-          Gracias por todo, Elene- le dijo Harriet.
Mientras bebía su té y acababa las tostadas, pensó en su conversación con Elene. Christinne le había dicho que a través de su carta que Adam había cancelado su matrimonio con Karinna Pontmercy un mes antes de que se celebrara. Según los rumores oídos por su amiga, el futuro conde la había dejado al saber que estaba embarazada, pero si así era ¿para qué romper su compromiso, si el bebé era suyo e iban a casarse?
-          Su reacción no tendría justificación, entonces- pensó Harriet.
Según los rumores, Adam había engañado a las demás hermanas Pontmercy también, ¿y si Karinna se dio cuenta de eso y rechazó a Adam por esa razón? Pero así fuera, ¿por qué no decirlo públicamente? Adam era padre de ese niño, y tenía que hacerse cargo de él. Era su obligación como caballero…excepto que, efectivamente, no fuera su hijo. Eso explicaría que quisiera aislarse y acabara alistándose en el ejército, lejos de la sociedad, los cotilleos y de Karinna. Pero si ella le había sido infiel, ¿por qué no negaba abiertamente los hechos que se le imputaban?
Harriet se acercó a los ventanales, y suspiró. De nada valdría hacer conjeturas, en primer lugar, porque no le interesaba si Adam tenía un hijo o no, ni las supuestas razones por las que había roto su compromiso con Karinna Pontmercy; y en segundo lugar, porque, seguramente, jamás podría averiguar la verdad.


_._._._._._._._._._._


Desde que llegó a la cocina, Elene no paró de alabar a Harriet Beckesey ni un instante. Aseguraba que era una jovencita educada, sensible y considerada, además de bella y delicada. Con ilusión, rememoró una y otra vez el baile de la noche anterior, y los momentos en que Harriet y el señorito Adam bailaron y luego salieron a platicar al jardín. Una y otra vez aseguró que jamás había visto una pareja más hermosa que esa, sólo comparable con la que hacían la Condesa y el Conde de Blackwood.
-          ¡Qué bellos tiempos fueron aquellos en que la señora estaba viva y llena de energía!- exclamó Elene llena de añoranza.

-          He oído que ella era muy generosa y buena- dijo Denisse.

-          Lo era, pequeña. Era muy considerada con todos nosotros. Jamás nos trató con displicencia, sino como a una familia, y puedo decir con toda soltura que yo la quise como una hija- aseguró la mujer. Con uno de sus brazos regordetes se limpió las lágrimas que habían comenzado a circular por sus mejillas y sonrió-. Era además una mujer muy alegre. No había momento en que no sonriera, incluso cuando estaba enferma. ¡Y el señor Conde la quería tanto! Jamás había visto yo un amor semejante, salvo el de mi querido John- afirmó-. Blackwood Manor ha estado muchos años de luto por la pérdida de la condesa, pero estoy segura de que eso pronto cambiará. ¡La señorita Harriet es tan parecida a la madre del señorito Adam! Huelo cambios, en Blackwood Manor, niñas. ¡Grandes cambios! Y créanme cuando lo digo, porque yo servía aquí cuando el señor Conde se enamoró de la que iba a ser su esposa, y no tardaron ni dos días en formalizar su compromiso. ¡Ya verán!- exclamó rebosante de alegría.
“¿Acaso no piensa callarse nunca?”, pensó Judith mientras refregaba el suelo. “Ha estado toda la mañana hablando de la perfectísima Miss Beckesey… ¡Estoy harta de oírla decir cuán maravillosa es”.  
-          Recuerdo que cuando la condesa llegó a Blackwood Manor, también era para quedarse sólo una muy breve temporada. Sus padres habían tenido que ir a Francia, y no querían exponerla a una viaje tan largo por su estado de salud- les informó-. El señor conde quedó fascinado con ella desde un comienzo, y me atrevo a decir que su hijo también por la señorita Harriet…
Harta de su cháchara repetitiva y sin fin, Judith se puso en pié bruscamente y salió de la cocina.
-          ¿A dónde vas Judith?- le preguntó Elene.

-          A los jardines- dijo-. Necesito tomar un poco de aire.

