viernes, 30 de marzo de 2012

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 8 (3/5)


Julián observó a la muchacha con detención. Al tenerla tan cerca de su cuerpo, le había sido imposible no percatarse de la ansiedad que la aquejaba. Temblaba de pies a cabeza, y su rostro, normalmente imperturbable, mostraba las señales de una angustia infinita.
-   ¿Miss Beckesey? ¿Está usted bien?- la interrogó con la mayor delicadeza de la que fue capaz. Era obvio el profundo nerviosismo en el que se encontraba sumida, y lo último que deseaba hacer en ese minuto, era acrecentarlo aún más.
"Hoy estás todo un caballero andante, Julián", se dijo con sarcasmo. "¿A qué otro damisela en peligro irás a rescatar después?".
-    ¿Está usted bien?- insistió al no recibir respuesta.
Sofía alzó la mirada, y tras enfocarla en el rostro del joven, se apartó bruscamente de él.
-   Yo… ¡Claro! Es decir...- corrigió al comprender la exaltación con la que había contestado-: Estoy bien, Mr. Ranford. Agradezco su preocupación- señaló, sin imprimir ni un rastro de amabilidad al tono de su voz. En cambio, dirigió una reprobatoria mirada a Julián, como si el caballero le hubiera faltado gravemente el respeto.
Julián lanzó una carcajada carente de diversión.
-    Me reprueba usted- indicó, aún sonriendo.
-   ¿Hay alguna razón por la que deba hacerlo?- lo increpó la joven. Sin esperar su respuesta, pasó por su lado, y comenzó a subir las escaleras-. Si me disculpa, debo retirarme.
-   ¿Es que acaso le ha disgustado estar entre mis brazos, Miss Beckesey? ¿No ha sido de su agrado?- la continuó interrogando-: ¿O es que jamás ha probado las caricias de un hombre?
Sofía se detuvo bruscamente. Un intenso rubor se adueñó de sus mejillas, y le impidió responder la pregunta. Más que por su desfachatez, su perturbación se debía a las sensaciones que las palabras de Julián le habían recordado; a aquellos momentos de intimidad que había compartido con Mr. Dorian Fenwick en la biblioteca, su cercanía, su tacto, su cálido aliento acariciando la piel de su rostro… 
-    Ha sido un accidente…- arguyó la joven con voz ahogada.
¿Y lo ocurrido con Mr. Fenwick? ¿También había sido un accidente? ¿No había acudido acaso deliberadamente a su lado? ¿No había estado a punto de permitir que…la besara?
-   Desde mi punto de vista, usted se ha lanzado directo a mis brazos. ¿Es que se comporta usted así con todos los caballeros que se cruzan por su camino, Miss Beckesey?
Sofía, incapaz de seguir soportando sus ofensas, giro su rostro levemente, dejando que Julián pudiera ver sólo su perfil. Aún quedaban pinceladas de carmín en sus pálidas mejillas, pero su integridad no había tambaleado ni un ápice, a pesar de la intensidad de su malestar, y la vergüenza que a momentos la invadía. Así, erguida desde la altura, con el rostro iluminado suavemente por la luz que los ventanales filtraban, desprendía la altivez y la belleza de una diosa vengadora, a quien ni las tragedias, ni la vileza de los hombres, son capaces de inmutar.
-   Juzgando su apariencia, cualquiera diría que es usted un caballero, Mr. Ranford. Sin embargo, con su actuar, no deja de desmentirlo- dijo-. Ahora, si me disculpa, es hora de que me retire.



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Harriet entró con suavidad al cuarto, procurando no alarmar a Miss Prince más de lo que estaba. La mujer se encontraba recostada sobre su cama, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre su abdomen. Parecía estar más tranquila, y eso alegró a Harriet. El estado de la pobre mujer había sido alarmante. La reacción de Julián no pudo ser más acertada en aquél momento, y si agregaba a eso, los amables cuidados prodigados por Elene, no dudaba que hasta el más grave de los enfermos sanaría. El fugaz recuerdo de su padre, al que sabía herido en el campo de batalla, ensombreció sus pensamientos por unos instantes, enviándola muy lejos del cuarto de Miss Prince y de Blackwood Manor. Añoraba volver a ser estrechada entre sus protectores brazos, sentir su presencia férrea y paternal a su lado. Si al menos tuviera noticia de él...
-   ¿Miss Beckesey?- la interrogó una delicada voz femenina.
Harriet alzó el rostro, esbozando una sonrisa. Miss Prince había despertado, y la observaba con curiosidad.  
-   Lo siento. No quería molestarla- se disculpó de inmediato-. Si desea puedo volver en otro momento...
-   No, querida. No- se apuró en contradecir la mujer su propuesta. Se levantó con dificultad del lecho, y alzó una mano en dirección a los sillones que descansaban junto a los ventanales-. Puede tomar asiento, si lo desea, Miss Beck...
Harriet la observó tambalearse, y en apenas unos segundos, estuvo a su lado. La sostuvo firmemente de un brazo, impidiendo que cayera desvanecida al suelo. Luego, la examinó con preocupación. La mujer estaba pálida, y no dejaba de temblar.
-   Quizá sea mejor si va a recostarse de nuevo- la aconsejó guiándola hacia la cama con dosel. Con delicadeza, la ayuda a sentarse, y tras acomodar un espumoso almohadón tras su espalda, la instó a apoyar su cabeza en ella-. Mucho mejor- sonrió Harriet, satisfecha.
-   Lamento no poder recibirla como se merece.
-   No tiene por qué lamentarse. Puedo tomar asiento a su lado, si así lo desea.
-   Agradecería mucho su compañía- murmuró Miss Prince, esbozando una débil sonrisa-. No sabe cuánto.
Harriet cogió una silla, y colocándola al lado de la cama, tomó asiento en ella.
-   ¿Se encuentra mejor?
-   Me siento un poco débil, pero sé que no tardaré en mejorar- aseguró ella intentando lucir positiva.





