jueves, 7 de julio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (3/8)

-       Las tres primas Beckesey están deslumbrantes- comentó Julián, y agregó de inmediato-: Y me atrevo a decir, que son lo único interesante en este baile.
-       Al parecer, Mr. Fenwick está muy de acuerdo contigo- dijo Felipe, con un extraño tono de voz.
Adam se dio la media vuelta, y dirigió una mirada Dorian Fenwick, que conversaba con Dave Richmond y su padre. Sonreía y charlaba con tranquilidad con ambos hombres, pero su mirada, y toda su atención, se encontraba puesta sobre las tres jóvenes que permanecían sentadas. Adam arrugó el entrecejo. No pudo evitar recordar una vez más el pasado, y sentir la angustia y el odio revivir con mayor fuerza en su interior. Las tres hermanas Pontmercy había caído ante los engaños de Dorian Fenwick, y ahora lo harían las tres primas Beckesey.
Bebió un sorbo de ponche, y posó su vista en Miss Harriet. La joven se abanicaba con delicadeza, intercambiaba algunas breves palabras con alguna de sus primas, y luego volvía a sonreír. La observó con atención. Los ojos de la joven brillaban con luz propia, y con una vivacidad que le llamaba fuertemente la atención. Percibió su enérgica personalidad aquél día al verla asomarse por la ventanilla del coche, y lo confirmó durante el desayuno que había compartido al día siguiente a su llegada a Blackwood Manor. ¿Cómo sería ser el objeto de esos maravillosa mirada llena de luz y calor? ¿Perderse entre sus luminosas profundidades y fundirse en su increíble resplandor?
"Demonios...", maldijo mentalmente apartando la vista de la joven. No podía cometer el mismo error otra vez. No podía dejarse engañar por otra mujer, caer en sus múltiples encantos femeninos, y sufrir otra decepción semejante. Era necesario que mantuviera la cabeza fría, y despachara su endemoniado deseo al otro lado del mundo.
-       Miss Harriet sigue tan agraciada como en ese baile que la vimos por primera vez- oyó comentar a Richard con voz reposada.
"¿Agraciada?", pensó Adam esbozando una sonrisa burlesca. "Esa palabra que es incapaz de describir a esa mujer. Ella es...es...". Suspiró. " Es arrebatadora".  Molesto consigo mismo por haber concluido semejante barbaridad, dejó la copa de ponche sobre la mesa y decidió no beber más. Sin saber cómo, su vida entera se había visto trastocada. De la noche a la mañana, en su hogar se encontraba el hombre que había abusado de su prometida, y una jovencita que amenazaba con romper su estabilidad emocional. Le había costado meses enteros olvidar- o intentar olvidar, al menos-, la traición de Karinna, y cuando al fin se había acostumbrado a la idea de que no volvería a fijarse en una mujer en su vida, aparecía Harriet Beckesey...
-       Es... una mujer como cualquier otra- opinó mostrándose desinteresado.
"No puedo a caer en esto otra vez...", pensó. "No puedo permitirlo. No puedo...".
-       En realidad, yo no diría eso- lo contradijo Felipe-. Miss Harriet es una dama... bastante peculiar.
-       ¿Peculiar? ¿Y qué significa exactamente eso, Felipe?- preguntó Julián-. ¿O es acaso otras de tus desapasionadas galanterías al sexo femenino?
-       Esa "desapasionada galantería" a la que has hecho alusión, Julián, es una forma de describir la vivaz y particular personalidad de Miss Harriet- explicó Felipe-. Jamás había conocido una mujer que poseyera una opinión propia respecto a la política de nuestro país, ni que criticara tan fuertemente la actual situación de la sociedad.
-       ¿Política?- preguntó Adam extrañado-. Esos no son temas para una dama.
"Karinna jamás habló de política, ni manifestó su opinión sobre algún tema en particular", recordó el futuro Conde. "De hecho, creo que jamás hablamos de nada que no fuera nuestro compromiso, sus vestidos y los cotilleos de la sociedad".
-       No, no lo son. Y seguramente otra persona, en mi lugar, se habría escandalizado ante semejante conversación.- Sonrió-. Pero no logré hacerlo, en especial, por sus argumentadas posturas. No niego que aquél baile hasta me resultó placentero en cierto sentido. Miss Harriet consiguió que no me arrepintiera de asistir a una reunión social, a la que iba condenado a acabar hastiado, como de costumbre.
-       Vaya, esa Miss Harriet sí que debe ser impresionante si ha logrado sacarte de esa sempiterna indiferencia tuya- bromeó Julián-. Si hasta llegué a creer que era incurable.
Felipe envió una sosegada  mirada al joven, a la que Julián respondió alzando su copa, en mudo brindis. En ese mismo instante, observaron a Adam alejarse de la mesa y cruzar el salón con determinación.
-       ¡Eh, Adam! ¿Qué tienes en mente?- lo interrogó Julián.
-       Sacar a bailar a Miss Harriet Beckesey, claro está- respondió el futuro Conde dirigiéndose hacia el extremo del salón, donde la tres primas permanecían sentadas.