-          Está bien, pero no demores. Le he dicho a la señorita Harriet que irías a prepararle su baño en cuanto acabara de desayunar- dijo Elene, sin ser consciente de la incomodidad de la joven, ni de su malhumor.

-          Los que usted ordene, Mrs. Atwater- aseguró inclinándose ante la ama de llaves.
“Lo que me faltaba”, pensó contrariada.
Hirviendo de rabia y frustración, apoyó su cuerpo contra el tronco de un árbol e intentó serenarse. Por lo general, los señores y sus asuntos le tenían sin cuidado, pero esto era distinto. Desde que había sido contratado en Blackwood Manor, Adam Wontherlann había ejercido una intensa y extraña atracción sobre ella. No había podido evitarlo; simplemente había sucedido y ya estaba. Dos meses antes que las tres primas llegaran, habían limpiado y ordenado el hogar por completo, dejándolo impecable para los invitados que llegarían. Durante todo ese tiempo, intentó de todas las formas posibles llamar la atención del futuro conde. Se mostraba considerado con ella, como con Elene y Denisse, pero ella no quería su respeto. Había deseado con todo su corazón que el joven un día la invitara a su cuarto, pero eso jamás sucedió. Y por si fuera poco, ahora llegaba una damita refinada y elegante de Londres a arrebatarle la atención del joven por completo.
-          Pero no lo hará sin que antes sufra- pensó Judith esbozando una siniestra sonrisa-. Ya lo verá.   

sábado, 3 de septiembre de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (8/8)


Felipe caminó por los pasillos de la mansión sin un rumbo definido. Le había dicho a Kenneth que iría a su cuarto, y aunque en un principio ése había sido su plan, ahora comprendía que lo que necesitaba realmente era relajarse y caminar un poco. Se acercó a uno de los ventanales que se perfilaban a lo largo del corredor, a su lado izquierdo, y admiró a través de los cristales inmaculados la belleza de aquella noche.
Tuvo que reconocer que las horas nocturnas en Blackwood Manor y sus alrededores era un espectáculo digno de ver. "Envidiable", pensó el futuro duque con nostalgia. En Norwich no podía deleitarse con aquellas vistas desde su hogar, ni gozar de tal quietud y serenidad. A esas horas, las calles de la ciudad seguían estando colapsadas de gente, y en este último de tiempo de guerra y crisis económica, se las veía atestadas de mendigos, enfermos, suplicas y llantos.
Le había dolido en lo más hondo ver en ese estado tan deplorable la ciudad. Con angustia, habían seguido él y su padre el deterioro de Norwich, cuya situación iba menguando con cada día que pasaba. Y luego, cuando las cosas parecían que iban mejorando- que el sol estaba haciéndose paso entre las oscuras nubes de la guerra-, ese bastardo francés volvía a aunar fuerzas y a atacarles. Lord Wellinghton no había demorado en reunir una admirable flota, la que partió con los primeros patriotas en dirección a Bruselas. Lamentablemente las fuerzas aliadas estaban desunidas, ya que habían acabado replegándose tras la aparente paz que había sobrevenido tras el exilio de Napoleón. Se agregaba a esto Prusia, cuyas relaciones diplomáticas no habían acabado en buenos términos, y no compartían las mismas rutas de suministros ni los cuarteles generales.
Felipe recordó la última carta que su padre les había enviado desde el frente de guerra, y de los temores que en ella expresaba:


"Nuestro enemigo es un gran estratega. Ha decidido ir a la ofensiva de inmediato, porque sabe que nuestras fuerzas están débiles, y una vez capte nuestra desavenencias con Prusia, intentará sacar provecho de ello. Calculamos que nos separan cerca de unos 80 kilómetros del cuartel Prusiano. Si Napoleón llega a atacar la única ruta que nos une, ambas fuerzas nos replegaremos en direcciones opuestas, siguiendo nuestras rutas de suministros. Una vez aquello ocurra, sólo la Santa Providencia será capaz de darnos la victoria".

"Lo único que juega a nuestro favor, es el ánimo que nos impulsa a luchar por nuestro país y nuestro pueblo, así como la integridad de Wellinghton, que con tanto valor y ahínco nos insta a no rendirnos y, en definitiva, a vencer".


