lunes, 13 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 5 (3/4)



Se oyó un disparo lejano, y luego, el revolotear asustado de las aves.
-        ¿Así que Richard no quería venir a Blackwood Manor?- preguntó Adam cogiendo tres copas de vino del aparador.
Con caminar desenvuelto, se acercó a la mesilla que reposaba cerca de los ventanales, depositando sobre ella las tres copas de cristal. Luego fue en busca de una de las botellas de Bourbon de su abuelo, que guardaba para ocasiones especiales, y la destapó. El líquido oscuro se derramó en los cristales con exquisita delicadeza, desprendiendo brillantes reflejos escarlata a la luz del sol.
-        Se resistió hasta el último instante. Hasta llegué a creer que se fugaría- aseguró Felipe acariciando los botones dorados de la manga izquierda. Sacudió una pelusilla inexistente de su chaqueta, y agregó-: Aunque reconozco que, de haberlo hecho, no habría sido capaz de juzgarlo por su decisión. Yo mismo hubiera huido de ser otras las circunstancias.

-        Su deber con la familia o su deber con la patria- intervino Julián cogiendo por sí mismo una de las copas servidas por Adam-. Qué dilema, ¿no? Insuperable, diría yo.
Adam entregó una copa a Felipe. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
-        ¿Has tenido alguna vez un dilema, Julián?

-        Ahora que me lo preguntas, sí, tuve una vez uno cuando era un niño. Es el único que recuerdo.
Felipe enarcó las cejas y lo miró con interés. Julián, desenfadadamente sentado en el sillón victoriano que se erguía a un costado de la biblioteca, alzó la copa de cristal y observó con hipnótico interés el licor escarlata que en él se balanceaba.
-        Como de costumbre, mis padres me habían abandonado en casa de mi tío Hegel. Viajaban a Francia, creo, y tardaron ocho meses en ir a buscarme. Pero no me sorprendió. Ya estaba acostumbrado a sus prolongadas pérdidas de memoria en lo que a mí respectaba- comentó con evidente sorna-. Pero, bueno, críticas aparte, y continuando con mi relato, un día mi tío me llevó al parque. Tras una inolvidable tarde recreativa, y ya de vuelta al hogar, me compró un paquete de galletas. Iba soñando en devorarlas todas, cuando nos topamos con un pobre diablo mendigando en la calle. Y entonces, vino el dilema: ¿le daba o no mis galletas?- Sonrió-. Sólo imagínense la enorme batalla interna que se libra en la cabeza de un niño de siete años en semejante situación.

-        ¿Y qué es lo que hiciste?- lo interrogó Adam.
Julián sonrió y bebió un sorbo de Bourbon.
-        Nada. Yo me quedé con mis galletas y ese hombre continuó muriéndose de hambre. Desde entonces determiné que los dilemas no eran asunto mío- señaló-. Nada más fácil que dejar que las cosas mantengan su estado natural.

Adam se acercó a los ventanales, y admiró el exterior. Cálidos rayos de sol iluminaban los extensos campos de los Blackwood, y el río, que como una serpiente de plata, los cruzaba. Durante sus años de adolescencia, jamás habría aceptado la idea de vivir en el campo, tan lejos de la sociedad, sus cotilleos y sus frecuentes fiestas. Pero ahora era distinto. El campo le parecía un paraíso; su más preciado refugio. 
          -    ¿Deduzco entonces que prefieres delegar tus "batallas internas" en otras personas?-          preguntó Felipe.
-      En realidad, lo que hago es desentenderme completamente de ellas- aseguró-. Si alguien quiere soportar sobre sus hombros dilemas ajenos, allá él.

Adam negó con la cabeza. Julián y sus excéntricas ideas; jamás lo entendería.
Mientras degustaba el exquisito licor, se dedicó a observar a Richard. El joven había madrugado, y sin desayunar, se dirigió a un lugar alejado para prácticar su punteria. Podía ver su lejana figura desde donde estaba. Su brazo derecho aún seguía alzado, con el revolver fuertemente asido a su mano. Sin lugar a dudas, la maniobra lo estaba ayudando a descargar parte de su ira y la profunda frustración contenida en su interior. Lo sabía por experiencia. No existía mejor terapia, ni algo más estimulante, que sostener un arma cargada entre las manos y apretar el gatillo.         
Adam entrecerró los ojos. Cientos de recuerdos se agolparon en su cabeza. De pronto, volvía a estar cubierto por esa densa nebulosa de resentimiento y decepción de años atrás, cuando ella…
"Cuando ella me traicíonó", pensó con rabia.
Los ojos azules del hombre se cubrieron de una súbita frialdad. A pesar del tiempo transcurrido, el pasado y la traición de Karinna seguía afectándole más de lo que deseaba admitir. Jamás se olvidaría de aquél fatídico día, cuando la pequeña Jenna, entre afligidos sollozos, le confió el terrible secreto de su hermana mayor. En un principio había sido incapaz de creer en sus palabras. Recordaba haber pensado que Jenna estaba celosa, y que quería perjudicar a Karinna para que no contrajera matrimonio con él; cualquier excusa era mejor que creer que Karinna, su prometida, le había engañado con otro hombre a sus espaldas. “Pero era cierto”, pensó Adam con amargura. Cuando comprendió que Jenna no lo engañaba, y que sólo intentaba ayudarlo, una ira ciega lo invadió. Habría ido en ese mismo instante a matar al desgraciado que había poseído a Karinna, pero no lo hizo. No podía. Había jurado que callaría, que guardaría silencio, y su alto sentido del honor le impidió incumplir su palabra.    
“Eso ocurre cuando eres un caballero”, pensó. “No puedes vengarte, y te arrebatan a tu novia”. Su orgullo pisoteado y el dolor que le había producido la traición de Karinna, lo llevaron a alistarse en el ejército durante un año; un año del que no recordaba más que largas noches de insomnio y deseos de venganza. Luego había vuelto a Blackwood Manor, junto a su padre, y se había dedicado a administrar el negocio de la familia. Lejos de los cotilleos, lejos de la sociedad, y sobre todo, lejos de Karinna…
“Maldita sea”, imprecó al notar lo tenso que estaba. Bebió un largo trago de licor e intentó relajarse. Al menos debía dar gracias que Jenna le hubiera dicho la verdad. De no ser así, a esas alturas ya llevaría dos años de matrimonio con esa zorra mentirosa. Suspiró. El problema es que, como pago, debió jurar que no desenmascararía al desgraciado que había estado con Karinna y, además,  soportar las habladurías y la mala fama que recayó desde entonces sobre sus hombros. Porque, aunque nadie lo creyese, el único que salió  menoscabado de lo ocurrido, fue él y nadie más que él.
Adam se obligó a hacer un lado los recuerdos y a situarse en el presente. Observó a Richard volver a alzar el arma y disparar. Su puntería fue, una vez más, exacta.
-        Sin lugar dudas el ejército aliado ha perdido a un valioso guerrero- comentó desapasionadamente.