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Harriet observó que Agnés se abanicaba rápidamente, en un claro gesto de nerviosismo. Con delicadeza, posó una mano sobre la suya y la calmó.
-       No hagas eso, querida- le advirtió Harriet-. Sé que te sientes inquieta, pero recuerda que con ese movimiento tan...acelerado de tu abanico, estás comunicando algo que no sería prudente que los caballeros de este lugar llegaran a comprender.
Agnés sonrojó hasta la punta de sus cabellos al comprender el error que estaba cometiendo. Harriet le sonrió tranquilizadoramente, y volvió a hablar en un susurro:
-       Tranquila, estoy segura de que nadie se ha dado cuenta- aseguró-. Ahora hazlo lentamente... Demuéstrales tu indiferencia.
La rubia joven asintió, y alzó la mirada. En ese mismo instante, sus ojos se abrieron de par en par, evidenciando su sorpresa.
-       ¿Qué ocurre?- la interrogó preocupada Harriet.
-       Se acerca uno de ellos- murmuró con un hilillo de voz.
Harriet alzó la barbilla, y giró levemente la cabeza hacia la figura masculina que se dirigía directamente hacia ellas. El corazón le dio un vuelco. Adam Wontherlann, con expresión inescrutable y paso seguro, cruzó la habitación y se apostó a su lado. A esa corta distancia, estando él tan próximo, Harriet pudo apreciar el maravilloso azul de sus ojos. Su presencia desprendía una fuerza asfixiante, y una determinación imposible de describir. Recordó las advertencias de Christinne, la posibilidad de que ese hombre fuera un mujeriego inescrupuloso y ruin, pero no logró hacerlo...
Adam se inclinó ante la joven, y extendió una mano.
-       Miss Harriet, ¿me permite esta pieza?- le preguntó. La expresión de su rostro era inescrutable, pero no escapó a los ojos de la joven, que su mirada carecía absolutamente de su habitual frialdad.
-       No encuentro una razón para negárselo, Mr. Wontherlann- contestó ella.
Maravillada, Harriet observó que el hombre esbozaba una sonrisa ladeada y que sus ojos se iluminaban con una luz hasta el momento desconocida. Le pareció que ese gesto suavizaba la severa y sombría expresión de su rostro, y que aumentaba de manera incalculable su atractivo.
Adam estrechó la delicada mano enguantada entre las suyas, y de inmediato, una calidez interior los invadió. Se miraron atentamente, por segundos que les parecieron interminable, y finalmente se dirigieron hacia el centro del salón. La nueva pieza musical comenzó, y los dos jóvenes se balancearon al son de la dulce melodía, sin apartar ni un instante la mirada el uno del otro, como si estuvieran inevitablemente unidas y nada fuera capaz de separarlos.
Harriet había bailado con muchos hombres desde que Clarisse la había presentado en sociedad, pero jamás se había sentido tan cómoda y segura en los brazos de uno. Adam la hacía flotar en el suelo; girar con la suavidad de una pluma al compás de la melodía que la orquesta entonaba. Ni siquiera Alexander...
"¡Por la Santa Providencia!", exclamó mentalmente, al recordar a Alexander Dietrick, y rápidamente volvió a recuperar la cordura. Interrumpió el contacto visual con Adam, y sonrió suavemente. "Si se comportó de esta forma con las hermanas Pontmercy, no es de extrañar que acabaran todas cayendo rendidas en sus brazos".
-       ¿Así que no encontró ninguna razón para negarse a bailar conmigo?- la interrogó Adam, que hasta el momento, se había mantenido en silencio al igual que ella. Sus increíbles y profundos ojos azules la miraban con insistente fijeza-. Podría haber invocado cualquier inconveniente, y juro que la habría entendido.
Harriet sonrió.
-       Si le hubiera dicho que tenía jaqueca, ¿hubiera sido suficientemente para usted?- le preguntó ella a su vez-. ¿Me habría dejado en paz, Mr. Wontherlann?
-       Por supuesto, aunque no le habría creído ni una palabra.- Harriet rio adorablemente.
Adam, que había contemplado el cambio experimentado en Harriet con atención y curiosidad, se preguntó qué le habría ocurrido. En realidad, lo que no podía explicarse era cómo una mujer podía ser tan delicada y seductora al mismo tiempo. Una extraña sensación se había adueñado de su alma, y de su palpitante corazón, al tener a Miss Harriet entre sus brazos. Por unos instantes, lo olvidó todo; el pasado, el rencor, la tensión, y sólo estaba ella; una luz iluminando entre las sombras, envolviéndolo con su delicado y cálido resplandor...  ¿Sería ella conciente de los efectos que podía ejercer sobre un hombre? ¿El efecto que tenía sobre él? La cándida inocencia de su mirada le decía que no, pero no podría asegurarlo. Las mujeres podían ser sensibles como palomas, y tan falsas e inescrupulosas como arpías.
"Demonios... ¡y mil demonios más!", imprecó al comprender lo que estaba haciendo. Su parte racional, la que aún permanecía inamovible, estaba luchando arduamente por permanecer aferrado a la cruda realidad. Pero estaba perdiendo la batalla. Harriet era una mujer hermosa, y era comprensible que, luego de tanto tiempo de abstinencia, sin disfrutar de los placeres de una mujer, estuviera más sensible a los encantos de aquella encantadora dama. Sólo debía mantener las distancias... No permitir nuevamente que...
Observó el rostro de la joven, sus delicados labios curvados en una suave sonrisa, esa mirada soñadora, cual lucero iluminando el ancho cielo nocturno, y comprendió que no sería fácil. Harriet Beckesey había irrumpido en su vida como un vendaval, destrozando su voluntad y sus fuerzas. Pero, ¿acaso podía hacer algo?
Lo dudaba.


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-       Sólo miren a Adam- dijo Julián, observando al joven bailando con Harriet-. ¿Cómo puede que tan sólo llegar estas adorables damas ya se haya apoderado de una?
El tono de su voz era de indignación, pero la sonrisa de su rostro lo desmentía por completo. Podría decirse que se sentía hasta satisfecho.
-       No hables de esa manera de Miss Harriet, que es una jovencita culta y refinada- dijo Felipe-. Ninguna dama merece ser tratada así, como si fueran trofeos susceptibles de tener dueño.
-       ¿Sí? ¿Y tú crees eso realmente?- preguntó Julián dirigiéndole una sonrisa socarrona.
Felipe le dirigió una mirada cargada de antipatía, y luego la posó en otro punto del salón. Julián, dándose por vencedor, soltó una carcajada. Acto seguido, bebió el ponche que le quedaba en la copa de una sola vez, y dejó el delicado cristal sobre le mesa.
-       ¿Qué vas a hacer?- le preguntó Kenneth. Nada que se le pudiera ocurrir a Julián era cuerdo, ni sensato, por lo que siempre sus amigos temían que hiciera una barbaridad.
Y esta vez no sería una excepción.
-       Había decidido que no bailaría, pero creo que he cambiado de opinión- contestó el aludido.
-       Sea lo que sea que estés tramando, desiste de ello inmediatamente- le advirtió Felipe observándolo con desconfianza-. Este no es el momento ni el lugar adecuado para tus extravagancias, ni para tus insensateces.
-       Felipe, amigo mío, ¡me insultas! ¿Qué te hace crees que planeo algo?
-       ¿Será quizás porque jamás has bailado en una fiesta anteriormente?
Julián sonrió.
-       ¡Vaya, tienes razón! Pero dime, ¿qué mejor día que este para romper las tradiciones?- lo interrogó con humor. Y alejándose de sus amigos, agregó-: ¡Ah! Y no tarden en escoger a su pareja, caballeros. Porque yo ya voy por la mía.