Harriet no dudaba que así sería, aunque resultaba evidente a sus ojos lo afectada que Miss Prince aún se encontraba. Acarició el pequeño libro que estrechaba entre sus manos, y se imaginó lo contenta que se pondría al tenerlo de vuelta.
-   He encontrado esto en la biblioteca- señaló-. Supuse que era de usted y he venido cuanto antes a devolvérselo.
Deborah Prince fijó su vista en el pequeño libro con evidente estupor. El rostro de la mujer palideció abruptamente, arrebatándole los pocos colores que había adquirido tras su lenta mejoría.  Harriet pudo entrever miedo en su mirada; era tal su intensidad, que hasta ella misma sintió que un repentino espanto la invadía, sin tener razón alguna para ello. Miss Prince alargó una temblorosa mano hacia el libro, y se lo arrebató a Harriet con firmeza. Luego, lo estrechó contra su pecho, como quien se aferra a su última esperanza de vida.
Harriet pestañeó confundida. No comprendía...
-   ¿Está usted bien, Miss Prince?
-   ¿Dónde lo ha encontrado?- preguntó con voz trémula.
-   En la mesa en la que usted estaba sentada- se apuró en responder-. Lo he cogido en cuanto ha abandonado la biblioteca, y le he traído hasta aquí.
-   ¿Alguien...?- Sin embargo, jamás llegó a formular la pregunta, ya que Elene entró en aquél mismo instante al cuarto, trayendo consigo una humeante taza de té.
Harriet observó a Miss Prince esconder el libro, que entre sus manos sostenía, con tal premura, que Elene no se percató de ello. ¿Qué es lo que ocultaba con tal ahínco Miss Prince? ¿Qué secreto encerraban aquellas páginas?
-   Niña Harriet, Frank me ha entregado esto. Dice que acaba de llegar- le entregó Elene un sobre.
Harriet lo cogió entre sus manos, y leyó el remitente. Un repentino mareo la dominó, el que, de haber estado en pié, la habría enviado directamente al suelo.
-   ¿Niña? ¿Está usted bien?- la interrogó ama de llaves al verla alzarse abruptamente de la silla.
-   Sí, Elene... Sí...- respondió la joven, incapaz de dominar las emociones que en aquél momento la embargaban-. Ahora si me disculpan, debo retirarme. Miss Prince, espero que se recupere muy pronto. La veré más tarde, Elene.
Con el sobre firmemente cogido entre sus manos, abandonó el cuarto. A la salida se encontró con Adam, quien continuaba firmemente apostado junto a la puerta del cuarto, en muda vigilancia. En cuanto la vio salir, se acercó a ella e intentó decirle algo. Sin embargo, al observar la expresión afligida de su rostro, la cogió firmemente por los brazos y la obligó a mirarlo.
-          ¿Qué es lo que ocurre? ¿Estás bien?- la interrogó con evidente inquietud.

-          Lo estoy- contestó ella-. Déjeme ir, Mr. Wontherlann.

-          No hasta que me digas qué es lo que te tiene en ese estado- indicó con decisión-. ¿Es Miss Prince?

-          No. Miss Prince está bien, es sólo que..- murmuró de forma apenas audible. Inspiró hondamente, y rogó-: Por favor, sólo deje que me marche.

-          Harriet, tu angustia es evidente. No te dejaré ir- indicó-; no así.

-          No tiene derecho a pedirme que responda.

-         Sí que lo tengo- insistió el caballero con posesión, aunque sin llegar a justificar su afirmación. "Desde que te has hecho dueña de mis pensamientos, eres mía", pensó. "Eres mía, aunque aún no lo sepas"-. ¿Qué es lo que llevas entre tus manos?





Harriet observó el sobre, y respondió con voz apagada:

-          Una carta.

-          ¿Una carta?- preguntó-. ¿De quién?

Harriet demoró en responder. Alzó el rostro, y clavó su brillante mirada en Adam, ahora cargada de temor e incertidumbre.

-          De mi padre.



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Richard dejó su cuarto, y paseó por los solitarios pasillos de Blackwood Manor. No deseaba estar en compañía de nadie, ni siquiera de su hermano. Por aquella razón, procuraba transitar por aquellos sectores menos visitados. Luego de un tiempo, los dormitorios del ala oeste de Blackwood Manor se convirtieron en su lugar favorito de reflexión, y junto a ellos, los jardines traseros, entre los que solía caminar a primera hora de la mañana, admirando su belleza y cuidado.
No obstante, aquella tarde decidió apartarse de su recorrido habitual, arriesgándose a ser  interrumpido. En realidad, no es que le fastidiara precisamente la compañía de alguien. Seguramente, y juzgando el estado en que se encontraba, nada habría sido más adecuado que compartir una amena charla con alguno de los amigos de Felipe; menos claro, con Julián Ranford, a quien consideraba un charlatán de primera. Lo que realmente temía, era transmitir la impotencia y la incertidumbre que tan arraigados tenía en el corazón. Lo frustraba sentirse de aquella manera, con ese vacío en el pecho que le impedía hablar. Se sentía incompleto, lo que generaba una amargura en él, cuya intensidad no dejaba de acrecentarse con cada día que transcurría.
"Me pregunto si tendrá algún límite", se preguntó apesadumbrado. "Y si, en algún momento, acabará por desaparecer".
Se acercó a uno de los ventanales, y allí se mantuvo por momentos interminables, con las manos cogidas en su espalda, pensativo y triste. Fue en aquél momento de extrema concentración, que oyó la dulce melodía provenir de algún lugar del palacio. Alzó el rostro, su melancólica mirada, y se dedicó a oírla con deleite. A penas llegaba a sus oídos, y no obstantes, el efecto que sobre él tenía, era insólita. Su pesar se difuminaba ante su más leve cercanía.
Como atraído por un fuerte conjuro, Richard buscó la fuente de tan bella y cautivadora música, a la que se unía la voz más dulce que jamás había oído en su vida. Tras cruzar el largo pasillo por el que antes transitaba, y el extenso hall central, se encontró junto a la puerta de la biblioteca. La melodía, y la voz tan sensible que la entonaba, ejercían un influjo aún más fuerte sobre su persona y su alma.



Tras atravesar el umbral de la puerta, una oleada de pureza y calidez  lo acogió al interior de la habitación.
Paz. Había hallado la paz.


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“Desde mi punto de vista, usted se ha lanzado directo a mis brazos. ¿Es que se comporta usted así con todos los caballeros que se cruzan por su camino?”, recordó Julián las duras palabras que había dirigido a Sofía.

Había sido consciente, desde un principio, de la crueldad de sus palabras, y del efecto que tendrían sobre la joven. Sin embargo, había sido incapaz de acallarlas. Necesitaba urgentemente volver a levantar los muros que había forjado a su alrededor. Gracias a ellos, no sentía dolor. Gracias a ellos, todo le daba igual. Gracias a ellos, podía seguir soportando a su padre y a su abuelo, y las frivolidades de la sociedad, sin caer en la demencia.

No se arrepentía del giro que había tomado su vida, pero tampoco lo enorgullecía. Vivía como un automáta, sin sentimientos, sin emociones, sin remordimientos, pero sobre todo, sin dolor. Con los años, se había preocupado de formar una fama que lo precedía a donde quiera que iba. Ninguna mujer que se sintiera orgullosa de su castidad se aproximaba a más de dos centímetros de él. Los caballeros lo describían como un libertino y un sinvergüenza, aunque él prefería considerarse un "experto catador de los placeres de la vida" y un cínico sin remedio. Había sido catalogado un "ser indeseable" por algunos, y no obstante, instituido como un ejemplo a seguir para muchos otros. Su dinero, su ascendencia y su título, lo convertían en un caballero cuya amistad muchos ansiaban, y que los obliga a invitarlo a toda reunión y acto social que se organizara, sin importar lo deplorable que pudiera ser su reputación. 