El bloqueo continental al que los había sometido Napoleón los había debilitado, hasta el punto que sólo Londres había quedado en pié en Europa. Como una dama orgullosa y testaruda, se había mantenido, con su rostro en alto y mirada desafiante, esperando el golpe definitivo de su enemigo; la estocada que acabaría definitivamente con su libertad y su vida.
Habían tiempos difíciles aquellos, llenos de tensión, miedo y sobre todo, cargados de impotencia. Todos pensaban que Napoleón finalmente acabaría conquistando Europa entera, y que, lo quisieran o no, incluso Inglaterra tendría que despojarse de su orgullo y doblar sus rodillas ante su nuevo emperador. Pero nada de eso ocurrió. Las fuerzas de Napoleón cayeron, y antes de sufrir una derrota aplastante, el estratega se exilió a la Isla Elba. La paz había vuelto, pero la situación del reino seguía siendo crítica. El bloqueo continental había arruinado su economía casi por completo, y se requirió de un gran esfuerzo, material y espiritual, volver a poner los mercantes en marcha por las rutas comerciales habituales.
"Todo comenzaba a seguir su curso normal", pensó Felipe con añoranza. La hambruna, la pobreza, las enfermedad, habían hecho estragos en las ciudades, pero la esperanza de que en un futuro próximo todo iría cada vez mejor, acariciaba sus maltrechos y asustadas corazones con la ternura de una madre. Los Thograwn habían entregado gran parte de sus fortunas para reformar Norwich, la que había recibido gran parte de los ataques desde la costa, pero todo había sido en vano. La guerra volvía a amenazarlos, y la oscura sombra de Napoleón Bonaparte se erguía sobre ellos con todo su antiguo esplendor y grandeza.
Felipe negó con la cabeza, en un intento por despejar su cabeza de tan oscuros temores. Había dejado el baile para poder pensar en cualquier otra cosa que no fuese Sofía bailando con ese desdichado de Fenwick, pero su suerte no había mejorado. La guerra, el pueblo de Norwich, sus compatriotas ingleses que luchaban tan valientemente en el frente de guerra, su padre... No es que fueran exactamente pensamientos ni motivos por los cuales pudiera alegrarse, ni sentirse reconfortado. Al contrario.
Con aire pensativo, y la mirada perdida, cruzó el pasillo y se detuvo ante la biblioteca. Una de sus puertas estaba entreabierta, dejando entrever la alta figura de un hombre situada junto a uno de los ventanales. Felipe sonrió. No le vendría mal en aquél momento una buena copa de vino- lo más fuerte posible-, y una charla animada con un buen amigo.
Felipe esperó que en cuanto traspasara la puerta, Julián se daría la media vuelta y le hablaría, pero no lo hizo. A penas ladeó un poco el cuerpo, lo suficiente como para distinguir quién había entrado en la biblioteca y luego volvió a su posición inicial.
-        Veo que estás aquí- comentó Felipe enviándole una mirada llena de extrañeza.

-        Sí, me has encontrado- le oyó decir. Su habitual tono de voz pedante e irónico había desaparecido, y en cambio, se le oía molesto, casi airado.
Felipe se detuvo en la mitad del salón, frunció el entrecejo y observó a Julián con atención. ¿Acaso estaba ebrio? ¿Por eso se le veía tan extraño? Ya había tenido la grata oportunidad de ver a Julián bebido- y, como bien había podido verificar, su personalidad festiva, excéntrica e irónica no cambiaba ni un ápice en ese estado-, por lo que no pudo evitar pensar que esta vez, había ocurrido algo diferente.
-        Julián, ¿estás bien?- lo interrogó-. ¿Ocurre algo?
Lo oyó soltar una carcajada carente de humor, y luego soltar una maldición.
-        ¿Que si me pasa algo?- preguntó Julián-. Qué curiosa pregunta. Y aún más viniendo de ti.
Felipe decidió guardar silencio y esperar a que hablara por sí sólo. Julián se dio la media vuelta, se dirigió a la mesilla de caoba que se encontraba situada junto a la chimenea y se sirvió otro copa de licor, la que bebió de un sólo golpe. Soltó un gruñido al sentir el fuerte líquido rozando su garganta, y acto seguido, lanzó violentamente la copa de cristal hacia una esquina del cuarto.
-        Estás ebrio, Julián. Vete a dormir antes de que alguien te descubra en este estado- le sugirió Felipe.
Julián apoyó ambas manos en la mesilla del caoba, y fijó sus centelleantes ojos verdes en Felipe. Sonreía, pero su mirada y el gesto de su rostro carecían del humor que sus labios dejaban entrever de forma superficial.
-        ¿Y qué más da?- preguntó-. ¿Crees que le haré daño a alguien estando así? Jamás en toda mi desgraciada vida he perdido el control, con o sin licor circulando por mis venas-. Sonrió y dijo-: Sí, estoy ebrio.- Suspiró hondamente y agregó-: Maldición... He perdido la cuenta, ¿sabes? Ya ni siquiera sé cuántas copas he bebido. ¿Seis? ¿Siete? ¿Una botella entera? Ahora que lo recuerdo...creo que había abierto la segunda justo cuando has llegado.

