viernes, 10 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 5 (1/4)



Jamás Harriet y Agnés habían visto a Sofía tan indignada. Su mirada, habitualmente serena, brillaba con una energía nada común en ella. Con un brusco movimiento, de deshizo de sus guantes, y dejó el abanico sobre la cama.
-        Esto es inaceptable- dijo al fin-. Completamente inaceptable.
Harriet suspiró. Admiraba los jardines de Blackwood Manor a través de los ventanales con actitud pensativa. Sin desearlo, esos ojos azules seguían apareciéndose ante ella; esos hipnotizantes y brillantes ojos azules, que se le clavaban en el corazón, como dos puñales cubiertos de escarcha e indiferencia. Un involuntario escalofrío la invadió al recordar lo que había visto reflejado en esos ojos; no sólo absoluto desinterés, sino algo más profundo y oscuro.
-        ¿Harriet? Harriet, ¿me estás oyendo?- oyó la voz de Sofía entre sus pensamientos.

-        Sí, Sofía- asintió con aire ausente.

-        No. No me estás escuchando, ¿o es que no te interesa?- la interrogó su prima, evidentemente molesta por su falta de atención-. ¿Acaso no te pareció indignante la conducta de esos…individuos? ¿Ves por el bochorno por el que nos hicieron pasar?
Harriet sacudió la cabeza suavemente, y miró a Sofía.
-        Estoy de acuerdo contigo, prima, pero no fue correcto lo que hicimos.

-        ¿A qué te refieres?

-        Luego de desayunar, Mr. Wontherlann seguramente nos iba a invitar  a conocer Blackwood Manor. Es lo que acostumbra hacer señor de la casa cuando hay visitas quedándose en su hogar- dijo-. Disculparnos de esa forma tan prematura no ha sido educado, ni decoroso.   
Sofía la miró con sorpresa, como si fuera incapaz de creer que hubiera dicho semejante locura.
-        Sé que tu estilo de vida es muy distinta a la nuestra, pero no puedo creer que desearas seguir soportando los descaros de esos hombres. ¿Acaso no te has dado cuenta de cómo miraba ese tal Julián Ranford a Agnés?- preguntó-. La pobrecilla se aguantaba más del azoramiento.
Harriet suspiró. Sin lugar a dudas, Sofía acababa de repetir alguna de las pobres críticas que solían dedicarle tía Margareth o tía Judith. Pero eso no le afectaba; era consciente de sus opiniones y sus my diversos reproches, dirigidos tanto a su abuela como a su padre. Se agregaba a esto, que ni su vida ni su conducta estaban limitados por "el qué dirán" de los demás; de ser así, no podría ni respirar tranquila.
-        En realidad, Sofía, no es de extrañar que Julián Ranford mirara a Agnés, porque ella es preciosa, y resulta atractiva para cualquier hombre.- La joven aludida sonrojó hasta las puntas de sus cabellos al escuchar a Harriet, y se abanicó con insistencia-. Y no se trata de mi estilo de vida, Sofía. Mostrar el hogar a su visitas, es el deber de todo anfitrión, y lo que se acostumbra hacer en este tipo de casos. Pero, claro, tú no puedes saberlo, porque jamás has vivido una situación similar.
Sofía se sumió en el silencio. Parecía estar reconsiderando la situación, pero, obstinada, se negó a entender razones. Seguía sin tolerar la indecorosa conducta que habían demostrado esos hombres, aunque había sido la desfachatez de Julián Ranford la gota que había rebalsado el vaso.
Suspiró. Aunque debía admitir que no eran todos tan salvajes como Julián Ranford. Mr. Felipe Thograwn se había comportado con infinita exquisitez y elegancia sin excepción, tratándolas con deferencia y respeto. Sólo bastaba ver su forma de vestir para saber que era un hombre correcto y honorable. Sus ojos azules así lo atestiguaban; unos ojos de color puros como… “¡Por la Santa Providencia!”, exclamó Sofía en su interior, al percatarse el curso que estaban siguiendo sus pensamientos. El rubor invadió sus mejillas sin poder controlarlo. Sentía una vergüenza que no podía describir. Como si la hubieran descubierto haciendo algo en extremo indecente.
Consciente de que sus primas la observaban, y que su reacción las extrañaría, intentó imprimir un sello de molestia a su voz.  
-        No iba a permitir que nos llevaran consigo a algún salón. ¿Te imaginas las nefastas consecuencias de estar junto a ellos, solas, en el mismo cuarto?
Harriet se obligó a guardar la calma.
-        ¿Qué es lo que te preocupa, Sofía? ¿Qué nos hagan daño? ¿Es eso?