viernes, 1 de julio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (2/8)


-       Les presento a Miss Deborah Prince- dijo Mr. Wontherlann.
Las tres jóvenes se inclinaron con exquisita elegancia ante la mujer.
-      Ella les acompañará durante su estadía en Blackwood Manor. Además, es una mujer instruida en las artes, en la música y en la literatura, por lo que podrán intercambiar impresiones con ella y beneficiarse de sus múltiples conocimientos.
Harriet sonrió. Deborah Prince le parecía una mujer adorable, modesta y recatada. Estaba segura de que se llevarían bien.
-       Es un placer para nosotras conocerla, Miss Deborah- le dijo Sofía.

-       También lo es para mí- contestó ella.
Luego, el Conde de Blackwood se dirigió hacia uno de los caballeros que le precedía y lo presentó a las tres jóvenes. Harriet lo observó con atención. Sin lugar a dudas, era un hombre atractivo. Según sus cálculos, rondaría los 35 años, sino menos. Era alto, delgado y de aspecto impecable. Sus facciones eran duras, pero varoniles, lo que se veía acentuado por el aire de altivez que las cubría.
-       Mr. Dorian Fenwick- lo presentó el Conde.
Harriet alzó su abanico y lo observó fijamente. Sus modales eran exquisitos, y sus gestos, en extremo corteses y comedidos. Nadie podría negar que era un caballero, o al menos, que se comportaba perfectamente como tal. ¿Qué le llamaba la atención de ese hombre, entonces? ¿Por qué...le producía tanta inquietud?
Dorian Fenwick, como adivinando que era objeto de un exhaustivo examen de parte de la joven, giró levemente el rostro y clavó su vista en ella. Sus miradas se encontraron por un fugaz momento. Los ojos del hombre, oscuros como abismos, la observaron con detención. Detentaban un brillo astuto y calculador que le helaron la sangre. Incómoda, y ciertamente sorprendida por ser descubierta durante su examen, Harriet apartó la mirada.
"Dios mío...", pensó, sintiendo la mirada del caballero aún fijamente puesta sobre su persona. "Que embarazoso e inoportuno incidente".
Dorian Fenwick sonrió, y acercándose a la joven, se inclinó ante ella y le besó una de sus delicadas manos enguantadas. Un involuntario escalofrío recorrió el cuerpo de Harriet en cuanto entraron sus manos en contacto. Estuvo tentada de  alejarse de él, pero sus modales no se lo permitían. Una conducta semejante sería severamente reprochada entre los presentes, además de constituir una falta grave dirigida en contra de Mr. Wontherlann, por ser su invitado el denigrado.
-       Un placer conocerla- dijo Dorian Fenwick con voz susurrante-. Estoy a su completo servicio.

-       También...es un placer conocerlo, señor- contestó Harriet dedicándole a penas una fugaz sonrisa.

Había algo en ese hombre que le inspiraba una profunda desconfianza, aunque no sabría decir exactamente el qué. Todos sus sentidos le advertían que tuviera cuidado, y que se apartara de él cuanto antes, por lo que, al soltar Mr. Fenwick su mano, se sintió profundamente aliviada. Luego, repitió el mismo procedimiento con Sofía y Agnés, haciendo gala de una caballerosidad y una cortesía que deslumbraría a cualquier señorita.

-       Mr. Fenwick nos acompañará una temporada en Blackwood Manor, desempeñando la labor de administrador- explicó Mr. Wontherlann-. He iniciado algunos nuevos negocios que requieren de la atención de alguien de su talento y experiencia.

-       Creo que usted exagera, Lawrence- contestó el aludido-. He oído que su hijo, el joven Adam Wontherlann, también detenta habilidades para los negocios y las cuentas. Por lo que, sigo considerando, que mis servicios son absolutamente innecesarios aquí.

-       Debo reconocer que Adam ha desarrollado una intuición para los negocios que ni yo mismo poseo- asintió el Conde con orgullo-. Pero los nuevos lineamientos que han adquirido mis actividades comerciales, requieren de gente con experiencia en el rubro. Estoy seguro que, tras una breve temporada, Adam aprenderá a administrar con suma eficacia todas dichas actividades, pero de momento, necesitamos de su asesoramiento Dorian.