Por mucho tiempo, demasiado quizá, se había odiado tanto como a su padre y a su abuelo. Resultaba repulsivo, incluso para sí mismo. No obstante, pronto aprendió a convivir consigo mismo, sin remordimientos, en paz con su propia conciencia. El sarcasmo se convirtió en su mejor amigo, y el cinismo, en su hermano. La hipocresía fue su forma de vida, y el placer, la razón de su existencia. Amaba a las mujeres, tanto como a un buen vino, las que degustaba hasta que sólo quedaba una copa vacía; una copa vacía, delicada y bella, pero fácilmente reemplazable.

Recuperando parte de su seguridad, se dirigió hacia su cuarto, pero una vez más, el destino jugó en su contra y de la forma más cruel imaginable. Debido a la profundidad de sus pensamientos, no se había percatado de la dulce interpretación que flotaba en el ambiente, hasta que pasó por la biblioteca. Sus puertas estaba abiertas de par en par, y antes de dejarlas atrás, se detuvo abruptamente. Trémulo e inmóvil, se dedicó a oír la melodía.

Al reconocerla, sintió como si algo se quebrara en mil pedazos en su interior. Las heridas cicatrizas ya por el tiempo, volvieron a abrirse y a sangrar con igual, o incluso mayor, profusión que antes.  

"Josephine...", murmuró con voz estrangulada. La delgada e indefensa figura de su hermana tocando el piano, irrumpió en su mente con punzante brutalidad. Recuerdos de cuando estaban juntos, de cuando eran felices junto a su madre, de cuando aún guardaban ilusiones y la esperanza de un futuro mejor...

Cerró los ojos, y luchó contra los deseos que tenía de llorar. ¿Hace cuánto que no lo hacía? No lo recordaba. Nadie había merecido sus lágrimas jamás, salvo las únicas dos mujeres que había amado en su vida.

Cada nota, cada palabra entonada por la suave voz femenina, le producían un dolor agónico, que se transmitía desde su corazón hasta cada uno de sus miembros. Con el corazón en un puño, se apoyó en el marco de la puerta, y dio un vistazo al interior de la biblioteca. La luz del sol bañaba el cuarto con su calidez, y en un rincón, envuelta en un halo de paz y armonía, Agnés Beckesey cantaba con una dulzura y un ardor del que jamás la habría creído capaz. De pronto, y sin saber cómo, Julián ya no sintió más dolor, ni tristeza. Los recuerdos fueron ahuyentados por la belleza del cuadro que ante sus ojos se desplegaba; arte, en el sentido más amplio y profundo de la palabra; delicadeza, perlada de arrogancia e inocencia; pasión, en su estado más puro y primitivo.




Fue superficialmente consciente de no ser el único en la habitación, sin embargo, no reconoció ninguno de los rostros, ni intentó hacerlo siquiera. Sólo tenía atención para Agnés, la que se había convertido de pronto en el centro de todos sus pensamientos y sensaciones.

Cuando Agnés acabó de tocar la partitura, un mudo reconocimiento precedió a su voz y al eco de los últimos acordes del piano. Julián emergió lentamente de su letargo, y continuó observándola en silencio, con intensa admiración. De pronto, sus miradas se encontraron. Ante su fijeza, Agnés enrojeció hasta la punta de sus cabellos, incómoda y avergonzada ante el abierto interés que por ella demostraba en aquél momento. Consciente del malestar que generaba en la joven, Julián apartó la mirada y abandonó la biblioteca.

Esta vez, no intentó regresar a su cuarto de inmediato. Dio un largo paseo por los jardines, reflexionando sobre un sinfín de asuntos, a los que, hasta ese momento, había mantenido relegados en su mente. Una vez en su habitación, se sirvió una copa del licor más fuerte que tuvo a mano y se arrellanó en uno de los sillones.

-   Ya es hora de dejarlo ir- pensó en voz alta.

 

lunes, 26 de marzo de 2012

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 8 (2/5)


Agnés, tras unos instantes, alzó la mirada y la paseó por la biblioteca. Deseaba con todo su corazón que Sofía y Harriet regresaran pronto junto a ella, pero también, debía reconocer que la presencia del joven capitán no la intimidaba, ni la incomodaba en modo alguno. No era especialmente diestra analizando a las personas, pero le parecía un caballero noble y agradable. Al menos su rostro y su mirada transmitían eso.
"Un piano", pensó Agnés, al tropezar su mirada con el dulce instrumento.
Sin poder evitarlo, se incorporó del asiento y se desplazó por la habitación hacia el instrumento. Desde pequeña, había disfrutado tocando el piano. Se había tratado de una atracción casi innata, como si hubieran estado ambos destinados a encontrarse y no separarse jamás. Recordaba haber esperado con ansias la mañana, para interpretar una de las melodías que su padre solía traerle con frecuencia, y haber detestado la noche, porque era el momento en que debía detenerse e irse a acostar. Las partituras las hacían soñar, y sentir cosas que, en circunstancias normales, jamás imaginaría con experimentar. Cada pequeña nota musical, era un sentimiento, un mensaje, que se deleitaba con expresar con la mayor exactitud posible. Lo que más había lamentado al abandonar su hogar, había sido dejar el piano y sus partituras. Sabía que los echaría de menos de forma entrañable, y que se sentiría perdida sin ellos. Sin embargo, ahí estaba, junto a ella...
Acarició con delicadeza su pulcra y oscura superficie, y lo abrió. Apreció maravillada las techas, las que tocó con las puntas de sus dedos, con extrema suavidad. Era como reencontrarse con alguien muy querido, con un buen amigo, y sintió que una tranquilidad infinita se posesionaba de ella. Sonrió y alzó la mirada hacia el capitán Dolleby.
-        ¿Le gusta a usted el piano?- le preguntó.
El hombre asintió.
-     Aprecio la música, si es eso lo que usted quiere decir.
-     Entonces, no le importará si...- vaciló. Jacob comprendió lo que quería decirle, sin necesidad de que acabara la frase.
-     En absoluto- contestó.
Agnés inspiró hondamente y cerró los ojos. Una dulce melodía comenzó a oírse, llenando la habitación con su dulzura. Era triste, pero a la vez, sus acordes envolvían una secreta esperanza, que habría hecho suspirar hasta al más escépticos de los hombres. Mientras la oía, Jacob pensó en los soldados que, a pesar del gran riesgo que su vida corría, se encontraban en el frente batallando bravamente por sus familias, por su pueblo, por Inglaterra. Cuánta valentía y coraje demostraban, sin embargo, como bien él mismo sabía, la desesperanza y el desconsuelo es el sentimiento que más a menudo mora en el corazón de los combatientes. Suplicaba que tan bella melodía, llegara hasta ellos y consolara su alma; que su calor los envolviera y llenara su corazón de renovada energía y esperanza.
Agnés continuó tocando, meciéndose con la suavidad de un rosa ante las caricias de la brisa. Tras unos instantes, abrió los labios y comenzó entonar una suave y etérea melodía. Con la delicadeza de una mariposa, sus manos fueron desplazándose por las teclas, a penas acariciándolas a su paso.