-        Julián...

-        ¡Calla! ¡Calla de una vez, maldita sea!- exigió a gran voz. Julián alzó una mano, y le apuntó con ella-. Aunque puede que si Richard llega a entrar a esta habitación, acabe dándole el castigo que se merece...


Felipe le envió una mirada cargada de desconfianza.
-        No te atrevas a acercarte a mi hermano...

-        ¡No, Felipe! ¡Dile a él que no se vuelva a atrever a faltarme el respeto de esa forma!- exclamó Julián lleno de ira contenida. Esperó que Felipe objetara su acusación, pero no lo hizo. El futuro duque de Gravenor cerró los ojos e inspiró hondamente. Cuando volvió a fijar su vista en Felipe, parecía más tranquilo, hasta sobrio, y una extraña emoción velaba sus verdes ojos felinos-. Sabes muy bien lo que ha hecho. Y sabes también que si he tolerado su falta cometida contra mi persona y no le he puesto en evidencia en el mismo baile, es porque respeto la amistad que contigo comparto.- Se irguió cuán alto era, y caminó hacia el centro de la estancia, hasta quedar situado frente a Felipe-. Pero te lo advierto. Si vuelve a provocarme, no tendré la misma consideración con él. Es hijo de un duque, pero no heredero de tal título. Su rango es inferior, Felipe; no toleraré otra injuria semejante de él.
Julián se apartó a un lado y continuó su camino hacia la puerta. Se detuve en el umbral, y dijo:
-        Sabes cuál es el sanción para su falta, ¿verdad?

-        Si, lo sé- respondió Felipe en un tono de voz cargado de frialdad.
Julián asintió y se retiró del salón. Felipe, inmóvil en el centro de la biblioteca, no hacía más que oír una y otra vez las últimas palabras de Julián, a la vez que una creciente inquietud lo invadía.
"Sabes cuál es la sanción para su falta, ¿verdad?", había preguntado él. Sí, claro que la sabía...
Un duelo.
Un duelo a muerte.

_._._._._._._._._._._


Harriet cerró la puerta tras de sí y suspiró hondamente. Una pícara sonrisa bailaba en sus labios, realzando la coqueta expresión de su rostro. Lentamente, caminó hacia el centro de su cuarto, despojándose durante el trayecto de los guantes, el abanico y la cinta que rodeaba su cintura. Con gesto pensativo se observó la mano . El cosquilleo que la había invadido al sentir los labios de Adam rozando su piel, aún la perseguía. Su mirada no se habían apartado ni un instante de ella, cautivándola por completo. Se había sumergido en las profundidades del intenso azul de sus ojos, y  había deseado, con todo su corazón, jamás emerger de ellas...
Unos suaves, pero insistentes golpes, interrumpieron sus ensoñaciones y la obligaron a relegar momentáneamente sus impresiones sobre el futuro conde. Tomó asiento frente al tocador, y procedió a desarmar su peinado.
-        Adelante- dijo al fin, a la vez que unos suaves rizos castaños caían hasta su cintura.
Inmediatamente, la puerta que conectaba su cuarto con la habitación de Sofía, dio paso a sus dos primas. Harriet dirigió una fugaz mirada a las dos jóvenes a través del espejo y luego volvió a fijarla en su cabello. "Creo que Sofía está aún más contrariada de lo que creía", pensó ella. Sólo le había bastado un breve vistazo para verificar que así era. El gesto severo que detentaba su prima al entrar al cuarto era más que elocuente.
Harriet ladeó el rostro levemente para dirigirles una sonrisa, y luego volvió a observarse a través del espejo.
-        ¿Les ha parecido agradable el baile?- preguntó. Sin esperar recibir una respuesta, continuó-: Mr. Lawrence Wontherlann es un hombre honorable y generoso. No ha escatimado en gastos para celebrar esta agradable velada, y me parecieron que las palabras por él pronunciadas al inicio del baile, eran honestas y sinceras.

