lunes, 22 de agosto de 2011

BALCKWOOD MANOR: Capítulo 6 (5/8)

Julián sonrió traviesamente, apreciando con curiosa y detallada atención la reacción de la joven. Si había considerado, en un principio, que Agnés Beckesey era una jovencita tímida, ahora no tenía más alternativa que ratificar aquella primera impresión. Aunque, a su parecer, tal calificativo quedaba corto en lo que a Agnés se refería. Su reacción no era sólo a consecuencia del recato y los buenos modales, como era el caso de la grave de Sofía; y por supuesto, jamás podría llegar a comparar su pusilánime carácter con el vivaz y enérgico de Harriet Beckesey. Agnés parecía una animalillo asustadizo, incapaz de defenderse por sus propios medios, vergonzoso, retraído y sumiso.
Julián suspiró. En un comienzo, había ido decidido a divertirse con la joven unos momentos. No solía bailar, como bien había recordado Felipe, y sabía a ciencia cierta que Agnés Beckesey daba un respingo de susto con sólo oír pronunciar su nombre. ¡Habría que imaginarse entonces cómo reaccionaría si la invitaba a bailar! Pero a Julián no le bastaba con imaginárselo; deseaba vivirlo, y solazarse unos instantes a costa de la indefensa joven que, desprovista del halo protector de sus primas, no sería capaz de rechazar su ofrecimiento.
-        ¿Miss Beckesey?- insistió ofreciéndole la mano derecha.
Agnés envió una fugaz mirada hacia la mano que le ofrecía, con una expresión de indescriptible temor en el rostro, como si aquella encerrara un gravísimo peligro. Julián la observó retroceder levemente con su cuerpo, apegando aún más su espalda al respaldo de la silla, lo que acrecentaba de forma casi imperceptible la distancia que los separaba. El futuro duque se preguntó si el resto de los presentes estaría contemplando la escena que se estaba desarrollando entre ellos.
"Pequeña, acabemos con esto de una vez", pensó mentalmente Julián. "Acepta mi invitación, como dictan las buenas costumbres, y bailemos lo que queda de esta pieza".
Tras unos instantes, Agnés recuperó el habla y articuló algunas inseguras palabras, respondiendo a la invitación de su interlocutor.   
-       Mr. Ranford, yo...- murmuró la joven con voz temblorosa. Inspiró hondamente, alzó la barbilla y abrió el abanico que sostenía en sus manos, ocultando parte de su rostro tras él-: Yo...estoy indispuesta. No quiero...- alzó la voz un poco más-, no bailaré esta noche.
Julián jamás podría describir las emociones que lo embargaron en ese instante. Sí, la negativa de la muchacha fue como recibir un golpe directo a su elevado orgullo, pero también se sintió satisfactoriamente sorprendido. Jamás creyó que una mujer sería capaz de negarle algo en su vida, y aún menos ella, la indefensa y tímida Agnés Beckesey. Lamentablemente para la joven, jamás había recibido una negativa por respuesta, y no permitiría que esta se convirtiera en la primera vez.
Antes de que Agnés pudiera reaccionar si quiera, Julián Ranford la cogió suavemente por la mano que sostenía el abanico, y la llevó junto a él hacia el centro de la instancia. Incapaz de resistirse, ni reclamar por su irrespetuoso actuar, la joven se dejó llevar por la música. Sus piernas temblaban de forma descontrolada, y de no haber sido por la fuerza con que el futuro duque la sostenía entre sus brazos, habría caído de rodillas al suelo.
Julián podía sentir los débiles temblores de los que era objeto el cuerpo de la joven. Ella se aferraba a él como lo haría un naufrago a un pedazo de madera flotando en la superficie del ancho y traicionero mar: no era el objeto más confiable, ya que podría hundirse en cualquier instante, pero no le quedaba otra alternativa si deseaba sobrevivir. Julián, en esos momentos, no resultaba ni de cerca la persona más idónea para buscar apoyo, pero dadas las circunstancias, no tenía más opciones que confiar en que la mantendría a flote hasta que acabara la pieza musical y pudiera volver al resguardo de su silla junto a sus primas.
-      ¿Disfruta del baile, Miss Beckesey?- le preguntó, consciente de cuál era la respuesta de dicha pregunta.

Agnés no fue capaz de alzar su vista, ni de mirarlo si quiera una vez más mientras bailaron. Por regla general, las mujeres se mostraban dispuesta a estar a su lado cuando él así lo requería, no en vano era uno de los solteros más codiciados de todo Londres. Por lo general, siempre estaba nerviosas cuando estaban a su lado o charlaban con él, pero jamás aterrorizadas. Temor no es precisamente la emoción que el hombre desearía provocar en una mujer; devoción, admiración, nerviosismo, deseo, pero jamás terror. ¡Y Agnés parecía definitiva y absolutamente amedrentada a su lado! Esa era una situación que lo incomodaba, pero por suerte, para ambos, el baile acabaría muy pronto.
"Tranquila", pensó, contrariado. "En cuanto acabe, te dejaré en paz".
Mientras daban vueltas por el salón, y a su pesar, Julián sintió que una emoción desconocida hasta entonces cobraba cada vez mayor intensidad en su interior: culpabilidad.
_._._._._._._._._._._._
  