-       E intentaré satisfacer sus exigencias de la mejor forma posible- aseguró el hombre esbozando una sonrisa ladeada.
Harriet no volvió a dirigir ni una mirada más a Dorian Fenwick, por un lado, porque no deseaba que el susodicho caballero creyera que lo espiaba con la intención de trabar amistad, y por otro lado, porque su sola presencia bastaba para aletarla. Mientras se abanicaba suavemente, paseó la mirada por el Salón, deteniéndose en la alta y atlética figura de Adam Wontherlann durante su trayecto. Parecía muy seguro de sí mismo, intercambiando silenciosas palabras con los caballeros que lo rodeaban. No sonreía, como solía hacerlo Julián Ranford, ni su rostro reflejaba la serena indiferencia que caracterizaba a Felipe Thograwn. Todos sus movimientos, sus gestos, incluso su forma de hablar, parecían acciones ejecutadas con calculada precisión, como si le significara un enorme esfuerzo mantener la calma que en aquél momento demostraba. A Harriet le pareció que se sentía incómodo, y que estaba tenso, pero no podría asegurarlo, ya que le desconocía por completo.
"Bueno, eso no es totalmente cierto", pensó la joven, mientras lo admiraba. "Si los rumores son ciertos, Adam Wontherlann es un hombre sin honor; un desalmado sin escrúpulos, que había abusado y engañado a tres hermanas, arrebatándoles el tesoro más preciado de una mujer: su virginidad". ¿Sería verdad? ¿Sería el causante de la desgracia de las hermanas Pontmercy?
-       A todos los presentes, solicito su atención por favor- oyó decir a Mr. Wontherlann.
Harriet apartó la mirada de los jóvenes caballeros que compartían en el otro costado del salón, y la fijó sobre el Conde. Suspiró. No sabía si Adam era o no culpable de los delitos que le imputaban, pero algo sí era seguro: jamás podría reprochar a las hermanas Pontmercy por caer bajo sus encantos. ¿Podía existir acaso una mujer capaz negarse a ser estrechada entre esos fuertes brazos? Sinceramente, lo dudaba. Adam Wontherlann era un hombre atractivo y debían de lloverle las mujeres.


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-       Estimadas damas, caballeros, hoy damos inicio a una nueva temporada en Blackwood Manor. Circunstancias excepcionales, y por cierto, lamentables, nos han reunido en este lugar por un lapso de tiempo imposible de determinar- dijo el Conde-. Entiendo que muchos de ustedes desee estar entre las filas de nuestro valiente ejército o haciendo compañía a sus seres queridos, que heroicamente luchan por nuestra amada Inglaterra con arrojo y denuedo- declaró el Conde. Su mirada paseaba entre los presentes, y de ella fluía una serenidad que consolaba, como la dulce caricia de una madre comprensiva y llena de ternura, los corazones de aquellos que lo escuchaban-. Puedo llegar a imaginarme el dolor y la angustia que en este momento sienten, y créanme cuando les aseguro, que comparto vuestra amargura, pero el deber con vuestras familias los ha traído hasta aquí y sería inútil seguir lamentándolo.
En algún rincón del salón de baile, Felipe Thograwn apoyó una consoladora mano sobre el hombro de su hermano. Richard alzaba orgullosamente su rostro, pero no podía ocultar la profunda angustia y la impotencia que le producía encontrarse en Blackwood Manor, y no en el frente de batalla, donde en ese momento muchos valientes hombres, incluyendo a su padre, estaban dispuestos a entregar hasta la vida por su amada patria.
Harriet sintió que el pecho se le contraía del dolor. Clavó la vista en su regazo, intentando controlar las lágrimas que comenzaban a anegar sus ojos, e inspiró hondamente. Una vez más, rogó por su padre, por sus tíos, por lo valientes  soldados que en ese momento luchaban, y sobre todo, por sus familias; por todas aquellas mujeres, hijos y padres que suplicaban por ellos y añoraban su regreso, tal y como ella, anhelaba volver a ver a su padre.
-      No pretendo, pues, que olviden su dolor, ni sus múltiples anhelos, mientras permanezcan en este hogar, pero sí que logremos una convivencia agradable y tranquila, que nos ayude en parte a sobrellevar esta desazón que nos embarga- aseguró Lawrence Wontherlann-. Pero para eso, es necesario que no seamos más unos desconocidos, y logremos entablar una relación cordial y amigable, que es el principal objeto de este baile.- Alzó una copa y sonrió-: Mis estimadas damas- se inclinó ante las jóvenes mujeres que estaban a s u costado derecho-, distinguidos caballeros, una vez más sean bienvenidos a Blackwood Manor. Espero que vuestra estancia aquí sea satisfactoria, y breve- agregó de inmediato-, por la victoria de nuestros compatriotas en el campo de batalla.

-       Un brindis por nuestros bravos guerreros!- dijo Dave Richmond elevando su copa hacia el cielo.

-       ¡Por nuestros brazos guerreros!- se oyó aclamar al unísono.
Las cuatro damas, que permanecían sentadas en sus puestos, se habían limitado a alzar sus copas con delicadeza, demostrando su aprobación ante la declaración pero sin demasiado fervor. Aunque deseasen con todo su corazón que aquella horrible guerra acabase de una vez, no era educado que una mujer dejara traslucir sus emociones en público. Toda su conducta debía estar enmarcada dentro de ciertos parámetros, dictados por la prudencia y el refinamiento, siendo su principal deber mantener la sensibilidad propia de su sexo, pero sin traspasar los límites que la propia sociedad le imponía a su conducta.
Sofía envió una discreta mirada a Harriet. Su prima alzaba la copa suavemente en el aire, pero el brillo de sus ojos y la expresión de su rostro reflejaban sus emociones con total y absoluta nitidez; con una claridad demasiado evidente como para ser correcta. Suspiró. Tendría que hablar con ella más tarde.
Mr. Lawrence Wontherlann hizo una señal a Atwater, el que abrió las puertas del salón, dejando entrar a cinco músicos contratados especialmente para la ocasión. En unos instantes, comenzaron a tocar una pieza de Mozart, y el Conde, dio inicio al baile.


jueves, 23 de junio de 2011

UN AVISO Y CIENTOS DE GRACIAS



En primer lugar, daré un aviso: no seguiré escribiendo esta novela y cerraré el blog por un tiempo indefinido... ¡ES BROMA! jajajjaa Lo siento, no he podido evitar hacerlo.
 
 
Bien. Ahora sí hablaré en serio.
 
 
Verán, he decidido fijar días de publicación: LUNES y VIERNES.
 
 
También me disculpo por el restraso de este último capítulo (el que podrán leer en la entrada inmediatamente anterior), pero han salido cientos de cosas por el camino que me han ocupado mucho tiempo. Sin embargo, ahora que existen días de publicación fijos, los respetaré fielmente (aunque seguramente eso sea imposible en las semanas de exámenes, pero les avisaré a su debido tiempo si eso llega a ocurrir).
 