-        Y nuestros enemigos, a un temible oponente- intervino Julián-. Si lo ves desde ese punto de vista, no resulta tan lamentable. Al menos alguien resultó beneficiado.
El futuro conde le envió una inescrutable mirada, sin embargo, no pudo evitar sonreír. Julián era un excéntrico en todo el sentido de la palabra, pero a pesar de sus alocadas ideas, lo estimaba. Él, Felipe, y Kenneth habían sido su único apoyo tras la ruptura con Karinna y los únicos que conocían la verdad. Les debía mucho, y saber que estarían reunidos durante una temporada en Blackwood Manor, lo animaba considerablemente.
-        A veces me pregunto de qué bando estás- le dijo.

-        De ninguno. Odio los bandos, cualquiera sea su naturaleza y su causa- aseguró Julián-. Sólo mírenlo unos instantes desde mi punto de vista, y verán que tengo razón. Si estuviéramos todos del mismo lado, no existirían diferencias de opinión, ni estarían muriendo hombres inocentes, como Richard, en esta guerra inútil en la que está sumida Inglaterra.

-        Creo que haber leído esa misma postura en un libro escrito por algún pensador de la nouveau tendence, como los llaman en Francia- comentó Felipe-. Según he oído, también sostienen la extinción de las clases nobles, así como la igualdad de todos los hombres, sin importar su estado ni su condición.

-        Lo único que fomentan esas ideologías son la falta de patriotismo entre los jóvenes, instándolos a perder su tiempo meditando en cosas sin sentido, en vez de ser útiles para la sociedad trabajando o alistándose en el ejército.

-        Me temo que debo mostrarme de acuerdo con Adam- dijo a su vez Felipe-. Tu particular visión de la vida, sin lugar a dudas, te traerá problemas algún día, amigo mío.
Julián soltó una carcajada carente de humor. Se acercó a la mesilla donde descansaba la botella de Bourbon y se sirvió otra copa del dulce licor.
-        Siendo duque, lo dudo. En este país, puedes ocultar tantos pecados caigan detrás de tu título. Lo que sin lugar a dudas resulta muy útil, considerando mi “particular visión de vida”, ¿no lo creen?
Felipe y Adam no pudieron evitar soltar una sonrisa. Julián volvió a su asiento, y bebió un largo trago de licor.
-        Pero, bueno, pasemos a un tema infinitamente más agradable, y estimulante, dicho sea de paso.- Sus labios se curvaron en una maliciosa sonrisa-: Díganme, ¿qué les ha parecido las tres primas Beckesey?

-        Parecen educadas y refinadas- opinó Felipe desapasionadamente.
Julián lo miró como si hubiera perdido la razón.
-        ¡Por la Santa Providencia, Felipe! ¿Qué forma es esa de describir una mujer? Lo entendería si no fueran agraciadas o tuvieran tantos años como para ser mi abuela, pero hombre, ¡son encantadoras!- exclamó-. Y de personalidades tan incompatibles como el día y la noche. No me imagino cómo pueden tolerarse entre ellas. La sola idea me resulta apabullante.

-        En la mesa hablaste con Miss Harriet Beckesey, ¿así que ya la conocías?- preguntó Adam de pronto, interrumpiendo la conversación.

-        Sí, así es- contestó Felipe a su pregunta-. Una dama singular en muchos sentidos.
Parecía que Adam iba a preguntar algo más, pero finalmente optó por guardar silencio. Con exquisita elegancia, se dio la media vuelta, y depositó su copa vacía sobre la mesilla central.
-        Ruego que me disculpen, pero tengo algunos asuntos urgentes que atender. Podremos volver a conversar más tarde, si gustan.

-        Si no te molesta, te acompañaré. Tal vez pueda ayudarte con los libros de cuentas. Ya sabes cómo me desagrada estar inactivo- se ofreció Felipe.

-        Lo sé. ¿Qué harás tu Julián?
Miraron al joven que seguía desenfadadamente sentado en el sillón.
-        Al contrario de Felipe, adoro andar de ocioso por la vida- dijo-. Dime, Adam, ¿has tenido la deferencia de proteger mi refugio durante mi prolongada ausencia?

-          Sí. Todo está en su lugar, como tú lo dejaste la última vez que viniste.
Julián sonrió con satisfacción.
-          Perfecto.
Tras irse Adam y Felipe, Julián permaneció unos instantes más en la biblioteca. En sus labios bailaba una traviesa sonrisa. Estaba complacido, sí, y no sólo porque su refugio aún existía, sino, y principalmente,  por Adam. No había podido ver la expresión de su amigo al preguntar por Harriet Beckesey, ya que le daba la espalda, pero no necesitó hacerlo para saber que algo extraño ocurría. Desde hace dos años que Adam no se interesaba por una mujer. Solía apartarse de todo lo que llevara puesto un vestido y usara un abanico, evitando incluso mencionar el nombre de alguna fémina en las conversaciones.
“Hasta ahora”, pensó el futuro duque de Gravenor.
Si Harriet Beckesey era la adecuada para poder curar las heridas de su amigo, estaba dispuesto incluso a dar su título a la joven para que su relación llegara a buen término. Adam merecía ser feliz luego de todo lo que había padecido por culpa de esa perniciosa y maligna mujer.
-        Un brindis por usted Harriet- dijo alzando la copa, y agregó-: Y por sus adorables primas, por supuesto.