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Julián observó cómo Elene y Adam entraban al cuarto, y a pesar de los intensos deseos que tenía de ir en su ayuda, se obligó a quedarse quieto y a aparentar indiferencia. ¿Por qué preocuparse por aquella mujer desconocida? Su caballerosidad tenía un límite, y en ese momento en particular, se hallaba muy cercano al colapso. Cuando recordó el momento en que la vio con la mirada perdida, reprochándose su conducta tan duramente, no pude evitar que a angustia atenazara su corazón. Inspiró hondamente, intentando sobrellevar el ahogo que le sobrevenía, y quizá, con un poco de suerte, espantar también los recuerdos.
Preocupado, envió un vistazo al interior del cuarto de Miss Prince. La puerta había quedado entreabierta, y desde su posición, era capaz de verla por completo. Era una mujer con un encanto particular, delicada, compuesta y elegante. Durante sus años de  juventud debió de ser una muchacha esplendorosa, pero la vida la había convertido en una mujer resignada, destinada a sobrellevar su austera existencia y de intentar sobrevivir sirviendo a los demás, aunque fuera como dama de compañía al servicio de familias respetables y adineradas. Todos deberían tener la oportunidad de cumplir sus ilusiones, de tener una familia, de ser felices y de recibir tanto amor como sea capaz de contener tu corazón...
“Maldición”, increpó el joven apartando la vista abruptamente. ¿Qué es lo que se supone que estaba haciendo? Después de tantos años, no podía abrir las puertas de su pasado. Había aprendido convivir con su peso, manteniéndolo relegado en una lejana y oscura parte de su mente y de su corazón. Su padre era un experto disfrazando sus emociones, y él había aprendido del mejor.
-     Lo cierto es que, aunque le llenaran el pecho de plomo, no lograrían dar con su corazón- dijo en voz alta, a la vez que esbozaba una irónica sonrisa-. Porque jamás lo ha tenido.
Tenía la firme intención de bromear sobre las desgracias de la vida, y en especial de la suya propia, pero no pudo. La brecha que se había abierto  con su pasado, empezaba a filtrar todos sus antiguos miedos y rencores. Pero no debía permitirlo. Hasta el momento había logrado sobrellevarlo sin problemas, mantenerlo a raya, cercado entre las altas murallas de la indiferencia y el olvido.
“Y es lo que debo volver a hacer antes de que los daños sean irreparables”, pensó.
Julián dio la espalda a la puerta, y se alejó de allí con andar despreocupado. Una máscara de indiferencia cubría sus sentimientos, y el remolino incontrolable de emociones que se había desatado en su interior.


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Harriet subió los escalones y se dirigió raudamente hacia la habitación de Miss Prince. Se desplazaba lo más rápidamente que le era permitido. Era consciente de lo impropio que resultaba ver a una dama corriendo, sin embargo, la situación justificaba las prisas.
Llena de curiosidad, observó el pequeño libro que llevaba aferrado en las manos. No podía llegar a imaginarse qué podía estar ocultando Miss Prince en él. La curiosidad la instaba a investigar antes de llegar al cuarto de Miss Prince, pero su consciencia le impedía hacerlo. No se encontraba dentro de sus principios fisgonear en asuntos ajenos. Actualmente, las mujeres solían practicarlo como un pasatiempo, que en opinión de Harriet, era tan despreciable como la mentira o la calumnia; doncellas y criadas, damas de compañía y aristócratas, de todas las edades e incluso del más distinguido abolengo, caían entre sus macabras redes.
Con el libro firmemente cogido entre sus manos, dobló por el pasillo y se dirigió al último cuarto. Una figura alta y majestuosa flanqueaba la entrada del cuarto de Miss Prince. Adam, de expresión grave, se alzaba ante la puerta de la dama, con la rectitud y la perseverancia de un ángel guardián. Harriet no pudo evitar un sobresalto al verlo. Su corazón comenzó a dar enloquecidos tumbos en su pecho, que amenazaron con desestabilizarla con su ímpetu y frecuencia. Lo que menos deseaba en ese mismo instante, era tener que mirarlo a los ojos; a esos intensos ojos azules, que parecían capaces de entrever sus propios pensamientos, con la claridad de un espejo.
Se obligó a guardar la calma, y se acercó caminando lentamente hasta Adam. El hombre, al oír sus suaves pasos, alzó la mirada. Sus ojos, ahora turbios como el mar embravecido durante una tormenta, no demostraron emoción alguna al reconocerla. No había luz en ellos, ni simpatía alguna, sólo una profunda aversión.
-     ¿Qué hace aquí, Miss Beckesey?- la interrogó con igual dureza. Harriet inspiró hondamente, intenta controlar los sentimientos que en ese momento la agobiaban. No sólo debía lidiar contra los efectos que ese hombre tenía sobre su cuerpo, su corazón y su mente, sino también, ahora, contra su repentino e inexplicable desprecio.
“¿Qué he hecho para merecer tu desprecio?”, se preguntó, desalentada y confusa a la vez. “No lo entiendo…”.
-     Venía a comprobar el estado de…
-     Miss Prince está en buenas manos- la interrumpió abruptamente, antes de que pudiera acabar la frase-. Limítese a regresar junto a sus primas, Miss Beckesey.
Harriet sintió como una bofetada en su rostro la dureza de sus palabras, y su falta de cortesía. Incómoda, bajó la vista al suelo, en un intento por ocultar los sentimientos que en esos momentos la invadían.

