sábado, 28 de mayo de 2011

BLACKWOOD MANOR: Cápítulo 2 (1/2)






Tras unos kilómetros, se desviaron de la ruta original hacia la derecha, en dirección a Blackwood Manor. El camino hacia la mansión se hallaba franqueado por dos inmensas rejas de bronce, en las que aparecía el escudo de los Blackwood: una floreada "B", encerrada en un escudo y dos lanzas cruzadas .
Harriet, impresionada, se levantó de su asiento y se asomó por la ventanilla del coche.
-        ¡No, Harriet! ¡No lo hagas!- exclamó Sofía al verla salir por la ventanilla hasta la cintura-. ¡Siéntate!
Harriet sonrió con picardía, haciendo caso omiso de las súplicas de su prima. "Lo siento, Sofía, pero debo hacerlo", pensó. Sosteniendo firmemente su sombrero, admiró los magníficos dominios de los Blackwood: tierras extensas y  fértiles, llenas de jardines esmeradamente cuidados. Harriet cerró los ojos e inspiró profundamente. El aire fresco y fragante le acariciaba el rostro y el cabello con extrema delicadeza. Suspiró. Su corazón estaba henchido de satisfacción.
-        ¡Harriet, por la Santa Providencia, no hagas eso!- exclamó Sofía desde el interior del carruaje. De las tres muchachas, era la mayor, y se caracterizaba por su espíritu práctico, prudente, y extremadamente sensato. Y dadas las circunstancias, el comportamiento de su prima le parecía absolutamente inaceptable-. ¡Harriet, entra ya! ¡Lo que haces es indecoroso para una jovencita de tu clase!
Harriet inspiró por última vez, y volvió a sentarse. Sus mejillas estaban arreboladas, y sus cabellos, siempre tan perfectamente peinados, se mostraban alborotados por el viento.
-        Está bien, está bien. No lo haré más- contestó, ajustándose los guantes y el sombrero.
-        Por favor, Harriet. Ya sabes que Mr. Wontherlann es un hombre muy respetado y lleno de modales. No deseo que vayas a tener uno de tus arrebatos en su hogar- le advirtió con toda calma.
Las tres primas se habían criado como hermanas, aunque durante los últimos años Harriet se había distanciado de ellas. La abuela Clarisse se había encargado de contratar los mejores instructores para la joven, y eso la había obligado a permanecer alejada de sus primas. A pesar de ello, las tres muchachas se conocían a la perfección. Y era por eso, precisamente, que  Sofía no podía evitar aconsejar y advertir a Harriet. A veces, su espíritu apasionado la llevaba a cometer imprudencias, como la ocurrida anteriormente. Por lo general, en lo que a Harriet respectaba, las emociones mandaban, lo que no era recomendable ni prudente en una señorita de su categoría. La alta sociedad andaba a la siga de jugosos chismes que contar, como carroñeros en busca de alimento. "Cuida a tus primas, Sofía", le había encargada su madre antes de partir. "Y en especial, cuida de Harriet. Su personalidad alocada podría meterlas en problemas".
Sofía se frotó las sienes, agotada.
-        Harriet, debes prometerlo. Debemos prometerlo todas antes de que nos bajemos del coche- insistió-. Nada de arrebatos, nada de imprudencia.
Harriet sonrió condescendiente.
-      Lo prometo, Sofía. Seré toda educación, recato y delicadeza durante toda nuestra estadía en Blackwood Manor- aseguró.
-      ¿Agnés?
-      Lo prometo, Sofía.

-      Y yo también- dijo a su vez la joven-. Debemos permanecer unidas en estos tiempos difíciles. Sólo así podremos salir adelante: siendo apoyo unas de otras. ¿Comprendido?
-      Querida, nos lo has repetido más de un millar de veces por el camino- le recordó Harriet, dirigiéndole una indulgente sonrisa.