viernes, 10 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 5 (2/4)


Harriet se sentó en el sillón que estaba junto a la ventana, y allí se dedicó a pensar. La conversación con Sofía la había agotado, o quizás es que necesitaba estar un rato a solas. Con Clarisse solían charlar largo y tendido por tardes enteras, pero también se otorgaban tiempo para ambas; valiosos momentos de privacidad y reflexión en solitario.
La joven lanzó un profundo suspiró y cerró los ojos. Se sentía agotada, aunque no sabría decir si por el vertiginoso suceder de los acontecimientos o por su conversación con Sofía. Sin importar cuál fuera el motivo, debía agradecer tener la cabeza en otros asuntos, y no concentrado en sus propias desgracias. Pensar en su padre la llenaba de una profunda angustia. Se preguntaba dónde estaría, cuál sería su estado, y si aún… y si aún seguía con vida.
Harriet sintió un dolor punzante a nivel de su corazón, y lanzó un silencioso gemido. Había logrado por muchos días contener su sufrimiento, y permanecer tranquila, pero ya no podía seguir fingiendo. Su padre se encontraba gravemente herido, muy lejos de sus seres queridos y de su hogar. Cuando llegó la carta informando de su estado, Harriet insistió en ir a acompañarlo y así cuidarlo por sí misma, pero tía Margareth y tía Judith no se lo permitieron. Decían que un campamento militar no era un lugar para una jovencita como ella, lleno de hombres y de los horrores de la guerra.   
Dos lágrimas solitarias se deslizaron por sus mejillas. No sabía qué es lo que haría si su padre llegaba a morir. Tenía a Clarisse, sí, pero su padre era irremplazable, al igual que su abuela. Todos consideraban a Harriet una mujer fuerte, capaz de soportar los embates de la vida sin retroceder, pero ¿era eso cierto? Su corazón quedaría destrozado si perdía a su padre, y dudaba que luego pudiera volver a componerlo.
-        ¿Miss Harriet? ¿Está usted despierta?- oyó una vocecilla suave y melodiosa provenir del otro lado de puerta.
Con un rápido movimiento, Harriet se secó las lágrimas y se recompuso en apenas unos instantes. No era educado, ni decoroso, que una dama dejara entrever sus sentimientos, y aún menos, que la vieran llorar.               
-          Adelante- contestó poniéndose de pie.
Una jovencita delgada, y tímida sonrisa, entró al cuarto y le tendió dos sobres. Harriet ya la había visto antes. Era una de las doncellas que Mr. Wontherlann había contratado para la atención de sus nuevos invitados, y mientras durara su estadía en Blackwood Manor. No debía tener más de 16 años, calculó Harriet, y sus ojos brillaban una calidez especial. Le pareció una buena muchacha, y por eso, Harriet simpatizó de inmediato con ella.
-        Muchas gracias- le dijo recibiendo las cartas.

-        Una de ellas ha llegado esta mañana para usted, señorita- le informó respetuosamente.
Harriet frunció levemente el entrecejo, extrañada y curiosa a la vez. ¿Quién podía haberle escrito? Era demasiado pronto para recibir una respuesta de su abuela. La última carta de la había enviado una semana atrás. Dudaba que le hubiera llegado su mensaje aún.
-         Y la segunda, se la envía el señor Conde.

-        ¿Mr. Wontherlann?- preguntó Harriet.

-        Sí, señorita. Son las invitaciones para el baile que se celebrará esta noche.
Harriet le dirigió una mirada llena de sorpresa. ¿Un baile? ¿Había oído bien?
-        Sí, Miss Harriet- afirmó la joven sonrojando al instante-. O eso, al menos, es lo que he oído decir a Mrs. Atwater.

-        Pues veamos si es cierto.- La doncella, al ver que se disponía a abrir la carta, se apresuró en dejar la alcoba, pero Harriet la detuvo-. No, no te vayas aún. Quiero que me acompañes a desentrañar este pequeño misterio. Pero, primero, ¿cómo te llamas?

-        Denisse, señorita.

-        Denisse, ¿te parece si averiguamos juntas si los rumores que has oído son ciertos?
La muchacha no dio su consentimiento de forma expresa, pero su sonrisa y el brillo de sus ojos resultaban más que elocuentes. Harriet abrió el sobre remitido por Mr. Wontherlann, y procedió a leer el mensaje en voz alta.
Efectivamente, el Conde la invitaba a un baile que se realizaría aquella misma tarde, y al que esperaba que asistiera. Debido a los preparativos para la fiesta, el almuerzo sería servido en sus propios cuartos por aquél día, siendo la hora de inicio de la celebración las 7 de la tarde.
-        Será un baile bastante reducido, ¿no crees?- bromeó Harriet.

-        No lo sé, señorita. Jamás he estado en un baile antes- les contestó la muchacha con verdadera ilusión-. Pero he oído decir a Elene que trece personas no es un mal número.

-        ¿Trece, has dicho?

-        Sí, señorita- contestó la joven.
Harriet iba a interrogarla al respecto, pero la repentina entrada de Sofía a su cuarto impidió que lo hiciera.
-        ¡Harriet!- exclamó con una nota de características similares a la que ella misma había recibido de Mr. Wontherlann en su mano derecha-. ¡Habrá un baile esta…!- Pero se calló de inmediato al ver a Denisse en el cuarto.

-        Miss Sofía- la saludó la doncella.
Sofía apenas le dirigió una fugaz mirada. Era evidente que su presencia le molestaba, y se lo hizo notar con toda claridad.
-        Gracias por todo, Denisse. Puedes retirarte- le dijo Harriet dirigiéndole una cálida sonrisa.
Nerviosa y avergonzada, la doncella se disculpó ante ambas jóvenes y se retiró de la habitación.
-        No tenías por qué ser tan fría- la reprochó Harriet.
Sofía hizo caso omiso de su comentario, y le mostró la carta que llevaba fuertemente apretada entre sus manos.
-        Habrá un baile esta noche.

-        Lo sé. Acabo de leer el mensaje.

-        Mr. Wontherlann espera que asistamos, ¿crees que es prudente hacerlo?