-        He oído decir…

-        Sí, sé que los has oído decir- intervino antes de que siguiera hablando-, y también sé que tía Margareth y tía Judith seguramente las previenen con gran frecuencia al respecto. Pero te recuerdo que nos encontramos en la mansión del Conde de Blackwood, un caballero de conducta intachable y reconocida honorabilidad, y que aquellos  “hombres” a los que te refieres de forma tan despectiva, son herederos de familias de gran renombre en Inglaterra.- Harriet se sacó los delicados guantes que cubrían sus manos, y aclaró-: No son rateros, Sofía, sino caballeros cultos y herederos de títulos nobles.

-        No sería la primera vez que un gran señor abusa de una señorita, y eso no puedes negarlo.

-        Dudo que alguno de los hombres de esta casa se atreva a hacer algo parecido. Y menos en presencia de Mr. Wontherlann- dijo-. Además, no intentarán hacer nada que pueda comprometer nuestro honor, y que luego los obligue a responder por ello ante nuestras familias. Su status social y su apellido se los prohíbe; no tenemos nada de qué preocuparnos. Simplemente no estamos a su altura- concluyó la joven dirigiéndose hacia la puerta que conectaba con su cuarto-. Ahora si me disculpan, iré a mi cuarto. Necesito descansar.
A los pocos instantes de retirarse Harriet, Agnés siguió su ejemplo y también fue a descansar. Tras quedar sola en su cuarto, Sofía se soltó el cabello y se sumió en inquietantes pensamientos.
“Jamás confíes en un hombre, Sofía”, le había repetido Margareth, su madre, cada vez que se le había presentado la oportunidad para hacerlo. “No importa cuán caballero parezca; la educación y la elegancia no son sinónimo de honor y rectitud”.
Sofía se sentó ante el espejo de su aparador, y admiró su reflejo. Una joven de ojos serenos le devolvió la mirada y le sonrió levemente. Su madre y tía Judith solía decir que era una mujer agraciada, con un encanto natural y delicado. Harriet dijo que Agnés resultaba atractiva para cualquier hombre, ¿y ella? ¿Los hombres al verla la consideraban atractiva? ¿Qué había pensado Felipe Thograwn al verla?
Alzó una mano hacia su rostro, y se acarició su delicada y pálida piel. Con excepción de su padre, nunca había recibido el halago de un hombre. Y a pesar de todos prejuicios que albergaba en su interior, esperaba la llegada de ese momento con ansias.  


   

domingo, 5 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (3/3)