Felipe, que seguía atentamente con la mirada a Julián, por poco blasfema en voz alta al verlo cometer semejante fechoría con la cándida Agnés Beckesey. Había jurado que, una vez acabara el baile, reprocharía fuertemente su conducta, la que consideraba absolutamente inadecuada e incivilizada.
Richard, que, como su hermano, había observado cada movimiento de Julián con recelos, no pudo evitar sentir en el alma el ultrajo cometido en contra de la joven Miss Beckesey. Desde un comienzo, había admirado a las tres primas, llamando altamente su atención la delicadeza y candidez que irradiaba Agnés. Sólo le bastaba observarla, para sentir que una enorme paz lo invadía; una paz que le había sido arrebatada desde que se inició y se le prohibió participar en ella.
Agnés, en brazos del desalmado de Julián Ranford, se movía con suavidad, sin protestar ante su reprochable conducta: sin posibilidad de defenderse, sometida a su voluntad y a sus órdenes.
Incapaz de continuar viendo semejante infamia, y con la vehemencia y la osadía que sólo la juventud puede otorgar, dejó a un lado su copa con ponche, y se dirigió hacia el centro de la instancia, directo hacia Julián y Agnés.
-     ¿Richard? ¿A dónde vas?- lo interrogó Felipe, pero su hermano continuó su camino sin atender a sus palabras.
En cuanto estuvo junto a la pareja, ésta detuvo su baile. Agnés, con sus ojillos azules reflejando sorpresa e inquietud, aprovechó el instante para alejarse de Julián.
-        ¿Richard?- lo interrogó Julián, extrañado.

-     Creo que es mi turno de bailar con Miss Beckesey- dijo, con un tono de voz que no daba lugar a objeciones.
Julián observó la expresión de Richard, y supo que éste reprochaba duramente su conducta. Podría haber protestado ante su exigencia, pero no lo hizo. Eso no significaba que reconociera su error, en absoluto, pero ya era suficiente. Había logrado lo que se había propuesto, y ahí acababa todo su interés por Agnés Beckesey.  Siempre le habían atraído las mujeres experimentadas, con capacidad de decisión y un carácter determinado. Agnés no representaba ni la mitad de su ideal de mujer, y no llegaría jamás a serlo tampoco.
-       Por supuesto- accedió Julián ante la demanda de Richard-. Estoy seguro que Miss Beckesey estará encantada.
El futuro duque se inclinó ante Agnés, y le besó la mano con extrema delicadeza. Luego envió una  última mirada a Richard, y acto seguido, se retiró del Salón del Baile de forma definitiva.
-     ¿Está usted bien?- le preguntó Richard a la joven, que había seguido atentamente con la mirada a Julián hasta que hubo desaparecido.
Agnés posó en él su suave mirada, y luego asintió silenciosamente. Parecía aún inquieta, pero al menos ya no temblaba descontroladamente.
-           Lamento que Julián la haya tratado así. Si lo desea, puedo escoltarla hasta su asiento inmediatamente- le ofreció él.

-    Descuide. Ya acabará el baile- respondió ella a su vez, y agregó de inmediato-: Gracias...
Richard esbozó una semisonrisa. No sabía la joven, que él también tenía que agradecerle a ella el efecto tranquilizador que ejercía sobre él. Era una extraña sensación sentir paz, luego de tantas semanas de reproches y guerras internas.
-          No tiene por qué agradecerme nada, Miss Beckesey- contestó él con suavidad.
Agnés alzó la mirada dubitativamente, y ante la sorpresa de Richard Thograwn, le dirigió una dulce mirada, sus ojos azules brillando con calidez y serenidad.
 
_._._._._._._._._._._._
  
-     ¿Es de su agrado Blackwood Manor?- le preguntó Adam, sin poder apartar ni instante la mirada del bello rostro de la joven. Harriet sonrió.

-       Ya que lo pregunta, debo admitir, Mr. Wontherlann, que este lugar es maravilloso, como un pequeño paraíso terrenal- respondió ella-. Aunque no puede decir lo mismo del viaje que nos traído hasta aquí. ¿Ha leído alguna vez a John Milton, Mr. Wontherlann?

-     He leído varias de sus obras poéticas. Aunque no adhiero a muchos de sus pensamientos, considero que es un maestro en su materia- contestó el futuro conde-. ¿Por qué lo pregunta, Miss Beckesey?

-        ¿Alguna vez ha leído su poema "El paraíso perdido"?

-        Nadie puede aseverar que conoce a Milton sin conocer su creación más sobresaliente, que es la que usted ha nombrado.
Harriet asintió con la cabeza, y sonrió con aprobación.
-        No sé si recordará un fragmento de su obra, aquella que dice: "largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz...", ¿la reconoce?

-         Los ángeles que yacen encarcelados en el abismo, por castigo divino, son autores de dichas palabras. ¿Por qué las ha recordado usted?- preguntó Adam-. No puedo evitar sentir curiosidad por su respuesta.

-       Ya le he dicho que este lugar me parece un paraíso, pero el viaje desde nuestro hogar hasta Blackwood Manor ha sido una verdadera tortura, que espero no tener que volver repetir en un futuro muy cercano- y repitió, esbozando con una sonrisa-: "largo y penoso es el camino que desde el infierno nos conduce a la luz...". No puedo estar más de acuerdo, en estos momentos, con las palabras de tan ilustrísimo poeta.
Adam sonrió junto a ella, preguntándose, mentalmente, cuándo antes había charlado con una mujer sobre literatura y poesía. Karinna, estaba claro, no era el caso.
Tras unos instantes, la música al fin se detuvo y puso fin a la pieza de baile. Adam y Harriet permanecieron en la misma posición, resistiéndose a despertar del placentero ensueño en el que se habían sumergido. La joven dama fue la primera en reaccionar, apartando la mirada que tan fijamente había posado en su compañero de baile. Adam cogió sus manos enguantadas, y las besó.
-      ¿Quiere ir beber un poco del maravilloso ponche preparado por Elene?- la interrogó-. Estoy seguro que jamás habrá probado, ni probará, uno más dulce, ni más perfecto que este.

-       Estoy segura de que así es, pero no debe molestarse, Mr. Wontherlann- contestó ella-. Ya es hora de que yo vuelva a mi puesto, y que usted regrese al suyo. Aún está a tiempo para evitar que murmuren.