-        Harriet, debemos hablar- oyó decir a Sofía.
Harriet se soltó el cabello por completo, y suspiró con satisfacción. Sacudió la cabeza de izquierda a derecha un par de veces, y sonrió a Sofía.
-        Estamos hablando, querida- aseguró-. Al menos, yo lo estoy haciendo.
Sofía se acercó a ella y le dirigió una severa mirada. Era evidente que no aprobaba ni compartía su sentido del humor.
-        Debemos hablar, Harriet. Ahora- insistió.

-        Estoy escuchándote, pero no me imagino qué puede ser tan grave como para que tengas ese gesto en la cara. Que yo sepa, con Mr. Fenwick no estuviste tan seria, ¿no?
Al escuchar el nombre del caballero, Sofía desvió la vista, demostrando, de pronto, un azoramiento y un nerviosismo nada común en ella. Harriet siguió con detenimiento la reacción de su prima, quedando inevitablemente confirmadas la primera impresión que había tenido en un principio: Sofía había disfrutado de la compañía de Mr. Fenwick más de lo decorosamente permitido, y por cierto, mucho más de lo decorosamente conveniente.
-        De él justamente tenemos que hablar, Harriet. De Mr. Dorian Fenwick- concluyó Sofía recuperando su integridad y reposo-, y de tu vergonzoso actuar.
Harriet inspiró largamente y la encaró.
-        ¿Vergonzoso actuar dices?

-        Le rechazaste, Harriet, en pleno baile.  ¿Acaso se puede catalogar semejante conducta como correcta?- la interrogó-. Me temo, que ni siquiera hay palabras para describir la horrible ofensa de la que ha sido objeto tan noble caballero. ¡Y todo por estar con el hijo de nuestro anfitrión!
Harriet no pudo evitar enviarle una mirada de sorpresa. ¿Es que había oído bien...? ¿Sofía acababa de decir que...?
-        Creo que no comprendo. ¿Acaso me estás acusando de mostrar predilección por Mr. Adam Wontherlann?- preguntó-. ¿Se puede saber al menos por qué me imputas tan grave falta?
Sofía guardó silencio, avergonzada aparentemente por su propia osadía y el alcance de sus palabras.
-        Ese no es el punto, Harriet- concluyó la joven al recuperar la seguridad-. Mr. Dorian Fenwick es una caballero respetable y decente, que no merece recibir semejantes desaires, aún cuando no posea un título ni innumerables riquezas.- Harriet no objetó sus palabras, y en cambio, se dedicó a mirarla fijamente sumida en un pensativo silencio-. ¿Qué es lo que sucede?

-        Nada, Sofía. Pero deberías ser más cautelosa y poner más tención a la persona en cuyas palabras confías- contestó poniéndose en pié.

-        ¿Y lo dices tú, querida mía?- preguntó Sofía-. ¿Tú que has estado en compañía de un malvado hombre que lo único que busca es placer de las mujeres?
Harriet se dio la media vuelta, evidentemente sorprendida.
-        ¿Cómo has dicho?
Sofía sonrió victoriosa.
-        ¿Acaso no lo sabías? Me sorprende, considerando que hace sólo unos instantes atrás, me prevenías tan insistentemente contra un caballero- dijo-. Pero al parecer, la engañada fuiste tú.

-        ¿Qué yo fui la engañada?- preguntó Harriet.

-        Así es.

-        Sofía, ¿no te pareció extraño acaso que Mr. Fenwick mostrara tal interés de desacreditar la reputación de un caballero de la talla de Mr. Adam Wontherlann?