Agnés estaba extremadamente nerviosa. Intentaba controlar los temblores de su cuerpo, pero no lograba hacerlo. Con un inseguro movimiento, cogió la cucharilla de plata para revolver su te, pero lo dejó caer torpemente al suelo. Intentó disculparse, pero las palabras se le atragantaron en la garganta, impidiéndole hablar.
-        Descuide, Miss Beckesey- la tranquilizó el conde de Blackwood-. De inmediato Atwater le repondrá el servicio. Sólo tardará unos segundos.
La joven asintió. En pocos instantes, el mayordomo regresó al salón y le entregó una nueva cucharilla.
-        Gracias- murmuró con un hilillo de voz.
Procurando no volver a cometer otro error, intentó tranquilizarse. Inspiró hondamente, pero eso no la ayudó a remitir los temblores de lo que era preso su cuerpo, ni el angustioso palpitar de su corazón.  ¿Estaría él aún mirándole? Aterrada, alzó la mirada muy lentamente. Los ojos verdes de Julián Ranford seguían fijos en ella, con absoluta desfachatez. Nerviosa y avergonzada, clavó la mirada en el líquido de su tasa. Deseaba estar en su cuarto, sola y tranquila; o aún más, estar junto a su madre en Londres, y admirar la ciudad desde la seguridad y comodidad de su habitación.
Pero no, estaba muy lejos de su hogar, entre desconocidos, y absolutamente desprotegida. Estaba sola… y con un individuo que la observaba con escandalosa atención. Cogió la cucharilla que le había traído Atwater instantes antes, y descubrió, avergonzada, que tiritaba tanto o más que ella. La dejó en la mesa, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de lo nerviosa que estaba, pero todas las súplicas de Agnés fueron en vano. En el costado contrario de la mesa, Julián Ranford esbozaba una sonrisa mordaz. 
Sofía no estaba en una situación más ventajosa. Se sentía tensa, e incómoda. Como rígidos movimiento, se sirvió las tostadas con mermelada, sin apenas percatarse la suave masa del pan, ni del delicioso saber del dulce preparado por Elene. Se sentía indignada, y le disgustaba que Harriet demostrara tanto autodominio. Pero bueno, ¿qué más podía esperarse de ella? La joven solía desenvolverse frecuentemente en la sociedad, y soportar, sin llegar a escandalizarse,  conductas aún más injuriosas que esas. “Quizás a ella no le importe, pero jamás justificaré conductas tan atrevidas como las de Julián Ranford”, pensó. “Su desfachatez es simplemente intolerable”.
Felipe Thograwn se aclaró suavemente la garganta, y miró a Harriet.
-        Es un agradable placer encontrarla aquí, Miss Becksey- dijo.
Intentando parecer calmada, y evitando a toda costa mirar a Adam Wontherlann, Harriet alzó la mirada y le dirigió una encantadora sonrisa.
-        Para mí también lo es, Mr. Thograwn- contestó ella.
Felipe recordaba perfectamente bien a la vivaz y coqueta joven. En cuanto Harriet había llegado a la casa de los Foxmore, todos los solteros se habían sentido inevitablemente atraídos a ella. Y ¿por qué negarlo? Hasta a él mismo le habían deslumbrado sus encantos, aunque de forma muy distinta del resto de los hombres.
Felipe la encontraba adorable, pero sin llegar a considerarla una posible candidata a esposa. Su prototipo de mujer, y de futura duquesa, debía ser una mujer de pasado intachable, templada y conducta comedida. Harriet, en cambio, salía de todos los estereotipos de la dama actual. A pesar de ello, compartieron una animada conversación sobre los más diversos temas. Fue entonces cuando Felipe comprendió que Harriet Beckesey no era la típica señorita disciplinada y bien instruida. Era una dama, en todo el sentido de la palabra, claro está, tan deseable como cualquier otra, pero también osada, de vivaz carácter e ideas definidas.
Resultaba lamentable que el pasado de los Beckesey le jugara en contra, ya que, de ser otras las circunstancias, seguramente Harriet ya estaría comprometida con alguno de los solteros más importantes de toda Inglaterra.
Los Beckesey eran una familia influyente, pero no siempre bien recibida en los círculos sociales. No contaban con título alguno, pero no era importante. Los errores que habían cometido los Beckesey se hallaban en su pasado, y era la cruz que recaía y recaería por siempre sobre ellos.
Años atrás, el apellidos Beckesey había sido respetado y altamente valorado, pero Walter Beckesey- tío abuelo de Harriet- se encargó de acabar con todo eso de un solo golpe. En vida, no sólo había llevado a la ruina a su familia, sino que también había pisoteado la honra de los beckesey de la peor forma posible: estafó a una de las familias más prestigiosas de Londres, los Kinderley, robándole una enorme cantidad de dinero. Cuando se supo, Walter ya se había fugado al extranjero, dejando a su hermano, Doros,- abuelo de Harriet-, con toda la responsabilidad de sus deudas.
Los Kirnderley no exigieron el pago de lo hurtado por Walter, pero Doros se negó a semejantes acto de caridad. Se trataba de una suma descomunal de libras, que los Beckesey, ni vendiendo todos sus bienes y pertenencias, habrían logrado pagar. Los Kiderley lo sabían, pero Doros prefirió darlo todo y empezar desde cero. Era un hombre emprendedor, y con la ayuda de su esposa, Clarisse, lograron forjar en poco tiempo una modesta fortuna, comprar otra casa y educar a sus hijos.
Actualmente, los Beckesey seguían participando de la vida social, pero no con la misma influencia de los años pasados. Lo que, sin lugar dudas, resultaba lamentable, ya que Harriet y sus bien dotadas primas, eran tan merecedoras de un buen partido como cualquier otra soltera.
“Pero ninguna familia de renombre admitiría semejante unión”, pensó.
-        Espero que vuestra señora abuela esté bien.