-      ¿Usted lo cree? ¿Y qué pueden murmurar?- quiso saber él, a la vez que la escoltaba hacia su asiento.

-    ¡Oh! Lo que comúnmente se dice en estos casos. Que quizá me corteja usted, y otras afirmaciones semejantes.

-        ¿Y qué ocurriría, si es eso realmente lo que estoy haciendo, Miss Beckesey?
Harriet abrió el abanico que sostenía en su mano, y cubriendo parte de su rostro con él, respondió:
-   Entonces dirán que es usted un atrevido por intentar seducir tan descaradamente a vuestra propia invitada.
Adam sonrió.
-      Está bien, usted gana- reconoció-. Pero tendrá que bailar conmigo otra vez antes de que acabe la fiesta.

-         Como guste, Mr. Wontherlann- respondió ella, tomando asiento en su silla-. Será un placer.

-          Lo mismo digo- aseguró el futuro conde.



viernes, 19 de agosto de 2011

AGRADECIMIENTOS...Y UN PREMIO (Lil, Akasha, Lady Jane).

Bueno, no tengo mucho que decir. Necesito premiar a estas personas por ser las primeras en seguir este blog, y por contar con su apoyo todo este tiempo, reconocimiento que hago sin desvaler al resto de los lectores que, tan amablemente, me han seguido y han comentado. GRACIAS A TODOS!! En algún momento, también tendrán un premio, el que haré con dedicación y desde lo más hondo de mi corazón.

1. LIL querida, esto es para ti. ¡¡GRACIAS!!



2. AKASHA, querida mía!! ¿Como olvidarme de ti? Aquí tienes mi reconocimiento. Por la belleza de tus historias y por hacerme soñar...gracias. 


 

3. LADY JANE, esto te pretenece. Te lo dedico a ti y a tu bellísimo blog, lleno de alegrías, esperanzas y sueños.


jueves, 18 de agosto de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (4/8)

Queridos amigos mío, sólo un breve anuncio: HE VUELTO. Disculpen mi ausencia. No volverá a ocurrir.

Besos. EILEEN.

_____________________________________________________________________


"Como siempre Julián fanfarroneando", pensó Felipe reprobando absolutamente las palabras y la conducta de su amigo. ¿Pero qué más podía esperar de él? Probablemente Julián había nacido siendo un absoluto descriteriado.
Envió una discreta mirada en dirección a Sofía. Sólo había pensado en observarlas a penas unos instantes, pero nuevamente fue incapaz de apartar su mirada de la joven. Ella ejercía una extraña atracción sobre él, lo que le resultaba ciertamente molesto. ¿Cuando Felipe Thograwn, futuro duque de Rathmore, había admirado con tal entusiasmo y fijeza a una dama? Ni siquiera a aquellas señoritas más osada, y de cuerpos voluptuosos, que se paseaban ante su presencia, cual pájaros de múltiples colores, habían logrado atraer su atención. Pero Sofía... Sofía no era una de esas chicas osadas y voluptuosas, cuyas risillas agudas y conversación superflua, aburriría hasta al más amable y paciente de los caballeros. En aquél mismo instante, sentada junto a la dulce y tímida Agnés Beckesey, mantenía su espalda recta y su expresión serena, como si nada en aquél salón fuera capaz de tocarla, ni fuera digna de poseer su atención. Nada...
...ni NADIE.
Temiendo que la joven se percatara del examen al que estaba siendo sometida tan descaradamente, apartó la mirada y se obligó a no volver a fijarla en ella. "No puedo ser tan débil. No puedo cometer el mismo error...", pensó contrariado. Su abuelo había sido un mujeriego, y su padre, había duplicado las hazañas de su antecesor, y con mucho orgullo. "Pero, a pesar de todo, es mi padre y le respeto", pensó Felipe. "Y suplico cada día y cada noche a la Santa Providencia por su vida".
Los Thograwn eran una familia muy respetada en Inglaterra, tanto por su antigüedad, como por sus riquezas y los títulos que poseían. No cualquiera era merecedor de gozar de la amistad de los Thograwn; debían hacer méritos, demostrar su categoría, contar con ciertas influencias en sociedad. Pero la selectividad de su padre y su abuelo acababa cuando aparecía una mujer ante su presencia. ¿Cuántas amantes, con hermosas casas, habían posesionado en toda Norwich? ¿Y cuánto había sufrido su madre conociendo esto? Años y años en que sus amigas y toda las damas de la alta sociedad se habían referido a ella con lástima y, otras, envidiosas de la inmensa fortuna y la vida llena de lujos que llevaba, con burla. "Es rica", solían decir. "Pero no es capaz de mantener a su esposo en su cama". Felipe había sufrido con la muerte de su madre. Gracias a la Santa Providencia, su enfermedad había sido breve e indolora, y tenía la seguridad de que, aunque ella no hubiera deseado separarse de sus hijos, ahora gozaba de una paz que, ni su esposo ni su suegro, habían sido capaces de darle jamás estando en vida.
-          La va a sacar a bailar...- oyó decir a Kenneth.
Felipe alzó la visto. Una extraña sensación de angustia y posesión lo dominó, al ver a Dorian Fenwick acercándose a Sofía. El caballero se inclinó con exquisita suavidad ante la joven, y le solicitó un baile, esbozando aquella sonrisa seductora a la que muy pocas mujeres se habían resistido.
-          ¿Crees que acepte bailar con él, Felipe?- escuchó preguntar a Kenneth.
"¡NO!", respondió de inmediato una voz en su interior. Acto seguido, una profunda sorpresa lo embargó al ser consciente de su reacción inmediata. Pero, ¿qué es lo que estaba haciendo? Él jamás reaccionaba así ante ninguna mujer. Además, dentro de poco se casaría. Su prometida era una mujer tranquila, por la que sentía respeto y estima. Compartían un cariño sereno que se basaba en la confianza, y por el que ninguno de los dos debía temer perder la cordura. Desde que la había conocido la había tratado con cortesía; jamás le había faltaba el respeto, ni había sentido la necesidad imperiosa de examinarla con detención cada instante, ni había deseado ardientemente ir a pedirle un baile antes que otro caballero... En cambio, a Sofía...
Felipe bebió un largo trago de licor, e intentó recuperar el dominio de sí mismo. Temiendo el curso que estaba cogiendo sus propias emociones, se obligó a guardar la compostura y respiró hondamente. ¿Qué es lo que le pasaba? Sofía Beckesey ni siquiera se dignaba a mirarlo, y él estaba reaccionando como un jovenzuelo enamoradizo. "Como mi padre y mi abuelo ante una mujer atractiva", pensó con amargura. "Pero no puedo permitirlo. Juré por mi madre que sería distinto; que respetaría mi esposa, que mantendría intacto el honor de los Thograwn, y pienso cumplirlo".
Aparentando un tranquilidad y una indiferencia que no sentía, observó a Sofía aceptar la mano de Dorian Fenwick y luego caminar hasta el centro de la instancia.
-        De hecho, Kenneth, ya lo ha aceptado- contestó pregunta del joven que estaba a su lado.
Kenneth sonrió.
-        Yo no estaría tan seguro.
-        ¿De qué hablas?- preguntó Felipe, esta vez, extrañado con su respuesta.
-        Que no creo que lo logre- respondió el otro, con la vista fija en un punto del salón-. Miss Agnés no lo aceptará.
Felipe siguió la trayectoria de su mirada. Al lado opuesto del salón, donde momentos antes Sofía había estado sentada, se encontraba Agnés Beckesey. La joven parecía asustada, y observaba aterrorizada a la alta figura de espaldas ancha que estaba inclinada ante ella: Julián Ranford.