-      Es para que no lo olvidemos- la regañó con cariño la joven-. Y evitar, por ejemplo, que una de nosotras salga por la ventanilla del coche.
Harriet abrió el abanico, y cubriéndose los labios con él, rió suavemente. Sofía no pudo evitar sonreír. Ya un par de veces antes, su prima había demostrado su impetuoso carácter en sociedad, y aunque había sido motivo de escándalo y murmuraciones, tampoco podía olvidar que su encanto natural había hecho que sus faltas pasaran al olvido rápidamente. Y que incluso, hasta parecieran graciosas. Harriet poseía un don especial de gentes, y además era querida y admirada. Su carisma lograba justificar todo lo que hiciera o dijera, cosas que a la propia Sofía habrían hecho morir de vergüenza.
-      No lo olvidaremos- aseguró Harriet, y corrigió de inmediato-: bueno, no otra vez, al menos. ¿Y ahora? ¿Podemos bajar de este incómodo y empolvado carruaje? Este lugar es más interesante de lo que imaginaba, y me muero de ganas por ir a curiosear.
Las palabras de la joven pusieron en alerta a Sofía.
-      ¡Harriet, espera...!- exclamó. Pero antes de poder advertirla, Harriet se encontraba bajando del coche con la ayuda de un lacayo. Sofía suspiró. "¡Ayúdanos! ¡Y no permitas que Harriet se meta en líos", suplicó inquieta a la Santa Providencia.
Las tres muchachas quedaron maravilladas con la hermosa construcción. Docenas de pilares, y una portentosa entrada con escalas de mármol, se extendían ante ellas: la entrada de Blackwood Manor. Numerosas ventanas de vidrios inmaculados brillaban a la luz del sol como gemas. Momentos después, un hombre de edad avanzada y gesto bondadoso, se acercó a ellas. Se inclinó levemente, y sonrió.
-      Bienvenidas a Blackwood Manor, señoritas. Mi nombre es Frank Atwater y soy el mayordomo de Mr. Lawrence Wontherlann- se presentó-. El Señor Conde me ha enviado para guiarlas hacia sus cuartos y procurar que se les trate adecuadamente. Por favor, síganme. Jakob y Alexander se preocuparán de sus equipajes.
Las tres muchachas se inclinaron respetuosamente.
-      Es usted muy amable- dijo Sofía con su habitual cordialidad.
-      El placer es mío, Miss Beckesey- respondió el mayordomo.
Sofía y Agnés siguieron al mayordomo, pero Harriet se detuvo de improviso. Tenía la vista alzada hacia los cuartos superiores del inmenso hogar, y parecía estar mirando fijamente algo...o alguien.
-      ¿Harriet?- la llamó Sofía al verla quedarse quieta-. No te quedes allí. Debemos seguir a Mr. Atwater.
Harriet apartó la vista de los ventanales con aire pensativo y asintió. La joven se había quedado rezagada admirando su entorno, cuando sus ojos se habían tropezado con una alta y fornida figura observándola desde uno de los ventanales. No había logrado ver su rostro, pero podía asegurar que se trataba de un hombre. ¿Mr. Wontherlann? Era improbable. No se imaginaba a un aristocrático de su clase espiando a sus invitadas desde un ventanal. ¿O sí?
Cuando volvió a alzar la vista, el misterioso hombre ya no se encontraba en el lugar. "Muy extraño...", pensó apurando el paso hacia sus primas.
-      ¿Qué mirabas?- le preguntó Agnés cuando Harriet se unió a ellas. Parecía pensativa, pero no tardó en recobrar su habitual audacia.
-      Sólo admiraba el lugar, ¿no es maravilloso?- preguntó.
-      Pensé que no te gustaba- ironizó Sofía con humor-. Ya sabes, la tierra y el polvo pueden ser un verdadero fastidio.
Harriet sonrió con humor.

-      Y lo son. ¡Sólo mira el aspecto que tengo!- exclamó la joven-. Pero creo que podré sobrellevarlo- y guiñando un ojo, se dirigió hacia el hogar, adelantándose a las otras dos muchachas-. ¡Vamos! ¡Sofía, Agnés! ¡Necesito urgente un baño y cambiarme de vestido! No podría jamás presentarme así ante Mr. Lawrence Wontherlann; su apreciación de mí sería fatal.

-      Si te ha visto salir por la ventanilla del coche, no tienes de qué preocuparte- le aseguró a su vez Sofía-. Ya debe tener un concepto bastante claro de ti.

-       Déjamelo a mí, querida. Ya veré como lo arreglo- sonrió la joven.
Atwater las guió hacia el interior de un deslumbrante recibidor, con cortinajes de terciopelo azul, bordados de oro y cenefas con el escudo de los Blackwood. Al centro descansaba una mesilla para el té; un exquisito mueble tallado, color caoba y con cubierta de mármol. A su lado se erguían dos soberbios sillones, cuyos tapices hacían juego con la tela de las cortinas. Una alfombra mullida, decorada con diversos signos de carácter abstracto, animaban y realzaban los colores azules y dorado de las estancia.
-      Qué maravilla- musitó Harriet embelesada. El hogar de su abuela era una belleza, debía reconocerlo, pero Blackwood Manor era simplemente soberbio.
-      Si tienen el gusto de seguirme, señoritas, les mostraré sus cuartos- las instó a seguir avanzando Atwater, consciente de la impresión de las tres jovenes-. Mr. Wontherlann tendrá el placer de darles la bienvenida una vez hayan descansado de su extenuante viaje, a la hora de la cena.
-      Haga llegar nuestros respetos y agradecimientos al Conde- dijo Sofía-. Será un placer para nosotras cenar más tarde junto a él.

-      Ahora, por favor, síganme.

5 comentarios:

AKASHA BOWMAN. dijo...

Me encanta y confieso que no me atrevería por el momento a censurar el carácter de Harriet; percibo en ella el mismo halo apasionado y curioso de mi adorada Marianne Dashwood. soloq ue esta vez matizado con una pincelada de rebeldía.

Creo que yo también he podido percibir la fragancia de esas tierras verdes y esos jardines floridos. Será un placer conocer Blackwood Manor de tu mano.

Y por cierto... esa mirada tras los cortinajes promete jejejeje

Besos

Anna Princesa dijo...

me encanta la frescura de harriet ¡es sensacional! y esa llegada.....
woooooo pedazo mansión

La cosa sigue poniendose tensa.

Besos

Eileen dijo...

Y eso que aún no acaba más que de comenzar, amiga.

Gracias por comentar!!

Dulce Cautiva dijo...

Bien, esto cada vez se pone más interesante... Me juego el cuello k era el conde el k las estaba espiando... Voy a ver si tengo razón o no... Sigo con la lectura!!!

narrador dijo...

Con vuestro permiso:
http://aleertoca.blogspot.com/2011/07/3-razones-para-leer-blackwood-manor.html