-        Imprudente sería rechazar su invitación, Sofía. Y tú lo sabes.
La joven suspiró profundamente, y cerró los ojos.
-        Harriet, la verdad es que…- vaciló-. Realmente no sé cómo enfrentar esto. Primero, está ese descarado de Julián Ranford, ¿qué ocurrirá si acosa a Agnés durante el baile? ¿Comprendes mi angustia?
Harriet se acercó a ella, y cogiéndole ambas manos, se las estrechó con ternura.
-        Sofía, te entiendo, pero no debes preocuparte. Nos mantendremos junto a Agnés, y procuraremos que Julián Ranford no la moleste- dijo-. Pero debes comprender también, que no siempre podremos estar a su lado para protegerla. Esto le servirá para fortalecer su carácter- aseguró-. Además, los Beckesey somos una familia fuerte, Sofía. Nuestro abuelo logró recuperar toda su fortuna, y encarar el reproche social sin rechistar. ¿Qué te hace pensar que no podremos sobrevivir a un baile? 


BLACKWOOD MANOR: Capítulo 5 (1/4)



Jamás Harriet y Agnés habían visto a Sofía tan indignada. Su mirada, habitualmente serena, brillaba con una energía nada común en ella. Con un brusco movimiento, de deshizo de sus guantes, y dejó el abanico sobre la cama.
-        Esto es inaceptable- dijo al fin-. Completamente inaceptable.
Harriet suspiró. Admiraba los jardines de Blackwood Manor a través de los ventanales con actitud pensativa. Sin desearlo, esos ojos azules seguían apareciéndose ante ella; esos hipnotizantes y brillantes ojos azules, que se le clavaban en el corazón, como dos puñales cubiertos de escarcha e indiferencia. Un involuntario escalofrío la invadió al recordar lo que había visto reflejado en esos ojos; no sólo absoluto desinterés, sino algo más profundo y oscuro.
-        ¿Harriet? Harriet, ¿me estás oyendo?- oyó la voz de Sofía entre sus pensamientos.

-        Sí, Sofía- asintió con aire ausente.

-        No. No me estás escuchando, ¿o es que no te interesa?- la interrogó su prima, evidentemente molesta por su falta de atención-. ¿Acaso no te pareció indignante la conducta de esos…individuos? ¿Ves por el bochorno por el que nos hicieron pasar?
Harriet sacudió la cabeza suavemente, y miró a Sofía.
-        Estoy de acuerdo contigo, prima, pero no fue correcto lo que hicimos.

-        ¿A qué te refieres?

-        Luego de desayunar, Mr. Wontherlann seguramente nos iba a invitar  a conocer Blackwood Manor. Es lo que acostumbra hacer señor de la casa cuando hay visitas quedándose en su hogar- dijo-. Disculparnos de esa forma tan prematura no ha sido educado, ni decoroso.   
Sofía la miró con sorpresa, como si fuera incapaz de creer que hubiera dicho semejante locura.
-        Sé que tu estilo de vida es muy distinta a la nuestra, pero no puedo creer que desearas seguir soportando los descaros de esos hombres. ¿Acaso no te has dado cuenta de cómo miraba ese tal Julián Ranford a Agnés?- preguntó-. La pobrecilla se aguantaba más del azoramiento.
Harriet suspiró. Sin lugar a dudas, Sofía acababa de repetir alguna de las pobres críticas que solían dedicarle tía Margareth o tía Judith. Pero eso no le afectaba; era consciente de sus opiniones y sus my diversos reproches, dirigidos tanto a su abuela como a su padre. Se agregaba a esto, que ni su vida ni su conducta estaban limitados por "el qué dirán" de los demás; de ser así, no podría ni respirar tranquila.
-        En realidad, Sofía, no es de extrañar que Julián Ranford mirara a Agnés, porque ella es preciosa, y resulta atractiva para cualquier hombre.- La joven aludida sonrojó hasta las puntas de sus cabellos al escuchar a Harriet, y se abanicó con insistencia-. Y no se trata de mi estilo de vida, Sofía. Mostrar el hogar a su visitas, es el deber de todo anfitrión, y lo que se acostumbra hacer en este tipo de casos. Pero, claro, tú no puedes saberlo, porque jamás has vivido una situación similar.
Sofía se sumió en el silencio. Parecía estar reconsiderando la situación, pero, obstinada, se negó a entender razones. Seguía sin tolerar la indecorosa conducta que habían demostrado esos hombres, aunque había sido la desfachatez de Julián Ranford la gota que había rebalsado el vaso.
Suspiró. Aunque debía admitir que no eran todos tan salvajes como Julián Ranford. Mr. Felipe Thograwn se había comportado con infinita exquisitez y elegancia sin excepción, tratándolas con deferencia y respeto. Sólo bastaba ver su forma de vestir para saber que era un hombre correcto y honorable. Sus ojos azules así lo atestiguaban; unos ojos de color puros como… “¡Por la Santa Providencia!”, exclamó Sofía en su interior, al percatarse el curso que estaban siguiendo sus pensamientos. El rubor invadió sus mejillas sin poder controlarlo. Sentía una vergüenza que no podía describir. Como si la hubieran descubierto haciendo algo en extremo indecente.
Consciente de que sus primas la observaban, y que su reacción las extrañaría, intentó imprimir un sello de molestia a su voz.  
-        No iba a permitir que nos llevaran consigo a algún salón. ¿Te imaginas las nefastas consecuencias de estar junto a ellos, solas, en el mismo cuarto?
Harriet se obligó a guardar la calma.
-        ¿Qué es lo que te preocupa, Sofía? ¿Qué nos hagan daño? ¿Es eso?

-        He oído decir…

-        Sí, sé que los has oído decir- intervino antes de que siguiera hablando-, y también sé que tía Margareth y tía Judith seguramente las previenen con gran frecuencia al respecto. Pero te recuerdo que nos encontramos en la mansión del Conde de Blackwood, un caballero de conducta intachable y reconocida honorabilidad, y que aquellos  “hombres” a los que te refieres de forma tan despectiva, son herederos de familias de gran renombre en Inglaterra.- Harriet se sacó los delicados guantes que cubrían sus manos, y aclaró-: No son rateros, Sofía, sino caballeros cultos y herederos de títulos nobles.