 
Y por último: ¡GRACIAS A TODOS! Me alegra que en tan poco tiempo, Blackwood Manor tenga tantos amigos e invitados. Y no me refiero con eso solamente a aquellos que se encuentra dentro de los seguidores del blog, sino también a todos los que leen esta novela anónimamente, y disfrutan con ella tanto como yo.
 
 
Así que lo reitero una vez más: gracias, de parte de mi persona y de todos los personajes que, gracias a ustedes y a sus contínuos comentarios, visitas e infaltables palabras de aliento, han cobrado vida en este lugar. 
 
 
Sean bienvenidos todos a Blackwood Manor cuántas veces lo deseen. No importa a qué hora vengan, o las razones que los hayan traído hasta aquí; las puertas de Blackwood jamás estarán cerradas para ninguno de ustedes.


Verdaderamente dichosa,
Eileen.

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (1/8)


-        ¿Están listas?- preguntó Sofía-. Y acuérdate Agnés, no dediques ni una mirada a ese descarado de Julián Ranford.
La rubia joven asintió sumisa, y evidentemente nerviosa. Harriet le dio una cálido apretón en el brazo, y le sonrió. Era un gesto sencillo, pero que inspiró a la pobre muchacha de renovadas fuerzas para enfrentar la dura prueba que se le venía por delante.
Juntas recorrieron el camino hasta el Salón Dorado, donde la fiesta se iba a desarrollar. Como sucedió cuando bajaron a desayunar, Atwater las esperaba en la puerta para anunciarlas. Les dedicó una profunda y respetuosa reverencia, y procedió a abrir las puertas.
-        Harriet, tengo miedo...- le susurro Agnés.
Harriet habría querido consolarla y llevársela lejos de ahí, pero no podía hacerlo. Agnés debía sacar fuerzas de su debilidad, afrontar los momentos difíciles y superar su timidez. Le dirigió una confiada sonrisa y negó con la cabeza.
-        Pues espántalo- le contestó-. Porque un Beckesey jamás debe tener miedo. ¿Entendido? Ahora levanta ese rostro y crucemos ese salón dignamente hasta nuestros puestos.

-        Miss, Harriet, Miss Sofía y Miss Agnés Beckesey- anunció Atwater. 

Sin esperar ni un instante más, las tres jóvenes cruzaron las puertas y entraron al salón.
 
 _._._._._._._._._._

Al lado derecho de la habitación, a un costado de una larga mesa caoba llena de las más variadas delicias, se encontraban congregados la mayoría de los jóvenes asistentes. Julián se sirvió del ponche que reposaba al centro de la mesa, y tras entregar una copa a Kenneth, se sirvió una para él mismo. Bebió un sorbo del dulce licor, y sonrió con satisfacción.
-        ¡Cómo extrañaba esto!- exclamó-. No existe un ponche más apetecible en todo Inglaterra que el preparado por Elene.

-        ¿No habrás bebido suficiente, Julián?- le preguntó Felipe.

-        A penas es mi primera copa en toda la fiesta- se defendió el otro, dirigiéndole una mirada que pretendía demostrar inocencia.

-        Si, y la vigésima desde que inició el día. La fiesta aún no comienza, y ya estarás ebrio.
Julián suspiró profundamente, con fingida afectación.
-        Amigo mío, soy más cuerdo con licor en mi sangre que sin ella. Ya te lo he dicho antes.
Richard, que hasta el momento se había mantenido en silencio, preguntó:
-        ¿Dónde se encuentra Adam? No le he visto en todo lo que pasó de la tarde.

-        Tenía algunos... asuntos importantes que atender- respondió Felipe con discreción.
Richard asintió, al parecer satisfecho con la respuesta, y siguió inmerso en sus profundas cavilaciones. En ese mismo instante, Julián, Kenneth y Felipe intercambiaron una mirada. Conocían la razón de la prolongada ausencia de Adam, pero no por eso se sentían más aliviados.
Felipe dirigió la vista hacia el extremo opuesto del salón, donde Dorian Fenwick intercambiaba una superficial conversación con Dave Richmond. Frunció el entrecejo. Antes de lo ocurrido con Adam, Dorian Fenwick le parecía un hombre noble y correcto, aunque jamás habían hablado lo suficiente como para hacerse una apreciación más certera de él. Luego, cuando supo lo ocurrido con las hermanas Pontmercy, su sola presencia le resultaba repulsiva.
"Sólo un desgraciado sin una pisca de honor, ni decencia, se habría aprovechado de tres hermanas", pensó. "Y sin sentir la más mínima culpa". No entendía cómo podía estar en paz con su conciencia, luego de haber cometido semejante fechoría.
-        Ahí viene- oyó murmurar a Kenneth-. Adam ha llegado.
Adam entró por la entrada lateral del salón. Su gesto era inescrutable. Parecía relajado, aunque Felipe dudaba que ese fuera su verdadero estado.  Cruzó la habitación, con la vista fija en sus amigos. Cuando al fin llegó hasta ellos, inspiró hondamente y pidió a Julián que le sirviera un poco de ponche.
Felipe dio un breve vistazo a los invitados. Dorian Fenwick no había despegado su mirada de Adam en cuanto había ingresado al salón. Esbozaba una jocosa sonrisa, con el evidente objeto de burlarse de la situación en la que se encontraba Adam. Por suerte éste último no podía fijarse en ese detalle, ya que le daba la espalda. De no haber sido así, no podría prever las consecuencias. Considerando el actual estado de ánimo de su amigo, en sobremanera irritable e impulsivo, las posibilidades eran infinitas.
-        ¿Has hablado con tu padre?- preguntó a Adam, sin hacer alusión al tema de forma directa. Richard estaba cerca, y también Lancelot, el primo de Kenneth, quienes no sabían nada del asunto y aún menos la verdad de lo ocurrido.
Adam tardó en responder la pregunta.
-        No- respondió al fin-. No le confié la verdad en aquella época, y no lo iba a hacer ahora.

-        Quizás sólo esté de paso- aventuró Kenneth.