_._._._._._._
Cuando Adam Wontherlann invitó a salir a Harriet, y ésta última la aceptó, Agnés sintió que toda su seguridad se venía al suelo. Harriet representaba para ella toda la fuerza y determinación de las que tanto carecía; tenerla a su lado la hacía sentir tranquila, como si todo fuera- y debiera- salir bien estando ella presente. Hubiera deseado retenerla a su lado, pero no podía hacerlo. Habría sido una horrible demostración de debilidad y de falta de autodominio, actitud que Harriet le habría reprochado con maternal dureza.

Tras recuperarse de la pérdida de Harriet, Agnés inmediatamente se escudó tras Sofía, que permanecía muy seria y silenciosa a su costado, por lo que, cuando la joven aceptó la invitación de Dorian Fenwick para salir a bailar, la desolación y la angustia atenazaron su delicado espíritu. ¿Qué iba a hacer sola? ¿Y si alguien la invitaba a bailar? ¿O intentaba hablarle? ¿Qué haría, entonces?

Pero, claro, lo peor aún estaba por ocurrir.
Nerviosa, y abanicándose con mayor celeridad de la conveniente, vagó con la mirada de un lugar a otro del salón, sin fijarla en nada ni en nadie en especial. Más que en lo que la rodeaba, su mente seguía con atención el alegre vals que los músicos interpretaban. Era una melodía ciertamente hermosa, pero Agnés no la escuchaba atentamente por su belleza, sino por saber en qué minuto acabaría. Mientras siguiera sonando, cualquier caballero presente en el salón podría sacarla a bailar, y si eso ocurría...

-        ¿Mr. Ranford...?- murmuró al ver la alto y arrogante joven cruzando el salón hacia ella. ¿Julián Ranford? ¿Pero por qué se acercaba? ¿Qué es lo que...?-. Dios mío...- murmuró atragantada.
En cuanto la joven comprendió que Julián Ranford iba a su encuentro para sacarla a bailar, quedó inmovilizada en su puesto. No podía respirar, ni pensar, y aún menos hablar. El bello vals, las personas que la rodeaban, todo dejó de tener importancia, y fue reemplazado por el incesante latir de su corazón. Deseaba huir, pero ni sus piernas, ni ningún músculo de su cuerpo, respondían a sus órdenes.
"No...", gimió interiormente presa del pánico.
¿Qué iba a hacer cuando la invitara a bailar? Sofía le había advertido que ni siquiera se dignara a mirarlo, pero no podía apartar la vista de él. Su intensa mirada se encontraba fijamente localizada sobre ella, y la forzaba a seguir observándolo con igual insistencia. Si al menos Sofía o Harriet hubieran estado a su lado, ellas habrían intercedido a su favor y espantado a ese atrevido de Julián Ranford.
Harriet le había dicho que debía estar tranquila, y no demostrar debilidad. Le dijo que debía controlar su timidez y mantener la cabeza en alto, con orgullo, como una Beckesey, y eso es justamente lo quería...o lo que intentaría hacer, al menos. Nerviosa, y con las manos temblorosas, cerró el abanico y los dejó sobre la falda. Alzó la barbilla y esperó a Julián Ranford en su puesto, con la mayor dignidad posible.
"No debo demostrar debilidad...", pensaba. "No debo demostrar debilidad... Él me invitará a bailar y yo lo rechazaré... le diré que no... que no y... y...".
Julián Ranford finalmente llegó a su lado. Sus ojos verdes de intenso brillo, la observaron con fijeza. Agnés perdió el hilo de sus pensamientos, y aguantó la respiración. El joven, haciendo gala de una caballerosidad inaudita, se inclinó ante ella galantemente. Cuando volvió a mirarla, Agnés estaba roja como la grana y sin palabras.
       -    Miss Beckesey, ¿acepta usted bailar conmigo esta pieza?

jueves, 7 de julio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (3/8)