-        No sería la primera vez que un gran señor abusa de una señorita, y eso no puedes negarlo.

-        Dudo que alguno de los hombres de esta casa se atreva a hacer algo parecido. Y menos en presencia de Mr. Wontherlann- dijo-. Además, no intentarán hacer nada que pueda comprometer nuestro honor, y que luego los obligue a responder por ello ante nuestras familias. Su status social y su apellido se los prohíbe; no tenemos nada de qué preocuparnos. Simplemente no estamos a su altura- concluyó la joven dirigiéndose hacia la puerta que conectaba con su cuarto-. Ahora si me disculpan, iré a mi cuarto. Necesito descansar.
A los pocos instantes de retirarse Harriet, Agnés siguió su ejemplo y también fue a descansar. Tras quedar sola en su cuarto, Sofía se soltó el cabello y se sumió en inquietantes pensamientos.
“Jamás confíes en un hombre, Sofía”, le había repetido Margareth, su madre, cada vez que se le había presentado la oportunidad para hacerlo. “No importa cuán caballero parezca; la educación y la elegancia no son sinónimo de honor y rectitud”.
Sofía se sentó ante el espejo de su aparador, y admiró su reflejo. Una joven de ojos serenos le devolvió la mirada y le sonrió levemente. Su madre y tía Judith solía decir que era una mujer agraciada, con un encanto natural y delicado. Harriet dijo que Agnés resultaba atractiva para cualquier hombre, ¿y ella? ¿Los hombres al verla la consideraban atractiva? ¿Qué había pensado Felipe Thograwn al verla?
Alzó una mano hacia su rostro, y se acarició su delicada y pálida piel. Con excepción de su padre, nunca había recibido el halago de un hombre. Y a pesar de todos prejuicios que albergaba en su interior, esperaba la llegada de ese momento con ansias.  


   

domingo, 5 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (3/3)



Agnés estaba extremadamente nerviosa. Intentaba controlar los temblores de su cuerpo, pero no lograba hacerlo. Con un inseguro movimiento, cogió la cucharilla de plata para revolver su te, pero lo dejó caer torpemente al suelo. Intentó disculparse, pero las palabras se le atragantaron en la garganta, impidiéndole hablar.
-        Descuide, Miss Beckesey- la tranquilizó el conde de Blackwood-. De inmediato Atwater le repondrá el servicio. Sólo tardará unos segundos.
La joven asintió. En pocos instantes, el mayordomo regresó al salón y le entregó una nueva cucharilla.
-        Gracias- murmuró con un hilillo de voz.
Procurando no volver a cometer otro error, intentó tranquilizarse. Inspiró hondamente, pero eso no la ayudó a remitir los temblores de lo que era preso su cuerpo, ni el angustioso palpitar de su corazón.  ¿Estaría él aún mirándole? Aterrada, alzó la mirada muy lentamente. Los ojos verdes de Julián Ranford seguían fijos en ella, con absoluta desfachatez. Nerviosa y avergonzada, clavó la mirada en el líquido de su tasa. Deseaba estar en su cuarto, sola y tranquila; o aún más, estar junto a su madre en Londres, y admirar la ciudad desde la seguridad y comodidad de su habitación.
Pero no, estaba muy lejos de su hogar, entre desconocidos, y absolutamente desprotegida. Estaba sola… y con un individuo que la observaba con escandalosa atención. Cogió la cucharilla que le había traído Atwater instantes antes, y descubrió, avergonzada, que tiritaba tanto o más que ella. La dejó en la mesa, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de lo nerviosa que estaba, pero todas las súplicas de Agnés fueron en vano. En el costado contrario de la mesa, Julián Ranford esbozaba una sonrisa mordaz. 
Sofía no estaba en una situación más ventajosa. Se sentía tensa, e incómoda. Como rígidos movimiento, se sirvió las tostadas con mermelada, sin apenas percatarse la suave masa del pan, ni del delicioso saber del dulce preparado por Elene. Se sentía indignada, y le disgustaba que Harriet demostrara tanto autodominio. Pero bueno, ¿qué más podía esperarse de ella? La joven solía desenvolverse frecuentemente en la sociedad, y soportar, sin llegar a escandalizarse,  conductas aún más injuriosas que esas. “Quizás a ella no le importe, pero jamás justificaré conductas tan atrevidas como las de Julián Ranford”, pensó. “Su desfachatez es simplemente intolerable”.
Felipe Thograwn se aclaró suavemente la garganta, y miró a Harriet.
-        Es un agradable placer encontrarla aquí, Miss Becksey- dijo.
Intentando parecer calmada, y evitando a toda costa mirar a Adam Wontherlann, Harriet alzó la mirada y le dirigió una encantadora sonrisa.
-        Para mí también lo es, Mr. Thograwn- contestó ella.
Felipe recordaba perfectamente bien a la vivaz y coqueta joven. En cuanto Harriet había llegado a la casa de los Foxmore, todos los solteros se habían sentido inevitablemente atraídos a ella. Y ¿por qué negarlo? Hasta a él mismo le habían deslumbrado sus encantos, aunque de forma muy distinta del resto de los hombres.
Felipe la encontraba adorable, pero sin llegar a considerarla una posible candidata a esposa. Su prototipo de mujer, y de futura duquesa, debía ser una mujer de pasado intachable, templada y conducta comedida. Harriet, en cambio, salía de todos los estereotipos de la dama actual. A pesar de ello, compartieron una animada conversación sobre los más diversos temas. Fue entonces cuando Felipe comprendió que Harriet Beckesey no era la típica señorita disciplinada y bien instruida. Era una dama, en todo el sentido de la palabra, claro está, tan deseable como cualquier otra, pero también osada, de vivaz carácter e ideas definidas.
Resultaba lamentable que el pasado de los Beckesey le jugara en contra, ya que, de ser otras las circunstancias, seguramente Harriet ya estaría comprometida con alguno de los solteros más importantes de toda Inglaterra.
Los Beckesey eran una familia influyente, pero no siempre bien recibida en los círculos sociales. No contaban con título alguno, pero no era importante. Los errores que habían cometido los Beckesey se hallaban en su pasado, y era la cruz que recaía y recaería por siempre sobre ellos.
Años atrás, el apellidos Beckesey había sido respetado y altamente valorado, pero Walter Beckesey- tío abuelo de Harriet- se encargó de acabar con todo eso de un solo golpe. En vida, no sólo había llevado a la ruina a su familia, sino que también había pisoteado la honra de los beckesey de la peor forma posible: estafó a una de las familias más prestigiosas de Londres, los Kinderley, robándole una enorme cantidad de dinero. Cuando se supo, Walter ya se había fugado al extranjero, dejando a su hermano, Doros,- abuelo de Harriet-, con toda la responsabilidad de sus deudas.
Los Kirnderley no exigieron el pago de lo hurtado por Walter, pero Doros se negó a semejantes acto de caridad. Se trataba de una suma descomunal de libras, que los Beckesey, ni vendiendo todos sus bienes y pertenencias, habrían logrado pagar. Los Kiderley lo sabían, pero Doros prefirió darlo todo y empezar desde cero. Era un hombre emprendedor, y con la ayuda de su esposa, Clarisse, lograron forjar en poco tiempo una modesta fortuna, comprar otra casa y educar a sus hijos.
Actualmente, los Beckesey seguían participando de la vida social, pero no con la misma influencia de los años pasados. Lo que, sin lugar dudas, resultaba lamentable, ya que Harriet y sus bien dotadas primas, eran tan merecedoras de un buen partido como cualquier otra soltera.
“Pero ninguna familia de renombre admitiría semejante unión”, pensó.
-        Espero que vuestra señora abuela esté bien.