De inmediato Adam se arrepintió de su actuar, y lo lamentó aún más, al ver la reacción de la joven. ¿Qué pretendía al tratarla de aquella forma? ¿Cuál era su objetivo? “Desquitarte”, se respondió a sí mismo. “Buscabas vengarte por lo que te hizo”. Al comprender que era cierto, Adam maldijo mentalmente. Jamás había caído en una práctica tan vil, sin embargo, ahora comprobaba una vez más el efecto que tenía la joven Harriet Beckesey sobre sí. Lo desquiciaba, instándolo a actuar de forma imprudente y sin control. La poca cordura que sus jóvenes años le otorgaban, se desvanecía bajo los influjos de Harriet, convirtiéndolo en un hombre completamente guiado por los instintos, los sentimientos y el corazón…
-     Mis Harriet…- se apuró en rectificar su equivocación, pero fue esta vez la joven quien lo acalló.
-     ¿Sabe qué es lo único que exijo de las demás personas con las que me relaciono, Mr. Wontherlann?- preguntó la joven, fijando en él una mirada luminosa y determinada. Adam habría deseado disculparse antes de que Harriet descargara su ira sobre él, pero decidió guardar silencio, y no volver interrumpirla. Resignado, esperó que ella misma respondiera la pregunta formulada-. Nada más que respeto. No siempre se puede exigir educación, ya que no todos tienen la dicha, ni la gracia, de ser enseñados según las normas de la cortesía y de las buenas costumbres. No puedo pedir que un granjero, demuestre un actuar recatado y adecuado de acuerdo a la circunstancia. Pero sí respeto- aseguró ella-. El mismo respeto que yo, sin distinciones de clase, familia, título o ascendencia, demuestro hacia los demás.
Harriet contuvo la mirada de Adam por momentos que le parecieron interminables. Sus ojos no dejaban entrever sus emociones, ni el gesto aparentemente impasible de su rostro. ¿Qué pensamientos transcurrían en ese momento por su mente? ¿Qué opinaría de sus palabras? ¿Se habría sobrepasado al dar lecciones de buena conducta al futuro conde? ¿Se sentiría herido en su orgullo? ¿Quizá indignado? “Dime algo, Adam”, suplicó interiormente. “Por favor”.
-       Niña, ¿qué hace usted aquí?- le preguntó Elene al abandonar la habitación.
Harriet tuvo que apartar su atención de Adam, y dirigirla hacia la amable mujer, que tan bondadosamente cogía sus manos en aquél momento. Harriet las estrechó con simpatía, sintiendo la inescrutable mirada de Adam examinándola con torturadora fijeza.
-     Quería comprobar el estado de Miss Prince, querida Elene- aseguró la joven. Dirigió una fugaz mirada a Adam, y agregó-: Mr.Wontherlann me ha asegurado que se encontraba junto a usted, y aunque aquello me tranquilizó, no pude evitar quedarme hasta oír personalmente la efectividad de su mejoría.
Elene sonrió.
-     No tiene nada de qué preocuparse, mi niña- le aseguró-. Ahora mismo voy a por una taza de té para ella. Su calor la hará calmarse. Ya lo verá.
-     ¿Cree que…?- vaciló Harriet-. ¿Cree que pueda hablar con ella, Elene? Además- agregó-, deseo devolverle este libro, que ha dejado olvidado en la biblioteca.
-     ¡Por supuesto, niña!- exclamó la mujer-. Estoy segura que le hará mucha ilusión. Entre usted, que yo volveré enseguida.
Harriet observó marcharse a Elene. Suspiró. Sabía que Adam la observaba atentamente, pero decidió hacer caso omiso del nerviosismo que su atención le producía, y dio unos golpecitos en la puerta. Oyó la voz de Miss Prince autorizándola entrar, pero antes de que pudiera coger la manilla y girarla, Adam lo hizo. Con elegancia, abrió la entrada y la dejó pasar.
-       Lo siento- creyó oírlo susurrar a su lado, al entrar al cuarto de Miss Prince.


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A pesar de su firme intención de mantener la compostura, no lo logró. Con cada escalón que descendía, Julián se sentía más agotado. Era como si hubiera estado corriendo el día entero, sin descanso. Ahora, las consecuencias de un esfuerzo tan prolongado finalmente se dejaban ver, con toda su intensidad, en su cuerpo.
“Y en mi mente”, pensó abatido.
La visión de un cuarto a oscuras, y luego, los gemidos ahogados de una mujer suplicando la libertad, lo dejaron pasmado. Sin aliento, se apoyó de un muro e intentó serenarse. “Demonios”, blasfemó mentalmente.



Quizá fuera cierto. Quizá llevaba demasiado tiempo negando su pasado; el dolor, el miedo, las interminables noches llenos de sollozos, los gritos, los golpes, las malas palabras y el rencor, volvían para atormentarlo igual que cuando era un niño. Un niño de apenas 10 años, lleno de impotencia e incapaz de proteger a su madre de la crueldad de su marido, a pesar de todos los deseos que guardaba de hacerlo.  Siempre pensó que al cumplir la edad suficiente podría ayudarla, a su madre y a Josephine, y abandonar juntos de Gravenor Manor. Pero nada de eso sucedió. Cuando cumplió los 17 años, ellas no estaban... ni nunca más lo estarían.

-        ¡Maldición!- exclamó si voz, sufriendo una ira y un dolor indecible en su fuero interno. Maldito fuera su pasado, maldito fuera su padre, y maldito él mismo. ¡E incluso Miss Prince, por haber dado origen a todo ese malestar que atenazaba su corazón!

Sintió unos furtivos y acelerados pasos acercarse hacia él. Sobresaltado, se dio la media vuelta, recibiendo justo entre sus brazos a una angustiada Sofía Beckesey.


viernes, 14 de octubre de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 8 (1/5)