-       Las tres primas Beckesey están deslumbrantes- comentó Julián, y agregó de inmediato-: Y me atrevo a decir, que son lo único interesante en este baile.
-       Al parecer, Mr. Fenwick está muy de acuerdo contigo- dijo Felipe, con un extraño tono de voz.
Adam se dio la media vuelta, y dirigió una mirada Dorian Fenwick, que conversaba con Dave Richmond y su padre. Sonreía y charlaba con tranquilidad con ambos hombres, pero su mirada, y toda su atención, se encontraba puesta sobre las tres jóvenes que permanecían sentadas. Adam arrugó el entrecejo. No pudo evitar recordar una vez más el pasado, y sentir la angustia y el odio revivir con mayor fuerza en su interior. Las tres hermanas Pontmercy había caído ante los engaños de Dorian Fenwick, y ahora lo harían las tres primas Beckesey.
Bebió un sorbo de ponche, y posó su vista en Miss Harriet. La joven se abanicaba con delicadeza, intercambiaba algunas breves palabras con alguna de sus primas, y luego volvía a sonreír. La observó con atención. Los ojos de la joven brillaban con luz propia, y con una vivacidad que le llamaba fuertemente la atención. Percibió su enérgica personalidad aquél día al verla asomarse por la ventanilla del coche, y lo confirmó durante el desayuno que había compartido al día siguiente a su llegada a Blackwood Manor. ¿Cómo sería ser el objeto de esos maravillosa mirada llena de luz y calor? ¿Perderse entre sus luminosas profundidades y fundirse en su increíble resplandor?
"Demonios...", maldijo mentalmente apartando la vista de la joven. No podía cometer el mismo error otra vez. No podía dejarse engañar por otra mujer, caer en sus múltiples encantos femeninos, y sufrir otra decepción semejante. Era necesario que mantuviera la cabeza fría, y despachara su endemoniado deseo al otro lado del mundo.
-       Miss Harriet sigue tan agraciada como en ese baile que la vimos por primera vez- oyó comentar a Richard con voz reposada.
"¿Agraciada?", pensó Adam esbozando una sonrisa burlesca. "Esa palabra que es incapaz de describir a esa mujer. Ella es...es...". Suspiró. " Es arrebatadora".  Molesto consigo mismo por haber concluido semejante barbaridad, dejó la copa de ponche sobre la mesa y decidió no beber más. Sin saber cómo, su vida entera se había visto trastocada. De la noche a la mañana, en su hogar se encontraba el hombre que había abusado de su prometida, y una jovencita que amenazaba con romper su estabilidad emocional. Le había costado meses enteros olvidar- o intentar olvidar, al menos-, la traición de Karinna, y cuando al fin se había acostumbrado a la idea de que no volvería a fijarse en una mujer en su vida, aparecía Harriet Beckesey...
-       Es... una mujer como cualquier otra- opinó mostrándose desinteresado.
"No puedo a caer en esto otra vez...", pensó. "No puedo permitirlo. No puedo...".
-       En realidad, yo no diría eso- lo contradijo Felipe-. Miss Harriet es una dama... bastante peculiar.
-       ¿Peculiar? ¿Y qué significa exactamente eso, Felipe?- preguntó Julián-. ¿O es acaso otras de tus desapasionadas galanterías al sexo femenino?
-       Esa "desapasionada galantería" a la que has hecho alusión, Julián, es una forma de describir la vivaz y particular personalidad de Miss Harriet- explicó Felipe-. Jamás había conocido una mujer que poseyera una opinión propia respecto a la política de nuestro país, ni que criticara tan fuertemente la actual situación de la sociedad.
-       ¿Política?- preguntó Adam extrañado-. Esos no son temas para una dama.
"Karinna jamás habló de política, ni manifestó su opinión sobre algún tema en particular", recordó el futuro Conde. "De hecho, creo que jamás hablamos de nada que no fuera nuestro compromiso, sus vestidos y los cotilleos de la sociedad".
-       No, no lo son. Y seguramente otra persona, en mi lugar, se habría escandalizado ante semejante conversación.- Sonrió-. Pero no logré hacerlo, en especial, por sus argumentadas posturas. No niego que aquél baile hasta me resultó placentero en cierto sentido. Miss Harriet consiguió que no me arrepintiera de asistir a una reunión social, a la que iba condenado a acabar hastiado, como de costumbre.
-       Vaya, esa Miss Harriet sí que debe ser impresionante si ha logrado sacarte de esa sempiterna indiferencia tuya- bromeó Julián-. Si hasta llegué a creer que era incurable.
Felipe envió una sosegada  mirada al joven, a la que Julián respondió alzando su copa, en mudo brindis. En ese mismo instante, observaron a Adam alejarse de la mesa y cruzar el salón con determinación.
-       ¡Eh, Adam! ¿Qué tienes en mente?- lo interrogó Julián.
-       Sacar a bailar a Miss Harriet Beckesey, claro está- respondió el futuro Conde dirigiéndose hacia el extremo del salón, donde la tres primas permanecían sentadas.