-        Un poco enferma de los huesos, me temo, pero nada de importancia- respondió Harriet-. Ahora mismo se encuentra en Londres, pero espero prontamente volver a verla. Me sorprende que se acuerde ella- advirtió la joven.

-          Es una dama grácil y encantadora; jamás podría olvidarla- contestó el futuro duque con igual cortesía.
Tras un desayuno silencioso y sin mayores inconvenientes, las tres primas se disculparon, y tras dar las gracias a Mr. Wontherlann, subieron a sus cuartos.


BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (2/3)



Las dos doncellas de Blackwood Manor entraron al comedor, y sirvieron agua caliente a los comensales. Mr. Wontherlann agradeció su servicio, y tras dirigirle ambas una respetuosa reverencia, se excusaron y salieron del salón.
Un tenso silencio se adueñó del ambiente, sólo interrumpido por el sonido del servicio al entrechocar y el de las tazas de porcelana al posarse en los platos. Alguien carraspeó con suavidad, susurró unas cuantas palabras inaudibles, y volvió a enmudecer. La rigidez del ambiente era evidente para todos, pero nadie parecía dispuesto, ni intentó, suavizarlo.
Mr. Wontherlann se limpió los labios con la servilleta de paño que cubría sus piernas, y se aclaró la garganta.   
-      Sé que no es el momento adecuado, ni el modo usual de hacerlo, pero procederé a hacer algunas presentaciones, si me lo permiten- dijo Mr. Wontherlann a las tres jóvenes Beckesey, y señalando la parte más alejada de la mesa, declaró-: Hijos del conde de Rathmore, Felipe y Richard Thograwn, de Norwich.
Richard Thograwn era menor a su hermano, lo que podía apreciarse fácilmente al mirarlos. Nadie hubiera dicho que eran parientes considerando las notorias diferencias físicas que presentaban. Felipe era rubio, y poseía unos deslumbrantes ojos celestes, tan claros que parecían traslúcidos. Iba impecablemente vestido, al estilo clásico, y su gesto era altivo y reservado. Richard, en cambio, tenía el cabello negro y unos profundos ojos oscuros. Su gesto poseía la misma altivez de la de su hermano, pero se agregaba a esto, un profundo sentimiento de abatimiento, que privaba su mirada de todo brillo.
Felipe saludó a las jóvenes con un suave y cortés ademán. Harriet y Sofía le devolvieron el gesto con igual educación, salvo Agnés, cuya mirada estaba clavada en la mesa. Harriet, que estaba a su lado, la miró con preocupación. “Levanta esa mirada, Agnés”, le suplicó mentalmente, pero sin resultado. Discretamente, deslizó una mano por debajo de la mesa, y cogió la temblorosa de la muchacha. La joven alzó la vista, sorprendida, momento que Harriet utilizó para dirigirle una tranquilizadora sonrisa. “Todo está bien”, le decía a través de ella. Agnés asintió agradecida. 
Mr. Wontherlann continuó con las presentaciones.
-         Hijo del duque de Gravenor, Julián Ranford.


-         Es un verdadero honor, señoritas.
Julián, al contrario de los dos hermanos Thograwn, admiró a las tres jóvenes con todo descaro. Sus ojos verdes fulguraban con siniestra satisfacción, como si le divirtiera la incómoda situación en la que se encontraban las tres primas. Sus labios se contrajeron en una burlona sonrisa al observar a Agnés. En cuanto sus miradas se encontraron, la muchacha sonrojó hasta la punta de sus cabellos y desvió la vista. Parecía a punto de querer huir, pero al igual que los pequeños roedores al ver a su depredador, se había quedado paralizada, incapaz de hacer nada por salvar su vida.   
Su desfachatez era insultante, sin lugar a dudas, pero Harriet no se dejó amedrentar. En cuanto Julián la observó, mantuvo su mirada con decisión, aplicándole una dureza que no era habitual en ella. Deseaba demostrarle que su falta de modales no le afectaba, y que además, su conducta era completamente inaguantable. Pero, al contrario de lo que esperaba, los ojos verdes del futuro duque brillaron con reconocimiento, y hasta con cierta simpatía. Su sonrisa irónica se acentuó aún más, demostrándole de esa forma lo poco que le importaba su desaprobación.
“Estoy acostumbrado, dulzura”, parecía estarle diciendo a través de su mirada. “Además, ¿quién podría atreverse a reprochar la conducta del futuro duque de Gravenor? ¿Usted”. Harriet alzó la cabeza con orgullo, sin dejarse intimidar. “No lo dude”, le respondió ella mentalmente. “Y no una, si no todas las veces que sea necesario”.
-       Y por último, mi hijo, Adam Wontherlann.
El joven hombre que estaba a su derecha alzó la mirada, y les dirigió una indiferente inclinación de cabeza a las tres primas, sin brindarles más atención que la decorosamente correspondiente. Sus ojos azules a penas se detuvieron lo suficientes en Agnés y Sofía, fijándola unos segundos más en Harriet. Las miradas de ambos se cruzaron, permaneciendo unidas por un tiempo mucho mayor del que hubiera deseado. Con un gesto de disgusto, Adam Wontherlann, futuro conde Blackwood, apartó la mirada y no volvió a fijarla en ninguna de las tres jóvenes.
-       Ahora, por favor, sírvanse. Ya habrán momentos más adelante para presentaciones más acabadas.
 Las tres jóvenes asintieron en silencio. Harriet bebió una cucharada de té, y cogió una tostada.
-       Miss Harriet, por favor, pruebe la mermelada preparada por Elene- le ofreció Mr. Wontherlann-. Me atrevería a decir que no existe una mejor en toda Inglaterra.