"¿Por qué Sofía se comporta de forma tan extraña?", iba preguntándose Harriet, mientras era conducida por el Capitán Dolleby hasta la biblioteca. "¿Qué significa esa negativa? ¿Y qué es lo que hacía abandonada en el suelo de su cuarto?"
-        Hemos llegado- interrumpió el hilo de sus pensamientos la grave y seductora voz de Adam-. Por favor, pasen- les dijo inclinándose educadamente junto al umbral de la entrada.
Harriet suspiró, sin ser consciente de la evidente admiración con la que lo observaba. Ese hombre... ese hombre era perfecto. No podía describirlo de otra forma. Cada uno de sus movimientos rezumaba elegancia y cortesía, sin embargo, había algo en sus ojos, en el brillo de su mirada, que expresaba un ardor y una fuerza indescriptible.  Se imaginó siendo besada por él, estrechada entre sus fuertes brazos, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. "¡Harriet!", desaprobó contrariada tan libidinosos pensamientos. No podía comprenderlo... Había conocido hombres atractivos; hombres encantadores y refinados, rodeados de fortuna y de reconocidos apellidos, sin embargo... Harriet volvió a examinar con atención a Adam, y no pudo evitar que su corazón diera un vuelco en su pecho. "Esto no está bien...", pensó ciertamente contrariada, y a la vez, presa de una profunda confusión. "Esto no debe suceder". Haciendo acopio de unas fuerzas que jamás habría creído tener, apartó la vista del futuro Conde y la dirigió hacia el salón que se extendía ante ellas.
Era soberbio. Grandes ventanales se alzaban a lo largo de uno de sus costados, dejando entrever un paisaje de ensueño, acariciado por el sol, lleno de verde y un río de aguas mansas y cristalinas cruzando, cual serpiente de plata, los extensos predios de los Blackwood. Altos estantes caoba, cubrían los muros restantes de la suntuosa estancia. Un número inimaginable de obras, yacía colocado en meticuloso orden en cada una de sus entradas, de acuerdo a su nombre y a su particular tamaño. Los había con tapas de cuero y de simple papel, nuevo y viejos, escritos por connotados escritores y de autores cuyo nombre el mundo desconocía por completo. Harriet no pudo evitar sonreír, y junto a ella sus primas, cuál de todas más amante de tan bello y satisfactorio pasatiempo.
-        Miss Prince- llamó Adam la atención de la dama que continuaba su abstraída escritura en un libro de tapas jaspeadas, ajena a la presencia de los recién llegados-. ¿Miss Prince?- insistió el futuro Conde, a la vez que se acercaba a ella.
La mujer alzó el rostro y le dirigió una pensativa mirada. Casi al mismo instante, abrió desmesuradamente los ojos, y cerró el libro en el que escribía, con evidente sobresalto. Nerviosa, y un poco confusa, se incorporó de la silla para darles la bienvenida, logrando, a su paso, dar vuelta el frasco de tinta. El líquido negro se derramó por la superficie nacarada de la mesa, y goteó sobre el suelo, impregnando la costosa alfombra que lo cubría, con su intenso color.
-        Dios mío...- murmuró Miss Prince, apreciando con claro estupor lo sucedido-. ¡Dios mío!
Inmediatamente cogió su propio pañuelo de encaje y seda, y se dedicó personalmente a limpiar el desastre que había provocado.
-        ¡Lo lamento tanto!- exclamó ella fregando la mesilla con insistencia, lo que sólo provocaba, en definitiva, que la tinta se esparciera aún más-. Soy tan torpe... Debe disculparme, Mr. Wontherlann, yo... No ha sido intencional... ¡No les he visto, y luego usted me ha hablado y...!
-        Miss Prince, no tiene de qué disculparse...- añadió de inmediato el futuro Conde, que no tardó en ser interrumpido por las compulsivas y reiterada disculpas de la mujer.
-        Pero, es que...- objetó ella hecha un manojo de nervios-. ¡Es que ha sido sin intención! ¡Créame usted...! Sólo escribía... Jamás pretendí...
Sin que ninguno de los presentes se percatara de su llegada a la biblioteca, Julián cruzó el salón y cogió las manos de la acongojada dama. Una cálida sonrisa se dibujó en sus labios, a la vez que un brillo de compasión refulgía en sus ojos verdes.
 
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Agnés sintió que algo se removía en su interior al ver al joven aparecer con tal determinación, directo a prestar a ayuda a la desconsolada mujer. Se dedicó a calmarla, ajeno a todas las miradas de los presentes. Toda su atención se hallaba puesta sobre la angustiada dama, objeto de todos sus amables cuidados, y de una sensibilidad que Agnés jamás habría creído que poseía.



Sin embargo, no podía olvidar que Julián Ranford se había comportado como un verdadero truhán durante el baile. Creyó por unos instantes que el joven la obligaría a bailar con él durante toda la noche, con la pura y simple intención de incordiarla. Pero tras el breve percance con Mr. Richard Thograwn, él se había marchado del salón y no volvió a verle más. ¿Quizá le había aburrido el baile? No le extrañaría, ya que debía estar acostumbrado a asistir a concurridas y suntuosas veladas, llena de gente que conocer, y muchas bellas y animadas damas, con las que compartir. Una muchacha apocada, y silenciosa como ella, seguramente no satisfacía en absoluto sus intereses. Y debía agradecer de que así fuera. Julián Ranford era un caballero peligroso y atrevido; un verdadero bribón, desvergonzado e insolente.
-        Miss Prince- le habló el joven con voz suave, un murmullo sugerente y cautivador que hizo estremecer a Agnés de pies a cabeza-. Por favor, escúcheme. Se lo ruego.
El corazón y el alma de Agnés vibraron de emoción al sentir la calidez de su voz, y la considerada atención que prestaba a la angustiada mujer. Aquél...aquél no era el Julián Ranford que ella conocía. Era un ser distinto; un ser sensible y compasivo. ¿Por qué entonces se comportaba de forma tan indolente y fría con el resto de las personas? ¿Por qué esa actitud cínica y burlesca? ¿O es que acaso fingía esa atención, esa mirada consoladora, esa sonrisa dulce y compasiva?
Miss Prince intentó apartarse de él mientras seguía dando explicaciones inentendibles. Logró liberar una de sus manos, aquella que aferraba el pañuelo, ahora manchado de negro, e intentó volver a intentar limpiar el desastre que había dejado, pero Julián la detuvo.
-        No, no, no...- reprobó su conducta el joven caballero como si se tratara de una niña. Con delicadeza, le arrebató el pañuelo que tan fieramente sostenía y se lo guardó en uno de los bolsillos de su pantalón de tela. La mujer alzó la mirada y lo miró suplicante. 
Agnés, atenta como estaba a la conducta de Julián, pudo apreciar con toda nitidez su vacilación, así como la repentina y fugaz tristeza que reflejó su rostro. Sin saber por qué, sintió su corazón contreñirse de dolor, como si, por unos instantes, hubiera sido capaz de sentir y compartir el sufrimiento del joven caballero, aún desconociendo por entero su origen. Sin embargo, y a pesar de la intensidad de la emoción que reflejó su rostro esos pocos segundos, Julián Ranford no demoró en recobrar la seguridad y determinación que tan características le eran.
-        Debe usted dejar de culparse, se lo suplico. Ha sido un accidente. Todo estará bien- le aseguró, con absoluta convicción-. Se lo juro.
Agnés asintió, sin ser consciente de que lo hacía. Al oírlo decir aquellas palabras, algo cálido se había despertado en su interior, desplazándose por cada uno de sus miembros, hasta colmar su corazón por entero con su agradable tibieza. ¿Quién podía llegar a dudar de semejantes palabras? La extrema calidez de su mirada, sellaban su juramento, y no permitían poner en entredicho su veracidad. Él prometía que todo estaría bien, y eso bastaba.
En aquél momento, Elene entró a la habitación, precedida por Judith. En cuanto vio el estado de Miss Prince, y la tinta derramada sobre la alfombra, comprendió lo ocurrido y ofreció a la dama llevarle un té a su cuarto. Miss Prince asintió, y aceptó el brazo que Adam le ofreció para conducirla hasta su habitación. Julián se ofreció a acompañarlos, y juntos, salieron de la biblioteca, dejando a todos los presentes sumidos en un tenso silencio.
"Pobrecilla...", pensó Harriet.
No podía negarlo. La reacción de Miss la había dejado intranquila, y con la sensación de que la angustiada mujer necesitaba desesperadamente alguien con quien charlar. Le preocupaba su nerviosismo. Por unos instantes, tuvo la firme certeza de que intentaba ocultarles algo, pero luego... Pensativa, Harriet dirigió la vista hacia la mesa donde Miss Prince había estado escribiendo al entrar ellos en la biblioteca y examinó su superficie. Ahí estaba. Su libro. Aquél que escribía tan concentradamente y que cerró con tanta vehemencia al percatarse de su presencia. 
Siguiendo un presentimiento, cogió el pequeño y preciado objeto, y se dirigió hacia la salida.
-        ¿Harriet?- la interrogó Sofía-. ¿Harriet? ¿A dónde vas?
-        A devolverle su libro a Miss Prince- contestó-. Sería terrible que, considerando su actual estado, repare y lamente su ausencia.
Dicho aquello, no se detuvo y abandonó la biblioteca.
 