_._._._._._._._


Harriet observó que Agnés se abanicaba rápidamente, en un claro gesto de nerviosismo. Con delicadeza, posó una mano sobre la suya y la calmó.
-       No hagas eso, querida- le advirtió Harriet-. Sé que te sientes inquieta, pero recuerda que con ese movimiento tan...acelerado de tu abanico, estás comunicando algo que no sería prudente que los caballeros de este lugar llegaran a comprender.
Agnés sonrojó hasta la punta de sus cabellos al comprender el error que estaba cometiendo. Harriet le sonrió tranquilizadoramente, y volvió a hablar en un susurro:
-       Tranquila, estoy segura de que nadie se ha dado cuenta- aseguró-. Ahora hazlo lentamente... Demuéstrales tu indiferencia.
La rubia joven asintió, y alzó la mirada. En ese mismo instante, sus ojos se abrieron de par en par, evidenciando su sorpresa.
-       ¿Qué ocurre?- la interrogó preocupada Harriet.
-       Se acerca uno de ellos- murmuró con un hilillo de voz.
Harriet alzó la barbilla, y giró levemente la cabeza hacia la figura masculina que se dirigía directamente hacia ellas. El corazón le dio un vuelco. Adam Wontherlann, con expresión inescrutable y paso seguro, cruzó la habitación y se apostó a su lado. A esa corta distancia, estando él tan próximo, Harriet pudo apreciar el maravilloso azul de sus ojos. Su presencia desprendía una fuerza asfixiante, y una determinación imposible de describir. Recordó las advertencias de Christinne, la posibilidad de que ese hombre fuera un mujeriego inescrupuloso y ruin, pero no logró hacerlo...
Adam se inclinó ante la joven, y extendió una mano.
-       Miss Harriet, ¿me permite esta pieza?- le preguntó. La expresión de su rostro era inescrutable, pero no escapó a los ojos de la joven, que su mirada carecía absolutamente de su habitual frialdad.
-       No encuentro una razón para negárselo, Mr. Wontherlann- contestó ella.
Maravillada, Harriet observó que el hombre esbozaba una sonrisa ladeada y que sus ojos se iluminaban con una luz hasta el momento desconocida. Le pareció que ese gesto suavizaba la severa y sombría expresión de su rostro, y que aumentaba de manera incalculable su atractivo.
Adam estrechó la delicada mano enguantada entre las suyas, y de inmediato, una calidez interior los invadió. Se miraron atentamente, por segundos que les parecieron interminable, y finalmente se dirigieron hacia el centro del salón. La nueva pieza musical comenzó, y los dos jóvenes se balancearon al son de la dulce melodía, sin apartar ni un instante la mirada el uno del otro, como si estuvieran inevitablemente unidas y nada fuera capaz de separarlos.
Harriet había bailado con muchos hombres desde que Clarisse la había presentado en sociedad, pero jamás se había sentido tan cómoda y segura en los brazos de uno. Adam la hacía flotar en el suelo; girar con la suavidad de una pluma al compás de la melodía que la orquesta entonaba. Ni siquiera Alexander...
"¡Por la Santa Providencia!", exclamó mentalmente, al recordar a Alexander Dietrick, y rápidamente volvió a recuperar la cordura. Interrumpió el contacto visual con Adam, y sonrió suavemente. "Si se comportó de esta forma con las hermanas Pontmercy, no es de extrañar que acabaran todas cayendo rendidas en sus brazos".
-       ¿Así que no encontró ninguna razón para negarse a bailar conmigo?- la interrogó Adam, que hasta el momento, se había mantenido en silencio al igual que ella. Sus increíbles y profundos ojos azules la miraban con insistente fijeza-. Podría haber invocado cualquier inconveniente, y juro que la habría entendido.
Harriet sonrió.
-       Si le hubiera dicho que tenía jaqueca, ¿hubiera sido suficientemente para usted?- le preguntó ella a su vez-. ¿Me habría dejado en paz, Mr. Wontherlann?
-       Por supuesto, aunque no le habría creído ni una palabra.- Harriet rio adorablemente.
Adam, que había contemplado el cambio experimentado en Harriet con atención y curiosidad, se preguntó qué le habría ocurrido. En realidad, lo que no podía explicarse era cómo una mujer podía ser tan delicada y seductora al mismo tiempo. Una extraña sensación se había adueñado de su alma, y de su palpitante corazón, al tener a Miss Harriet entre sus brazos. Por unos instantes, lo olvidó todo; el pasado, el rencor, la tensión, y sólo estaba ella; una luz iluminando entre las sombras, envolviéndolo con su delicado y cálido resplandor...  ¿Sería ella conciente de los efectos que podía ejercer sobre un hombre? ¿El efecto que tenía sobre él? La cándida inocencia de su mirada le decía que no, pero no podría asegurarlo. Las mujeres podían ser sensibles como palomas, y tan falsas e inescrupulosas como arpías.
"Demonios... ¡y mil demonios más!", imprecó al comprender lo que estaba haciendo. Su parte racional, la que aún permanecía inamovible, estaba luchando arduamente por permanecer aferrado a la cruda realidad. Pero estaba perdiendo la batalla. Harriet era una mujer hermosa, y era comprensible que, luego de tanto tiempo de abstinencia, sin disfrutar de los placeres de una mujer, estuviera más sensible a los encantos de aquella encantadora dama. Sólo debía mantener las distancias... No permitir nuevamente que...
Observó el rostro de la joven, sus delicados labios curvados en una suave sonrisa, esa mirada soñadora, cual lucero iluminando el ancho cielo nocturno, y comprendió que no sería fácil. Harriet Beckesey había irrumpido en su vida como un vendaval, destrozando su voluntad y sus fuerzas. Pero, ¿acaso podía hacer algo?
Lo dudaba.