-        Eso espero- aseguró Adam, pero sin demasiadas esperanzas.
"No puedo creer que comparta el mismo salón con ese malnacido", pensó Adam controlando la profunda e intensa rabia que sentía. Si había una razón por la que había decidido establecerse en Blackwood Manor, lejos de Londres y los altos círculos sociales en los que solía participar, era para acabar con los múltiples cotilleos, no ver más a Karinna- cuyo sólo nombre bastaba para hacerle sentir nauseas-, y para no tener que toparse jamás con Dorian Fenwick, el culpable de haber seducido sin escrúpulo alguno, no sólo a su prometida, sino también a sus hermanas.
-        Hay que ver lo irónica que es la vida- murmuró bebiendo la copa de un sólo trago. Frunció el entrecejo. Necesitaría algo más fuerte si deseaba afrontar las presentaciones y los saludos a los que tendría que someterse en unos instantes más. Tendió la copa la Julián-. Sírveme más.

-        No creo que sea adecuado. Embriagándote no lo lograrás nada- le advirtió Felipe.

-        ¿Por qué será que pienso lo contrario?- ironizó sin humor.

-        No creo que sea tan mala idea- declaró Julián a su vez-. Si bebe lo suficiente, cualquier disparate que diga o haga en contra de Dorian Fenwick estará justificada- aseguró sonriendo-. Por eso siempre bebo en exceso. Los ebrios son inocentes ante toda causa.
Adam le envió una escrutadora mirada.
-         Me tienen tildado de mujeriego, y un hombre sin honor, Julián, y cuántos otros despreciables calificativos más cuya existencia desconozco- dijo con dureza-. No voy a permitir que además me tengan por borracho.
En ese instante, Atwater abrió la puerta principal del salón del baile, y anunció a gran voz:

     -          Miss Harriet, Miss Sofía y Miss Agnés Beckesey.



_._._._._._._._._



Felipe desvió la vista.
De pronto, el salón entero se sumió en el silencio, todas las miradas atraídas inexorablemente por las tres jóvenes, que, como diosas venidas del mismo Olimpo, cruzaron el salón con majestuoso andar. Eran como una explosión de luz y calor; una magnífica función de colores, femineidad y delicadeza.
Harriet abría la reducida comitiva. Lucía un primoroso vestido de seda azul zafiro, con vuelos orlados de encaje y perlas. Rodeaba su cintura una delicado cinta color marfil, cuyas extremidades caían grácilmente hacia el suelo. El escote moderado, dejaba entrever el inicio de sus generosos bustos, y una gran porción de su piel color crema, lozana e inmaculada. Sus movimientos, y su cuerpo entero, desprendían determinación, energía y sensualidad. Sus delicados labios estaban curvados en una pícara sonrisa, astucia y alegría que también se hallaban reflejados en sus expresivos ojos.
La precedía la delicada, y levemente más baja, figura de Agnés. La joven no tenía el mismo desplante de su prima, pero su belleza delicada y natural la convertían en una mujer igualmente deseable. Su rostro, de una blancura marmolea, poseía la perfección y la inocencia de una muñeca de porcelana. Lucía un vestido color dorado, como el de sus cabellos, que caían grácilmente hasta su cintura, cual cascada de oro fundido. En cuanto entró al salón, abrió su abanico y ocultó parte de su rostro tras él. Sus ojos claros, tan azules como el cielo mismo, recorrieron el salón con el delicado y fugaz aleteo de una mariposa, y al ver que todos los presentes tenían su atención fija sobre ellas, ni siquiera su abanico fue capaz de ocultar el rubor que, en el acto, invadió sus mejillas.     
La última de primas en presentarse fue Sofía. Su peinado alto, adornado por un sencillo, pero bello, arreglo de flores, le daba un aire recatado y elegante. Lleva el rostro en alto, reflejando en parte una personalidad orgullosa y determinada. El vestido turquesa que lucía no era un modelo tan provocador como el de Harriet, pero sí de extrema exquisitez y elegancia. Un escote no muy pronunciaba dejaba entrever parte de su piel blanca, y una gargantilla de plata, de la que prendía una hermosa joya de apariencia similar al zafiro.
"Es distinguida...y hermosa", pensó Felipe sin poder apartar la vista de ella. Había algo en su mirada, y en su postura erguida y orgullosa, que lo obligaba a admirarla hasta el cansancio. Era mucho más que su agraciado rostro, o el cuerpo perfecto y delicado que podía adivinarse bajo aquél sencillo vestido, aunque no sabría decir precisamente el qué.
Al comprender que la estaba observando demasiado fijamente- conducta absolutamente impropia de él, por cierto-, carraspeó incómodo y se sirvió un poco más de ponche. Sentía la irresistible tentación de volver a fijar la mirada en Sofía, la que en ese instante cruzaba el salón junto a sus primas, pero evitó hacerlo. No era correcto, y tampoco deseaba sentirla incómoda. Le pediría más tarde un baile, y entonces...
"¿Un baile? ¿Con qué fin?", se preguntó. Por un lado, era su deber como caballero sacar a bailar las damas presentes, y por el otro, no había nada de malo en desear pasar un buen momento en compañía de una mujer joven. Suspiró y bebió otro sorbo del suave licor. ¿Para qué engañarse? Lo que en realidad deseaba era conocer a Sofía, y descubrir qué lo atraía de ella de esa forma tan intensa; descubrir por qué le costaba tanto resistirse a mirarla.  Pero, no. No podía permitirse hacer semejante cosa. En primer lugar, porque estaba comprometido, y segundo, porque no sería justo para ella. Sofía no le parecía de aquellas muchachitas insensatas que se ilusionan con cualquier minucia, pero no podía correr el riesgo. No quería lastimarla...
Alzó la vista, y la dirigió al extremo opuesto del salón, donde Mr. Wontherlann se acercaba a las recién llegadas para realizar las presentaciones correspondientes. Seguían al Conde, Mr. Richmond y Mr. Fenwick. Felipe involuntariamente frunció el entrecejo. Dorian Fenwick sonreía altivamente. No apartó la mirada de las tres jóvenes durante todo el trayecto, observándolas fijamente, con profunda y evidente fascinación. Una destello de admiración resplandecía en sus ojos. Parecía satisfecho, seguro de sí mismo; ávido, como el depredador al rastrear a su nueva víctima.
"Infeliz", pensó Felipe indignado.
Dorian Fenwick tenía tres nuevos objetivos de su lujuria en mira...
Tres nuevas y bellísimas presas.