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Sofía siguió a Harriet, pero se detuvo a mitad de camino, y se dirigió a Agnés y al Capitán Dolleby que aún quedaban en la habitación.
-        Capitán, le suplico que acompañe usted a Agnés durante mi breve ausencia- le dijo-. Regresaré enseguida.
-          Descuide, Miss Beckesey- asintió el hombre con una leve inclinación.
-          Gracias.- Y dijo a Agnés-: No tardaré. Te lo prometo.
Agnés asintió, y en pocos instantes, quedó a solas en la biblioteca con el capitán Dolleby. El caballero la invitó a tomar asiento, ofrecimiento que la joven no tardó en aceptar. El caballero se acercó a uno de los ventanales, y se dedicó a admirar en silencio el exterior.
-        Que desgraciado infortunio, ¿no lo cree?- oyó decir al capitán con voz pensativa-. Aunque debo decir que ese...caballero, que de pronto ha aparecido y acudido en su rescate, realizó una labor impresionante.
-        Mr. Ranford- contestó Agnés de inmediato. Un leve rubor tiñó sus mejillas al pronunciar su nombre.
-          ¿Cómo dice usted?- preguntó.
-          El caballero- dijo ella, aún más nerviosa-. Es Mr. Julián Ranford.


Jacob Dolleby examinó con detenida curiosidad su rubor y el nerviosismos extremo que de pronto demostraba, y asintió en silencio. No era necesario ahondar para saber la razón del azoramiento de la joven. No sabía lo que era estar enamorado, y si agregaba a eso, el reducido número de mujeres con la había intimado durante su vida, lo convertían en un hombre con poquísima experiencia en materias del corazón. Sin embargo, no le cabía duda de que la joven Miss Agnés Beckesey sentía algo por ese joven caballero, y que lo admiraba en sobremanera. La vehemencia con la que había pronunciado su nombre, a pesar de su evidente timidez, lo demostraban. Deseaba algún día poder amar y ser amado por un mujer bella y cálida como ella, cuyo sola mirada fuera capaz de hacerle sentir una infinita paz.
Jacob sonrió. No era un celestino, ni nada semejante, sin embargo, esperaba de todo corazón que la joven fuera correspondida y que el caballero fuera consciente de la enorme suerte que tenía.
"Y si no es así", pensó. "Es un completo imbécil".
 
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Cuando Sofía salió de la biblioteca, Harriet ya había abandonado el pasillo y seguramente ya estaría subiendo las escaleras. La joven suspiró, a la vez que apuraba el paso levemente; lo suficiente para ir más de prisa, pero sin llegar a parecer desesperada. Podía imaginarse a Harriet cogiéndose la falda y corriendo por el pasillo, sin ningún tipo de decoro ni recato. ¿Cómo podía cuidarla, si decidía abandonarlas así de pronto? Podría haberla llamado a gritos, o haber reprobado su conducta en la biblioteca, pero no habría sido educado estando el capitán Dolleby presente.
Llegó a las escaleras, y dirigió una mirada hacia el largo pasillo que daba hacia el extremo opuesto de la mansión. Se detuvo en el primer peldaño de la escalera, y recordó de pronto la misiva enviada por Mr. Fenwick y su contenido. Sintió que el corazón se le comprimía por dentro, y que los recuerdos se agolpaban en su mente.  Lo ocurrido en la biblioteca había logrado hacerla olvidar por unos breves momentos las palabras de Mr. Fenwick, pero ahora que volvía a pensar en ello, sentía que todos sus temores y contradictorios sentimientos se cernían sobre ella con la violencia de un huracán. 
Tras recibir y leer la nota, había permanecido por momentos interminables con la pluma suspendida sobre el papel, sin saber qué decir, ni cómo actuar. No podía llegar a creer que un caballero como Mr. Dorian Fenwick se interesara en una joven con ella, sin embargo, una alarma en su interior le repetía, con especial insistencia, que tuviera cuidado. Tras largos momentos de reflexión, llegó a escribir una negativa, pero no fue capaz de enviarla. Su corazón se resistía a hacerlo, a pesar de las duras e inflexibles exigencias de su razón.
Inmóvil, con la vista en el largo y solitario pasillo que se habría a su izquierda, inspiró hondamente y asintió.
-          Esto debe acabar- se dijo-. Y debo hacerlo personalmente.
Enviando una desconfiada mirada a su alrededor, dejó la escalera y se alejó en dirección opuesta a la que había llegado. Jamás había transitado por ese sector de la mansión, y aunque desconocía el lugar exacto donde se hallaba la biblioteca, no dudaba de que la acabaría encontrando. Mr. Fenwick tenía que entender la razón de su negativa... ¡unas simples palabras plasmadas en un papel, jamás podrían expresar lo que verdaderamente sentía! El caballero merecía toda su admiración, pero ni ella, ni sus primas, se encontraban en Blackwood Manor para entretenerse con caballeros. ¡Y no es que encontrara que Mr. Fenwick fuera una entretención pasajera! ¡En absoluto! ¡La Santa Providencia era testigo del verdadero sentir de su corazón! Sin embargo, debía dar el ejemplo a sus primas, y mantener la cordura.
Sofía continuó caminando, cada vez más deprisa, a pesar de sus firme intención de no reflejar el nerviosismo que sentía. El sentimiento de culpabilidad que la corroía fue en aumento, así como el temor a ser descubierta andando sola por esos sitios. Le pareció que en ese sector de la mansión de los Blackwood hacía más frío, y que incluso olía a abandonado. Había oído decir a Harriet, que el hogar no había recibido visitas desde la muerte de la condesa. La llegada de ellas, entre otras razones, los había obligado a limpiar el hogar y adecuarlo para sus nuevos invitados, sin embargo, el olor a humedad y la sensación de abandono que reinaba en aquél lugar, tardaría meses en desaparecer por completo.
Titubeante, se asomó a un cuarto que se abría a su derecha. Un pequeño recibidor, ricamente amueblado pero en desuso, se expuso ante sus ojos. "No es la biblioteca...", pensó con el corazón alborotado, temiendo y, al mismo, ansiando, encontrarse con Mr. Fenwick. Inspiró hondamente, e intentó calmarse. La angustia y la culpabilidad comenzaban a ganar la batalla, mermando su habitualmente férrea voluntad. A pesar de aquello, decidió avanzar un poco más. "Debo apresurarme", pensó. Rogaba que nadie se percatara de su ausencia. ¿Cómo iba a explicarles la razón de su presencia en esos sectores de la mansión? Perderse no era una opción, ya que la habitación de Miss Prince se encontraba en el segundo piso, muy cerca del suyo.
"¡Santo Cielo!", pensó ralentizando su marcha hasta detenerse por completo. "¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué se estaba comportando de aquella manera tan impropia?".
Su seguridad acabó por desmoronarse por completo, y tras unos instantes de profunda reflexión, decidió que los más correcto era regresar sobre sus pasos y buscar a Harriet. No le debía ninguna explicación a Mr. Fenwick, y si sus intenciones eran tan nobles como aseguraba que eran- lo que no dudaba, por cierto-, respetaría su silencio y esperaría con integridad, la respuesta a su solicitud y a sus palabras.
Una repentino ruido llamó su atención. Primero creyó que se trataba de una de las doncellas, y hasta barajó la idea de ocultarse en uno de los cuartos solitarios, cuyas puertas estaban abiertas. Sin embargo, de inmediato pensó que eso era completamente absurdo, y decidió que no debía estarse escondiendo de nadie. Si tropezaba con una de las sirvientes, no tendría que darle explicación alguna, y lo más dignamente posible, se daría la media vuelta y se alejaría de allí. Un silbido melodioso, y luego una voz masculina entonando una canción, interrumpieron abruptamente el hilo de sus pensamientos, atrayendo fuertemente su atención.
Como hipnotizada, y sin pensar ni siquiera en lo que hacía, se aproximó a la fuente de aquella melodía. La entonaba una voz profunda y grave, que le resultaba indudablemente familiar. Al llegar a la puerta entreabierta de una habitación, se asomó a ella y examinó su interior. No le sorprendió descubrir una biblioteca, aunque de aspecto más despreocupado que la anterior. No estaba tan iluminada, ya que algunas cortinas continuaban corridas, evitando que la luz del sol penetrase al salón.
La voz masculina se volvió más nítida. Sofía entró a la habitación, y se quedó cerca del umbral de la puerta, observando al hombre que yacía de espaldas a ella. Lo habría reconocido en cualquier lugar, incluso en un baile repleto de caballeros. Su porte y su gracia eran inconfundibles.