_._._._._._._._._


-       Sólo miren a Adam- dijo Julián, observando al joven bailando con Harriet-. ¿Cómo puede que tan sólo llegar estas adorables damas ya se haya apoderado de una?
El tono de su voz era de indignación, pero la sonrisa de su rostro lo desmentía por completo. Podría decirse que se sentía hasta satisfecho.
-       No hables de esa manera de Miss Harriet, que es una jovencita culta y refinada- dijo Felipe-. Ninguna dama merece ser tratada así, como si fueran trofeos susceptibles de tener dueño.
-       ¿Sí? ¿Y tú crees eso realmente?- preguntó Julián dirigiéndole una sonrisa socarrona.
Felipe le dirigió una mirada cargada de antipatía, y luego la posó en otro punto del salón. Julián, dándose por vencedor, soltó una carcajada. Acto seguido, bebió el ponche que le quedaba en la copa de una sola vez, y dejó el delicado cristal sobre le mesa.
-       ¿Qué vas a hacer?- le preguntó Kenneth. Nada que se le pudiera ocurrir a Julián era cuerdo, ni sensato, por lo que siempre sus amigos temían que hiciera una barbaridad.
Y esta vez no sería una excepción.
-       Había decidido que no bailaría, pero creo que he cambiado de opinión- contestó el aludido.
-       Sea lo que sea que estés tramando, desiste de ello inmediatamente- le advirtió Felipe observándolo con desconfianza-. Este no es el momento ni el lugar adecuado para tus extravagancias, ni para tus insensateces.
-       Felipe, amigo mío, ¡me insultas! ¿Qué te hace crees que planeo algo?
-       ¿Será quizás porque jamás has bailado en una fiesta anteriormente?
Julián sonrió.
-       ¡Vaya, tienes razón! Pero dime, ¿qué mejor día que este para romper las tradiciones?- lo interrogó con humor. Y alejándose de sus amigos, agregó-: ¡Ah! Y no tarden en escoger a su pareja, caballeros. Porque yo ya voy por la mía.

viernes, 1 de julio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 6 (2/8)


-       Les presento a Miss Deborah Prince- dijo Mr. Wontherlann.
Las tres jóvenes se inclinaron con exquisita elegancia ante la mujer.
-      Ella les acompañará durante su estadía en Blackwood Manor. Además, es una mujer instruida en las artes, en la música y en la literatura, por lo que podrán intercambiar impresiones con ella y beneficiarse de sus múltiples conocimientos.
Harriet sonrió. Deborah Prince le parecía una mujer adorable, modesta y recatada. Estaba segura de que se llevarían bien.
-       Es un placer para nosotras conocerla, Miss Deborah- le dijo Sofía.

-       También lo es para mí- contestó ella.
Luego, el Conde de Blackwood se dirigió hacia uno de los caballeros que le precedía y lo presentó a las tres jóvenes. Harriet lo observó con atención. Sin lugar a dudas, era un hombre atractivo. Según sus cálculos, rondaría los 35 años, sino menos. Era alto, delgado y de aspecto impecable. Sus facciones eran duras, pero varoniles, lo que se veía acentuado por el aire de altivez que las cubría.
-       Mr. Dorian Fenwick- lo presentó el Conde.
Harriet alzó su abanico y lo observó fijamente. Sus modales eran exquisitos, y sus gestos, en extremo corteses y comedidos. Nadie podría negar que era un caballero, o al menos, que se comportaba perfectamente como tal. ¿Qué le llamaba la atención de ese hombre, entonces? ¿Por qué...le producía tanta inquietud?
Dorian Fenwick, como adivinando que era objeto de un exhaustivo examen de parte de la joven, giró levemente el rostro y clavó su vista en ella. Sus miradas se encontraron por un fugaz momento. Los ojos del hombre, oscuros como abismos, la observaron con detención. Detentaban un brillo astuto y calculador que le helaron la sangre. Incómoda, y ciertamente sorprendida por ser descubierta durante su examen, Harriet apartó la mirada.
"Dios mío...", pensó, sintiendo la mirada del caballero aún fijamente puesta sobre su persona. "Que embarazoso e inoportuno incidente".
Dorian Fenwick sonrió, y acercándose a la joven, se inclinó ante ella y le besó una de sus delicadas manos enguantadas. Un involuntario escalofrío recorrió el cuerpo de Harriet en cuanto entraron sus manos en contacto. Estuvo tentada de  alejarse de él, pero sus modales no se lo permitían. Una conducta semejante sería severamente reprochada entre los presentes, además de constituir una falta grave dirigida en contra de Mr. Wontherlann, por ser su invitado el denigrado.
-       Un placer conocerla- dijo Dorian Fenwick con voz susurrante-. Estoy a su completo servicio.

-       También...es un placer conocerlo, señor- contestó Harriet dedicándole a penas una fugaz sonrisa.

Había algo en ese hombre que le inspiraba una profunda desconfianza, aunque no sabría decir exactamente el qué. Todos sus sentidos le advertían que tuviera cuidado, y que se apartara de él cuanto antes, por lo que, al soltar Mr. Fenwick su mano, se sintió profundamente aliviada. Luego, repitió el mismo procedimiento con Sofía y Agnés, haciendo gala de una caballerosidad y una cortesía que deslumbraría a cualquier señorita.

-       Mr. Fenwick nos acompañará una temporada en Blackwood Manor, desempeñando la labor de administrador- explicó Mr. Wontherlann-. He iniciado algunos nuevos negocios que requieren de la atención de alguien de su talento y experiencia.

-       Creo que usted exagera, Lawrence- contestó el aludido-. He oído que su hijo, el joven Adam Wontherlann, también detenta habilidades para los negocios y las cuentas. Por lo que, sigo considerando, que mis servicios son absolutamente innecesarios aquí.

-       Debo reconocer que Adam ha desarrollado una intuición para los negocios que ni yo mismo poseo- asintió el Conde con orgullo-. Pero los nuevos lineamientos que han adquirido mis actividades comerciales, requieren de gente con experiencia en el rubro. Estoy seguro que, tras una breve temporada, Adam aprenderá a administrar con suma eficacia todas dichas actividades, pero de momento, necesitamos de su asesoramiento Dorian.