-        Me ha advertido sobre él y su pasado, porque es un hombre honorable y no desea que seas engañada, y aún menos injuriada por un hombre como ese- dijo-. Él sabía que yo podría advertirte y...

-        ¿Un hombre honorable? ¿Acaso un honorable habla de esa forma del hijo su propio anfitrión, Sofía? ¿Un hombre honorable baila con una dama por primera vez y le dice que es más agraciada que sus dos primas?- la interrogó. Al ver que ella le contestaría, la acalló de inmediato-: No, Sofía, escúchame tú a mí. No conozco a Mr. Wontherlann, ni soy quién para juzgarlo por su pasado. Sin embargo, creo que Mr. Dorian Fenwick ha caído en la peor de las faltas, al hablar de tales detalles con una dama que apenas conoce, y bajo el techo del padre del mismo a quien atribuye semejante pecados. No me imagino por qué Mr. Fenwick tiene en tan poco estima a Mr. Wontherlann, Sofía, pero espero sinceramente que recapacites y convengas conmigo que no es prudente dar crédito a sus acusaciones, hasta que no tengas pruebas irrefutables de que son ciertas. - Inspiró hondamente y agregó-: Sé que sueles creer que debes cuidar de nosotras, y sobre a todo a mí, ya que me consideras una jovencita alocada y frívola, pero por esta vez pon atención a mis palabras y a mis advertencias, ya que poseo más experiencia que tú y Agnés en estos asuntos. No sería la primera vez que un caballero engaña a una jovencita incauta e inexperta alardeando modestia y buenas intenciones; ni será la última, mal me temo.
Sofía se dio la media vuelta, y se dirigió hacia la puerta. Antes de llegar al umbral, se detuvo y dijo:
-        Tú no conoces a Mr. Fenwick. No le conoces en absoluto...

-        ¿Y acaso tu sí?- la interrogó Harriet.
Tras dirigirle una dura mirada, Sofía dijo a Agnés:
-        Vamos. Debemos ir a descansar.
Agnés dirigió una suplicante mirada en dirección a Harriet y luego en dirección a Sofía. Harriet, comprendiendo la causa de su indecisión, así como lo difícil que debía resultarle contradecir una orden de Sofía, la instó a seguirla.
-        No te preocupes por mí- insistió-. Yo estaré bien.
Una vez sola en el cuarto, Harriet se apoyó en el dosel de su cama y suspiró hondamente. Con lentitud se acercó hasta uno de los ventanales, y se dedicó a contemplar la noche. Le resultaba difícil creer que sólo unos momentos antes había estado en compañía de Adam, admirando las estrellas y disfrutando de la tranquilidad del ambiente nocturno. Había disfrutado junto al futuro conde de una paz que hace mucho tiempo le resultaba esquiva. La decisión de su padre de sumarse a los valientes que se debatirían en la guerra, y luego la noticia de su dolencia, habían logrado perturbarla enormemente, y eran la causa de que cada día, al despertar, sintiera su corazón y su estómago oprimidos hasta límites insoportables.
No podía negar que las acusaciones sin fundamente de Sofía habían acabado por hacerla enfadar, pero también, debía reconocer, que su reacción y el enojo con su prima no tenían justificación. En realidad, no sabía nada sobre Adam Wontherlann. Le parecía un hombre correcto y comprensivo, además, de poseer un atractivo y una mirada hipnotizantes. Pero, claro, esos atributos no lo convertían en alguien digno de su confianza, ni mucho menos.
Harriet sonrió. Aunque al fin y al cabo, ¿importaba acaso si los rumores que circulaban sobre Adam Wontherlann era ciertos o no? No, no importaban, por que cuando acabara la guerra ambos se separarían y jamás volverían a verse. Seguramente él continuaría refugiándose en aquella maravillosa mansión, y ella volvería con su abuelo y con Alexander. El correcto y amable de Alexander...
Eso era lo correcto y lo que ocurriría en definitiva, sin embargo, Harriet no pudo evitar apenarse al saber que, una vez dejara Blackwood Manor, jamás regresaría, ni volvería a ver al apuesto y atento futuro conde de Blackwood.