Dorian Fenwick dejó de cantar y se dio la media vuelta. La mirada de ambas se cruzaron y permanecieron entrelazadas por momentos interminables. Una muda comunicación se llevó a cabo entre ambos, en la que sólo tenía cabida el más secreto sentir de sus corazones. Tras unos instantes, Sofía apartó la mirada, incapaz de seguir soportando el exhaustivo e insistente examen del caballero. Su atenta mirada la cohibía, y la hacía sentir extrañamente incómoda. Sus ojos, tan oscuros como la misma noche, parecían capaces de leer sus pensamientos más íntimos, y hasta las emociones que el distinguido caballero era capaz de provocar en ella. Temía a su fuerza, al intimidante ardor que tras aquella mirada se escondía, pero a la vez, que la atraía de forma inevitable.
-        No sabe usted con qué esperanza la he esperado- lo oyó decir, a medida que se aproximaba a ella-. Ni cuán feliz me hace verla.
Sofía inspiró hondamente, y dijo:
-        No he venido a verlo, Mr. Fenwick.- Y corrigió de inmediato-: Al menos no, por el motivo que usted cree.
-        ¿No?- preguntó el caballero, esbozando una sonrisa ladeada-. ¿Entonces a qué ha venido, mi querida dama? ¿Acaso se ha perdido, y por el dichoso azar del destino, ha venido a parar hasta aquí?- la interrogó-. Bendita sea la Santa Providencia, si así es. Al fin sus designios me son benévolos.
A medida que el caballero avanzaba hacia ella, los latidos del corazón de la joven fueron en aumento, al igual que el cauce de sus pensamientos, ahora desbocados y sin coherencia. Las palabras tan cuidadosamente elegidas y ensayadas, se perdieron entre las vertiente de sus emociones, impidiéndole reaccionar.
-          ¿Por qué no me miras, querida mía?- preguntó Dorian Fenwick, situándose ante ella-. ¿Por qué me niegas el placer de admirar la luz de tu mirada, la delicada belleza de tu rostro? ¿Por qué? No te sumas en el silencio, y responde mis pregunts, te lo ruego.
El rubor tiñó las mejillas de la joven, haciéndola ver aún hermosa y sensible de lo habitual. Con timidez y lentitud, alzó el rostro, hasta encontrarse con la ávida y oscura mirada del hombre que ante ella se alzaba.
-        Estimado señor mío...- murmuró Sofía, incapaz de pensar con coherencia estando él tan cerca-. Debe saber que... Debe saber que correspondo su sentimientos. Sin embargo... Yo... No puedo. Mis padres están en la guerra, y mis primas... Usted debe entenderme... Usted debe...- pero su voz poco a poco fue disminuyendo en volumen, hasta desaparecer por completo.
Dorian Fenwick colocó una mano en sus mejillas, acariciando la piel tersa y suave de la joven. Sonrió con satisfacción, admirando la belleza de Sofía, y la ingenua pero ardorosa fuerza de sus sentimientos. Qué bella era la juventud... ¡y qué inocente! ¡Tan frágil, y tan fácil de engañar!

Lentamente, acercó su rostro a la joven. La observó cerrar los ojos, y quedarse tan inmóvil como una estatua. Cierto, su objetivo no era en absoluto ganarse el corazón de Sofía Beckesey, una joven tan apagada e ingenua, sin embargo, el reto le agradaba. Las jóvenes hermanas Pontmercy habían caído bajo sus encantos sin siquiera resistirse, y los harían ahora también las tres primas Beckesey. 

"Y, al final, querida mía, no importa cuánto te resistas", pensó mientras visualizaba el sensual y bello rostro de Harriet. "Acabarás siendo mía, a pesar de todo". Un sonrisa desdeñosa torció sus labios, y estrechó aún más la distancia que existía entre él y la joven.
Sofía, tensa e inmóvil, esperó lo inevitable.  Podía sentir la cercanía del caballero, la calidez de su aliento acariciando la piel de su rostro. Quería que la besara; no había nada que deseara más en aquél momento, pero antes de que pudiera siquiera rozar sus labios, se apartó de él y se alejó hacia el umbral de la puerta. Intentó decir algo, pero fue incapaz de hacerlo. Luego se dio la media vuelta, y se alejó de la biblioteca y de Dorian Fenwick.