-       E intentaré satisfacer sus exigencias de la mejor forma posible- aseguró el hombre esbozando una sonrisa ladeada.
Harriet no volvió a dirigir ni una mirada más a Dorian Fenwick, por un lado, porque no deseaba que el susodicho caballero creyera que lo espiaba con la intención de trabar amistad, y por otro lado, porque su sola presencia bastaba para aletarla. Mientras se abanicaba suavemente, paseó la mirada por el Salón, deteniéndose en la alta y atlética figura de Adam Wontherlann durante su trayecto. Parecía muy seguro de sí mismo, intercambiando silenciosas palabras con los caballeros que lo rodeaban. No sonreía, como solía hacerlo Julián Ranford, ni su rostro reflejaba la serena indiferencia que caracterizaba a Felipe Thograwn. Todos sus movimientos, sus gestos, incluso su forma de hablar, parecían acciones ejecutadas con calculada precisión, como si le significara un enorme esfuerzo mantener la calma que en aquél momento demostraba. A Harriet le pareció que se sentía incómodo, y que estaba tenso, pero no podría asegurarlo, ya que le desconocía por completo.
"Bueno, eso no es totalmente cierto", pensó la joven, mientras lo admiraba. "Si los rumores son ciertos, Adam Wontherlann es un hombre sin honor; un desalmado sin escrúpulos, que había abusado y engañado a tres hermanas, arrebatándoles el tesoro más preciado de una mujer: su virginidad". ¿Sería verdad? ¿Sería el causante de la desgracia de las hermanas Pontmercy?
-       A todos los presentes, solicito su atención por favor- oyó decir a Mr. Wontherlann.
Harriet apartó la mirada de los jóvenes caballeros que compartían en el otro costado del salón, y la fijó sobre el Conde. Suspiró. No sabía si Adam era o no culpable de los delitos que le imputaban, pero algo sí era seguro: jamás podría reprochar a las hermanas Pontmercy por caer bajo sus encantos. ¿Podía existir acaso una mujer capaz negarse a ser estrechada entre esos fuertes brazos? Sinceramente, lo dudaba. Adam Wontherlann era un hombre atractivo y debían de lloverle las mujeres.


_._._._._._._._._


-       Estimadas damas, caballeros, hoy damos inicio a una nueva temporada en Blackwood Manor. Circunstancias excepcionales, y por cierto, lamentables, nos han reunido en este lugar por un lapso de tiempo imposible de determinar- dijo el Conde-. Entiendo que muchos de ustedes desee estar entre las filas de nuestro valiente ejército o haciendo compañía a sus seres queridos, que heroicamente luchan por nuestra amada Inglaterra con arrojo y denuedo- declaró el Conde. Su mirada paseaba entre los presentes, y de ella fluía una serenidad que consolaba, como la dulce caricia de una madre comprensiva y llena de ternura, los corazones de aquellos que lo escuchaban-. Puedo llegar a imaginarme el dolor y la angustia que en este momento sienten, y créanme cuando les aseguro, que comparto vuestra amargura, pero el deber con vuestras familias los ha traído hasta aquí y sería inútil seguir lamentándolo.
En algún rincón del salón de baile, Felipe Thograwn apoyó una consoladora mano sobre el hombro de su hermano. Richard alzaba orgullosamente su rostro, pero no podía ocultar la profunda angustia y la impotencia que le producía encontrarse en Blackwood Manor, y no en el frente de batalla, donde en ese momento muchos valientes hombres, incluyendo a su padre, estaban dispuestos a entregar hasta la vida por su amada patria.
Harriet sintió que el pecho se le contraía del dolor. Clavó la vista en su regazo, intentando controlar las lágrimas que comenzaban a anegar sus ojos, e inspiró hondamente. Una vez más, rogó por su padre, por sus tíos, por lo valientes  soldados que en ese momento luchaban, y sobre todo, por sus familias; por todas aquellas mujeres, hijos y padres que suplicaban por ellos y añoraban su regreso, tal y como ella, anhelaba volver a ver a su padre.
-      No pretendo, pues, que olviden su dolor, ni sus múltiples anhelos, mientras permanezcan en este hogar, pero sí que logremos una convivencia agradable y tranquila, que nos ayude en parte a sobrellevar esta desazón que nos embarga- aseguró Lawrence Wontherlann-. Pero para eso, es necesario que no seamos más unos desconocidos, y logremos entablar una relación cordial y amigable, que es el principal objeto de este baile.- Alzó una copa y sonrió-: Mis estimadas damas- se inclinó ante las jóvenes mujeres que estaban a s u costado derecho-, distinguidos caballeros, una vez más sean bienvenidos a Blackwood Manor. Espero que vuestra estancia aquí sea satisfactoria, y breve- agregó de inmediato-, por la victoria de nuestros compatriotas en el campo de batalla.

-       Un brindis por nuestros bravos guerreros!- dijo Dave Richmond elevando su copa hacia el cielo.

-       ¡Por nuestros brazos guerreros!- se oyó aclamar al unísono.
Las cuatro damas, que permanecían sentadas en sus puestos, se habían limitado a alzar sus copas con delicadeza, demostrando su aprobación ante la declaración pero sin demasiado fervor. Aunque deseasen con todo su corazón que aquella horrible guerra acabase de una vez, no era educado que una mujer dejara traslucir sus emociones en público. Toda su conducta debía estar enmarcada dentro de ciertos parámetros, dictados por la prudencia y el refinamiento, siendo su principal deber mantener la sensibilidad propia de su sexo, pero sin traspasar los límites que la propia sociedad le imponía a su conducta.
Sofía envió una discreta mirada a Harriet. Su prima alzaba la copa suavemente en el aire, pero el brillo de sus ojos y la expresión de su rostro reflejaban sus emociones con total y absoluta nitidez; con una claridad demasiado evidente como para ser correcta. Suspiró. Tendría que hablar con ella más tarde.
Mr. Lawrence Wontherlann hizo una señal a Atwater, el que abrió las puertas del salón, dejando entrar a cinco músicos contratados especialmente para la ocasión. En unos instantes, comenzaron a tocar una pieza de Mozart, y el Conde, dio inicio al baile.