viernes, 17 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 5 (4/4)


Harriet tomó asiento cerca de los ventanales, y abrió la segunda carta que le había entregado Denisse. Había esperado que Sofía la dejara sola para leerla.
-        ¡Dios mío! ¡Pero si es Christine!- exclamó contenta.
Christine Fairmont era, sin lugar a dudas, la persona más bella y bondadosa que había conocido en el mundo, y además, era su mejor amiga. Su familia no era muy influyente, y aunque no eran convidados a los bailes más importantes, Clarisse siempre los tenía contabilizados entre sus primeros invitados. Su madre era mujer muy amable, y su padre, un hombre de bien, pero de escasos recursos, lo que sin lugar a dudas dificultaba su forma de vida.
La última vez que se habían visto, habían llorado una en brazos de la otra, resistiéndose a separarse. Harriet la había hecho jurar que le escribiría, ¡y ahí estaba! ¡Una carta de Christine!
Ansiosa, abrió el sobre, y desdobló el papel perfumado que había en el interior. Reconoció de inmediato la letra de su amiga: trazos largos, finos y levemente ladeados hacia la derecha. ¡Dios! ¡Cuánto la había echado de menos!

“Queridísima Harriet,
Seguramente a penas llevarás unos pocos días en Blackwood Manor cuando recibas esta carta, pero créeme, no he podido esperar más para escribirte. Te preguntarás si hay novedades en Londres. En realidad, todo sigue igual que siempre. Hemos visitado con frecuencia a tu abuela mi madre y yo. Ella es tan amable. ¡Hasta me ha convidado a acompañarla a Blackwood Manor cuando vaya a visitarte! He estado a punto  de decirle que sí, pero la salud de mi padre me retiene en Londres. Ha caído enfermo, y mi madre me necesita a su lado. Sé que me entenderás, y aunque no pueda ir a verte, prometo escribirte tan continuamente como pueda.”
“¿Qué más puedo decirte? ¡Oh! Algo que te interesará seguramente. Verás, he hecho algunas averiguaciones sobre Blackwood Manor y sus habitantes. ¿Sabías que Mr. Lawrence Wontherlann aún no debería ser el Conde de Blackwood? Su padre, Mr. Hubert Wontherlann, aún está vivo, pero renunció a su título antes de morir a favor de su único hijo. Dicen que tiene mansiones por toda Inglaterra, incluso en Londres, las que habita durante breves temporadas. Oí que es un excéntrico, que anda buscando una esposa y que ha viajado por todo el mundo. ¿Te imaginas lo que es eso? Debe tener una fortuna.”
“Respecto a Mr. Lawrence Wontherlann no hay mucho que decir. Es todo lo correcto que tu padre dijo que era, y al parecer, mucho más sensato y reposado que su padre. Pero no así su hijo, Adam Wontherlann, quien ha sido causante de múltiples murmuraciones y cotilleos entre los altos círculos de la sociedad londinense.”

Harriet sintió que el corazón le daba un salto dentro de su pecho. El hijo del Conde la intrigaba, y todo lo que tenía ese efecto sobre ella, acababa siendo objeto de inacabables investigaciones de su parte. Le parecía una extraña, y oportuna coincidencia, recibir una carta de Christinne aportando información al respecto.

“Te lo diré todo de una sola vez, quizás así resulte menos impactante: es un mujeriego, un hombre sin honor, cobarde, sin principios y un mentiroso. Son demasiados calificativos para un solo hombre, ¿no lo crees? Cuando lo oí, sentí escalofríos. Casi parece imposible que una sola persona sea tan abominable y ruin.”
Todo comenzó con las Pontmercy, ¿las recuerdas? La familia de Jenna, la flamante esposa del Lord Greg Judson. Su hermana mayor, Karinna, estuvo prometida con Adam Wontherlann. Faltaba un mes para que contrajeran matrimonio,  cuando el hijo del Conde rompió su compromiso. ¡Y la dejó embarazada, Harriet! Las malas lenguas, dicen que abusó también de sus otras tres hermanas, incluso de Jenna.
Lady March le dijo a tu abuela que el hijo que tiene actualmente Jenna es de Adam Wontherlann también, aunque no estoy segura de poder creer eso. Me parece demasiado horrible para ser cierto. ¿Crees que Lord Greg Judson se habría casado con ella de ser así? Su familia es muy quisquillosa, al respecto. Tú lo sabes. Y estoy segura de que, al tener conocimiento de la escandalosa ruptura de Karinna y Adam, tuvieron que haberse negado a celebrar el matrimonio entre su hijo Greg y Jenna. Nadie sabe qué los hizo cambiar de opinión, aunque hay quienes aseveran que Mr. Lawrence Wontherlann tuvo que interceder personalmente a favor de la pobre muchacha.
En realidad, nadie sabe por qué el hijo del conde dejó a Karinna. Algunos dicen que fue sólo un capricho, y que Adam, al saber que estaba embarazada, la repudió. En el mismo tiempo, Tracy Chadwick también lo denunció públicamente. Y también Liris Dogglenger.
¡Sólo imagínate, Harriet! ¡Se le acusa de engañar y robar la virginidad de seis jóvenes damas! Ese hombre debe ser realmente un desalmado. El más ruin de los hombres de esta tierra, sin lugar a dudas. Pero dime, ¿ya le has visto? ¿Cómo es físicamente? Deberás describírmelo en tu respuesta, y además, darme tu apreciación personal. No he conocido persona más intuitiva que tú, por eso me abstengo de advertirte sobre ese bellaco con el que compartes ahora casa.
¡Te extraño tanto, Harriet! ¡No sabes cuánto! Espero muy pronto volver verte, amiga. Mis padres te mandan muchos saludos, y yo, un cálido abrazo.