-        Un poco enferma de los huesos, me temo, pero nada de importancia- respondió Harriet-. Ahora mismo se encuentra en Londres, pero espero prontamente volver a verla. Me sorprende que se acuerde ella- advirtió la joven.

-          Es una dama grácil y encantadora; jamás podría olvidarla- contestó el futuro duque con igual cortesía.
Tras un desayuno silencioso y sin mayores inconvenientes, las tres primas se disculparon, y tras dar las gracias a Mr. Wontherlann, subieron a sus cuartos.


BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (2/3)



Las dos doncellas de Blackwood Manor entraron al comedor, y sirvieron agua caliente a los comensales. Mr. Wontherlann agradeció su servicio, y tras dirigirle ambas una respetuosa reverencia, se excusaron y salieron del salón.
Un tenso silencio se adueñó del ambiente, sólo interrumpido por el sonido del servicio al entrechocar y el de las tazas de porcelana al posarse en los platos. Alguien carraspeó con suavidad, susurró unas cuantas palabras inaudibles, y volvió a enmudecer. La rigidez del ambiente era evidente para todos, pero nadie parecía dispuesto, ni intentó, suavizarlo.
Mr. Wontherlann se limpió los labios con la servilleta de paño que cubría sus piernas, y se aclaró la garganta.   
-      Sé que no es el momento adecuado, ni el modo usual de hacerlo, pero procederé a hacer algunas presentaciones, si me lo permiten- dijo Mr. Wontherlann a las tres jóvenes Beckesey, y señalando la parte más alejada de la mesa, declaró-: Hijos del conde de Rathmore, Felipe y Richard Thograwn, de Norwich.
Richard Thograwn era menor a su hermano, lo que podía apreciarse fácilmente al mirarlos. Nadie hubiera dicho que eran parientes considerando las notorias diferencias físicas que presentaban. Felipe era rubio, y poseía unos deslumbrantes ojos celestes, tan claros que parecían traslúcidos. Iba impecablemente vestido, al estilo clásico, y su gesto era altivo y reservado. Richard, en cambio, tenía el cabello negro y unos profundos ojos oscuros. Su gesto poseía la misma altivez de la de su hermano, pero se agregaba a esto, un profundo sentimiento de abatimiento, que privaba su mirada de todo brillo.
Felipe saludó a las jóvenes con un suave y cortés ademán. Harriet y Sofía le devolvieron el gesto con igual educación, salvo Agnés, cuya mirada estaba clavada en la mesa. Harriet, que estaba a su lado, la miró con preocupación. “Levanta esa mirada, Agnés”, le suplicó mentalmente, pero sin resultado. Discretamente, deslizó una mano por debajo de la mesa, y cogió la temblorosa de la muchacha. La joven alzó la vista, sorprendida, momento que Harriet utilizó para dirigirle una tranquilizadora sonrisa. “Todo está bien”, le decía a través de ella. Agnés asintió agradecida. 
Mr. Wontherlann continuó con las presentaciones.
-         Hijo del duque de Gravenor, Julián Ranford.