-       No lo dudo, Milord- respondió la joven sonriendo dulcemente-. Miss Atwater es una prodigiosa cocinera como bien pude comprobar durante la cena de ayer noche. 
Harriet aparentaba absoluta y completa tranquilidad, pero su corazón la desmentía. Le latía a una velocidad vertiginosa, y con una fuerza inusualmente excesiva. La joven alzó la vista lentamente hacia el hombre que estaba sentado justo frente a ella, y los examinó con discreción. Adam Wontherlann se servía su desayuno con exquisita elegancia, aparentemente indiferente a la tensión que reinaba en el ambiente y a la presencia de todos los presentes.
Había sido su mirada, y los sentimientos que había visto reflejados en ella, los que provocaron que perdiera su paz interior. ¿Desaprobación? ¿Desconfianza? ¿Culpa? ¿Disgusto? ¿Dolor? No estaba segura, ni tuvo el tiempo suficiente para saberlo. Los ojos del futuro conde de inmediato se cubrieron por un manto de frialdad e indiferencia que le helaron la sangre.


jueves, 2 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (1/3)


"No, a Sofía no le causará ninguna gracia cuando lo sepa", pensó Harriet mientras se cepillaba el cabello.
Lo cierto, es que, Sofía, a pesar de su edad, no se había relacionado con frecuencia con el sexo opuesto; su experiencia era prácticamente nula al respecto, lo que, sin lugar a dudas, resultaba preocupante. Lo mismo sucedía con Agnés, a la que todos protegían del mundo, manteniéndola tras la reja de una jaula inexpugnable, llena de aprensiones e inseguridad.
Las cosas habían sido muy distintas para Harriet, en cambio. Clarisse la había instruido para desenvolverse entre las personas, y para ellos, no sólo le había inculcado parte de su valiosa experiencia, si no que, además, la había presentado temprana y continuamente en sociedad. Debía reconocer, claro, que las cosas no habían sido fáciles en un comienzo. En primer lugar, las demás jovencitas en edad casadera le hacían la vida imposible a las nuevas candidatas, creándose una rivalidad a muerte entre ellas; y por otro lado, estaban los hombres. ¡Sí! Los hombres, que como buitres van en busca de las muchachitas más gráciles y adineradas para conquistarlas, cual trofeo, y luego desposarlas.
Esa, sin lugar a dudas, había sido la parte más difícil. En un comienzo Clarisse se había encargado de salvaguardarla, pero luego, la propia Harriet había desarrollado sus propias defensas. Fue entonces cuando descubrió que la peor arma que se podía utilizar contra un hombres era la indiferencia, la cual, en determinados casos, podía convertirse en un arma de doble filo: o los espantaba o los instaba a seguir intentándolo. Pero siempre, de un modo u otro, Harriet lograba destrozar sus esperanzas y hacer desertar hasta al más insistente de sus perseguidores.
"Harriet", solía reprocharla Clarisse. "¡Por la Santa Providencia, niña! ¡Si continúas así jamás encontrarás marido!". Harriet sonrió. Clarisse no soportaba que desmotivara a todos sus posibles pretendientes. Solía decir que ya estaba en edad perfecta para contraer matrimonio, y que deseaba estar viva para ver sus nietos. Pero, ¿qué podía hacer? Ningún hombre le había llamado la atención hasta ahora, excepto claro, Alexander Dietrick.

     -     Alexander...- murmuró ella con nostalgia.
Harriet dejó de cepillarse el cabello, y se acercó a las ventanas. Cálidos y resplandecientes rayos de luz invadían la alcoba, y acariciaron su piel al entrar en contacto con ella. Debía reconocer que Alexander era muy atractivo, y todo un caballero. Se habían conocido durante una fiesta en la casa de los Foxmore, donde él le había pedido bailar repetidas veces, ajeno a las murmuraciones y las miradas llena de envidia que les dirigían el resto de las jóvenes solteras. Cuando estaba junto a él, una sensación de cálido y reposado placer la invadía, como cuando se bebe leche tibia durante un frío día de invierno. Pero, ¿eso significaba que estaba enamorada? "Amor" le parecía un concepto demasiado delicado y profundo como para utilizarlo tan a la ligera. Representaba un sentimieno sólido y fuerte; un sentimiento que incluía confianza, cariño y dependencia.

 "No sé qué haré sin usted Harriet", le había dicho él la última vez que se habían visto.


"Vivir, como de costumbre, Mr. Dietrick", fue su respuesta.

Él se detuvo, y la miró directamente a los ojos. Se encontraban solos en el jardín. Altos árboles de tupido ramaje, y arbustos de porte mediano, los ocultaban de las miradas de los curiosod. Alexander cogió las manos de la joven, y las besó con delicadeza.

"¿Cuándo comenzará a llamarme Alexander, Harriet?", la interrogó entonces. "Lo daría todo por oirla pronunciar mi nombre. Todo."

La joven no pudo evitar sorprenderse. Las palabras del hombre le parecían exageradas, y por alguna razón, se sentía en la necesidad urgente de alejarse de él y huir.
Harriet apartó sus manos, las que él cogía tan delicadamente entre las suyas, y sonrió.