Christine Fairmont.


Harriet suspiró al acabar de leer la nota y suspiró. Christine…
Se preguntó si sería cierto lo que decían de Adam Wontherlann. ¿Por qué motivo había disuelto su compromiso con Karinna? La infidelidad podría justificar perfectamente una decisión tan drástica, pero de haber sido esa la razón, Adam y su padre se habrían encargado de hacerlo público. La sociedad entera habría reprobado la conducta de Karinna, y su familia entera hubiera caído en deshonra, quedando el apellido Wontherlann libre de todo carga y culpa.

"Pero no lo hicieron", meditó. "¿Quiere decir eso que Adam realmente la dejó embarazada y la repudió? ¿Y qué pasó con esa criatura? ¿Simplemente se desentendió de ella?"

Pensó en el joven, y el breve encuentro que habían tendido en la mesa durante el desayuno. Esa fría mirada de ojos azules la había inquietado, era cierto, pero jamás habría pensado que fuera un mujeriego. No había visto en su mirada lujuria, ni deseo, ni siquiera un poco de interés. Por un momento, incluso llegó a creer que la odiaba, lo que sin dudas resultaba absurdo, ya que no se conocían.
-      O quizás, es que no soy tan intuitiva y observadora como Christine cree- se dijo en voz alta.
Suspiró. Sólo el tiempo lo diría.

_._._._._._._._._
 

Los coches se acercaron por el camino adoquinado, hasta detenerse ante Blackwood Manor. Del primero de los coches bajó un joven hombre de estatura media y cabellos oscuros, que sin esperar a que bajara su acompañante, se acercó al imponente hombre que permanecía inmóvil y erguido en la entrada del hogar.
-        ¡Adam!- exclamó acercándose.
Los dos jóvenes se dieron un afectuoso abrazo, y se estrecharon las manos.
-        Kenneth, viejo amigo, qué gusto me da que estés aquí.

-        ¡Y lo mismo digo yo! ¿Quién hubiera dicho que nos encontraríamos aquí luego de tanto tiempo?- dijo.

-        Al fin llegas Kenneth- oyeron una voz familiar provenir desde el interior del hogar.
Felipe cruzó la entrada, y se dejó ver. Los dos hombres se saludaron con igual entusiasmo y calidez.
-        ¿Y dónde está Richard?- preguntó Kenneth-. ¿Y el bribón de Julián?

-        Seguramente no se han percatado de su llegada- dijo Adam-. En estos momentos, Julián debe encontrarse en su refugio, y Richard, en los jardines traseros, practicando tiros con un revolver.

-        ¿Con un revolver? ¿Richard?- preguntó Kenneth extrañado-. La última vez que lo vi... ¡bueno, ha sido hace mucho tiempo! Seguramente ya no es el adolescente que conocí en aquél entonces.

-        No, no lo es- aseguró Felipe.
Se acercó a los tres hombres otro joven de apariencia similar a Kenneth, al que, éste último, procedió a presentar de inmediato.
-        Este es mi primo, Lancelot Reynaldt. Se quedará una temporada en Blackwood Manor, y luego de irá a Chadburgh, a la casa de su abuelo materno- informó-. Kenneth, estos son Adam Wontherlann, hijo del conde de Blackwood, y Felipe Thograwn, hijo del duque de Rathmore de Norwich.

-        Un placer conocerte- se estrecharon la mano con Adam.

-        Lo mismo digo- contestó el joven.
Adam dirigió la mirada hacia el resto de los coches. De uno de ellos se había bajado Richard Richmond, un antiguo amigo de su padre y de la familia. Era médico, y además barón de Cannesville, pero prefería no hacer alusión a su título y simplemente ser tratado como doctor.
Del siguiente coche bajó una dama, de edad media y brillante cabello rojizo. Parecía recatada, y de buena familia. Su nombre era Deborah Prince, y según había oído decir a su padre, era soltera y de una familia modesta. Su trabajo en Blackwood Manor consistiría en servir de acompañante a las tres jóvenes primas Beckesey, a fin de evitar que su honra se vea menoscabada por encontrarse compartiendo el hogar con tantos hombres.
-        ¿Qué diablos…?- increpó, de pronto.

-        ¿Qué es lo que ocurre, Adam?- le preguntó Felipe al ver lo tenso que estaba.
Siguió la trayectoria de su mirada, hacia el último coche que se había detenido ante la mansión. De él había descendido un hombre de cabello recogido, gesto arrogante y mirada despectiva.
-        Maldita sea- condenó Kenneth en un murmullo-. ¿Es Dorian Fenwick? Pero, ¿qué es lo que hace ese bastardo aquí?
Felipe envió una cautelosa mirada a Adam, como si fuera un animal salvaje potencialmente peligroso. “No pierdas el control. Cálmate”, le dijo mentalmente. “No vayas a cometer una indiscreción”. Aunque no lo pareciera, su amigo era un hombre impulsivo, cuyas fuertes emociones sólo podían ser limitadas por el honor. Por lo que, si la promesa que había hecho dos años atrás no lograba detenerlo de agarrar a golpes a Fenwick ahí mismo, nada ni nadie lo haría.
Adam permaneció inmóvil, y aunque parecía calmado, sus puños cerrados y la expresión de su rostro lo delataban. Una ira ciega destellaba en sus ojos azules; una ira y un odio tan intensos, que de ser desatados acabarían consumiéndolo todo bajo su mortal fragor.
-          Ese infeliz no puede estar aquí- murmuró con frialdad.
Y sin decir nada más, se dio la media vuelta y entró a Blackwood Manor.
-          ¡Adam! ¿A dónde vas?- lo interrogó Felipe.
El joven no contestó, y siguió caminando con pasos seguros y rápidos. Necesitaba una explicación. Ese bastardo no podía estar en Blackwood Manor. Dorian Fenwick debía irse, o mandaría al diablo su juramento, y lo destrozaría con sus propias manos.