-         Es un verdadero honor, señoritas.
Julián, al contrario de los dos hermanos Thograwn, admiró a las tres jóvenes con todo descaro. Sus ojos verdes fulguraban con siniestra satisfacción, como si le divirtiera la incómoda situación en la que se encontraban las tres primas. Sus labios se contrajeron en una burlona sonrisa al observar a Agnés. En cuanto sus miradas se encontraron, la muchacha sonrojó hasta la punta de sus cabellos y desvió la vista. Parecía a punto de querer huir, pero al igual que los pequeños roedores al ver a su depredador, se había quedado paralizada, incapaz de hacer nada por salvar su vida.   
Su desfachatez era insultante, sin lugar a dudas, pero Harriet no se dejó amedrentar. En cuanto Julián la observó, mantuvo su mirada con decisión, aplicándole una dureza que no era habitual en ella. Deseaba demostrarle que su falta de modales no le afectaba, y que además, su conducta era completamente inaguantable. Pero, al contrario de lo que esperaba, los ojos verdes del futuro duque brillaron con reconocimiento, y hasta con cierta simpatía. Su sonrisa irónica se acentuó aún más, demostrándole de esa forma lo poco que le importaba su desaprobación.
“Estoy acostumbrado, dulzura”, parecía estarle diciendo a través de su mirada. “Además, ¿quién podría atreverse a reprochar la conducta del futuro duque de Gravenor? ¿Usted”. Harriet alzó la cabeza con orgullo, sin dejarse intimidar. “No lo dude”, le respondió ella mentalmente. “Y no una, si no todas las veces que sea necesario”.
-       Y por último, mi hijo, Adam Wontherlann.
El joven hombre que estaba a su derecha alzó la mirada, y les dirigió una indiferente inclinación de cabeza a las tres primas, sin brindarles más atención que la decorosamente correspondiente. Sus ojos azules a penas se detuvieron lo suficientes en Agnés y Sofía, fijándola unos segundos más en Harriet. Las miradas de ambos se cruzaron, permaneciendo unidas por un tiempo mucho mayor del que hubiera deseado. Con un gesto de disgusto, Adam Wontherlann, futuro conde Blackwood, apartó la mirada y no volvió a fijarla en ninguna de las tres jóvenes.
-       Ahora, por favor, sírvanse. Ya habrán momentos más adelante para presentaciones más acabadas.
 Las tres jóvenes asintieron en silencio. Harriet bebió una cucharada de té, y cogió una tostada.
-       Miss Harriet, por favor, pruebe la mermelada preparada por Elene- le ofreció Mr. Wontherlann-. Me atrevería a decir que no existe una mejor en toda Inglaterra.


-       No lo dudo, Milord- respondió la joven sonriendo dulcemente-. Miss Atwater es una prodigiosa cocinera como bien pude comprobar durante la cena de ayer noche. 
Harriet aparentaba absoluta y completa tranquilidad, pero su corazón la desmentía. Le latía a una velocidad vertiginosa, y con una fuerza inusualmente excesiva. La joven alzó la vista lentamente hacia el hombre que estaba sentado justo frente a ella, y los examinó con discreción. Adam Wontherlann se servía su desayuno con exquisita elegancia, aparentemente indiferente a la tensión que reinaba en el ambiente y a la presencia de todos los presentes.
Había sido su mirada, y los sentimientos que había visto reflejados en ella, los que provocaron que perdiera su paz interior. ¿Desaprobación? ¿Desconfianza? ¿Culpa? ¿Disgusto? ¿Dolor? No estaba segura, ni tuvo el tiempo suficiente para saberlo. Los ojos del futuro conde de inmediato se cubrieron por un manto de frialdad e indiferencia que le helaron la sangre.