"¿Todo, Mr. Dietrick? ¿No cree que es demasiado?", lo interrogó incapaz de apartar esa incómoda sensación de desasosiego que la dominaba. 

"En lo que a usted se refiere, Harriet, todo resulta insuficiente", y acercándose a ella, la miró directamente a los ojos. Harriet sabía lo que deseaba hacer; podía leerlo en la expresión de su rostro y en el brillo de sus ojos: besarla. La distancia entre sus rostro disminuyó alarmantemente, y antes de que él pudiera rozarle los labios, la joven lo detuvo.

"Lo siento, no debí hacerlo", se disculpó él de inmediato. Le besó la frente, y agregó: "Te esperaré. Y si es necesario, iré en tu busca".

Harriet suspiró. Hasta el día de hoy aún se preguntaba por qué había rechazado su beso. ¿No era el sueño de cualquier jovencita ser besada por un apuesto caballero? Harriet observó su reflejo a través del espejo, y frunció el entrecejo. Pero no era tan fácil. No cuando se andaba buscando a algo especial... Algo mágico.

       -     ¿Amor?- se preguntó-. ¿Es eso lo que ando buscando?  

Había hablado al respecto con su abuela, pero cada vez que mencionaba la palabra "amor", esta se largaba a reir. Clarisse no creía en el amor, y eso principalmente, porque, a su juicio, los hombres jamás serían capaces de sentir algo tan profundo. "Más fácil sería lograr que una piedra amara antes que un hombre", solía decir. El amor, para ella, no era más que una ilusión; un concepto bonito para darle algún sentido al matrimonio, y hacer soñar a las jovencitas ingenuas. "Lo único que siente un hombre, Harriet, es deseo, y a partir de esa emoción, fundamenta su relación con su mujer".
 
-        No sé si el joven Dietrick está "enamorado" o no de ti, hija. Pero, creeme, si yo tuviera unos cuantos años menos, habría hecho lo imposible para que se fijara en mi. ¡Despierta, Harriet, por favor! No te he criado para que desperdicies tus oportunidades para quedar bien posicionada en la sociedad- aseguraba-. ¡Quien entiende estas generaciones actuales!- exclamaba abanicándose-. ¡Con la cabeza llenas de fantasías!

"Abuela", pensó la joven al recordarla. "¡No sabes cuánto te echo de menos!". Pero no tardarían en volver a verse. Ella le había prometido que vendría durante una temporada, y no dudaba de que aquello ocurriría muy luego.
Juidth, una de las doncellas nuevas contratados por Mr. Wontherlann, la ayudó a vestir y peinarse. Harriet intentó numerosas veces entablar conversación con ella, pero sus respuestas era escuetas y evasivas. Una vez lista, dio unos suaves golpes en la puerta que conectaba con el cuarto de Sofía y esperó. De inmediato, oyó la voz de su prima autorizándola a entrar.
-        Buenos días, queridas. ¿Listas para bajar a desayunar?- preguntó Harriet. Le bastó sólo enviar una breve mirada Sofía para saber que algo malo había ocurrido-. ¿Qué es lo que pasa?

-        La doncella que ha venido esta mañana ha mencionado que llegaron nuevas visitas a Blackwood Manor.

-        Pues, sí, llegaron ayer por la noche- contestó Harriet demostrando completo y absoluto desinterés hacia el tema.-. ¿Qué tiene eso de malo?

-        ¿Ayer por la noche? ¿Les has visto?- preguntó Agnés con su voz dulce y mirada angelical.

-        He oído los carruajes al llegar. Eso es todo- contestó la joven aprovechando de mirarse en un espejo cercano. Le resultaba simplemente inaceptable no andar presentable; y en su caso específico, "perfectamente presentable", sería más exacto-. Pero bueno, ¿ya están listas? Es hora de que bajemos.
Sofía dejó escapar un largo suspiro.
-        Me dan desconfianza esos recién llegados...

-        Pero, Sofía, ¡si ni siquiera les conoces!- le hizo notar Harriet.

-        Ya lo sé, pero que es Mr. Wontherlann debió avisar a nuestras madres que recibiría a más personas en su hogar- explicó-. Pero, bueno, ya estamos aquí y no podemos hacer nada al respecto. Recuerden ser discretas y prudentes. Nuestra condición en este hogar es de invitados, y es pasajero. Es menester que dejemos una buena imagen de los Beckesey.

-        Lo tenemos claro, ¿no es así, Agnés?- preguntó Harriet a la joven. Había un dejo de humor en su voz que no pasó inadvertido para ninguna de sus dos primas.
Agnés abrió el abanico que llevaba en su mano, y sonrió con timidez.
-        ¿Podemos bajar ahora? Mr. Wontherlann debe estar esperándonos- insistió Harriet.

-        Sí, tienes razón. Vamos.


_._._._._._._._._._._._



Atwater las esperaba para conducirlas hacia el comedor. Tras descender al primer piso, se dirigieron en línea recta por un largo pasillo cuyas paredes estaban decorados con decenas de cuadros de vivos colores. A juzgar por su estilo alegre y la audacia de sus pinceladas, eran obras de Mrs. Wontherlann, la difunta condesa. "Me habría encantado conocerla", pensó Harriet mientras admiraba, una vez más, sus creaciones.
El mayordomo se detuvo ante una puerta doble de madera tallada, la cual abrió con suavidad. Las tres jóvenes fueron anunciadas, y acto seguido, penetraron a la estancia. Harriet fue la primera en hacerlo. Una explosión de luz y calor la recibieron al entrar. A un costado se alzaban altos ventanales, de vidrios inmaculados, a través de los cuales los rayos del sol entraban a raudales, tiñendo de dorado todo a su paso.
"Me temo que este lugar jamás acabará de sorprenderme", pensó la joven.
Sofía la siguió muy de cerca, siendo Agnés la última en entrar al iluminado salón. Instantes después, cinco caballeros se ponían en pie. Harriet fue incapaz de ver la reacción de sus primas ante semejante situación, pero estuvo segura que debió ser de profundo espasmo.

"Debí advertir a Sofía y a Agnés de esto", se dijo.

Suspiró. Y eso que todo no acababa más que de comenzar.