jueves, 2 de junio de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 4 (1/3)


"No, a Sofía no le causará ninguna gracia cuando lo sepa", pensó Harriet mientras se cepillaba el cabello.
Lo cierto, es que, Sofía, a pesar de su edad, no se había relacionado con frecuencia con el sexo opuesto; su experiencia era prácticamente nula al respecto, lo que, sin lugar a dudas, resultaba preocupante. Lo mismo sucedía con Agnés, a la que todos protegían del mundo, manteniéndola tras la reja de una jaula inexpugnable, llena de aprensiones e inseguridad.
Las cosas habían sido muy distintas para Harriet, en cambio. Clarisse la había instruido para desenvolverse entre las personas, y para ellos, no sólo le había inculcado parte de su valiosa experiencia, si no que, además, la había presentado temprana y continuamente en sociedad. Debía reconocer, claro, que las cosas no habían sido fáciles en un comienzo. En primer lugar, las demás jovencitas en edad casadera le hacían la vida imposible a las nuevas candidatas, creándose una rivalidad a muerte entre ellas; y por otro lado, estaban los hombres. ¡Sí! Los hombres, que como buitres van en busca de las muchachitas más gráciles y adineradas para conquistarlas, cual trofeo, y luego desposarlas.
Esa, sin lugar a dudas, había sido la parte más difícil. En un comienzo Clarisse se había encargado de salvaguardarla, pero luego, la propia Harriet había desarrollado sus propias defensas. Fue entonces cuando descubrió que la peor arma que se podía utilizar contra un hombres era la indiferencia, la cual, en determinados casos, podía convertirse en un arma de doble filo: o los espantaba o los instaba a seguir intentándolo. Pero siempre, de un modo u otro, Harriet lograba destrozar sus esperanzas y hacer desertar hasta al más insistente de sus perseguidores.
"Harriet", solía reprocharla Clarisse. "¡Por la Santa Providencia, niña! ¡Si continúas así jamás encontrarás marido!". Harriet sonrió. Clarisse no soportaba que desmotivara a todos sus posibles pretendientes. Solía decir que ya estaba en edad perfecta para contraer matrimonio, y que deseaba estar viva para ver sus nietos. Pero, ¿qué podía hacer? Ningún hombre le había llamado la atención hasta ahora, excepto claro, Alexander Dietrick.

     -     Alexander...- murmuró ella con nostalgia.
Harriet dejó de cepillarse el cabello, y se acercó a las ventanas. Cálidos y resplandecientes rayos de luz invadían la alcoba, y acariciaron su piel al entrar en contacto con ella. Debía reconocer que Alexander era muy atractivo, y todo un caballero. Se habían conocido durante una fiesta en la casa de los Foxmore, donde él le había pedido bailar repetidas veces, ajeno a las murmuraciones y las miradas llena de envidia que les dirigían el resto de las jóvenes solteras. Cuando estaba junto a él, una sensación de cálido y reposado placer la invadía, como cuando se bebe leche tibia durante un frío día de invierno. Pero, ¿eso significaba que estaba enamorada? "Amor" le parecía un concepto demasiado delicado y profundo como para utilizarlo tan a la ligera. Representaba un sentimieno sólido y fuerte; un sentimiento que incluía confianza, cariño y dependencia.

 "No sé qué haré sin usted Harriet", le había dicho él la última vez que se habían visto.


"Vivir, como de costumbre, Mr. Dietrick", fue su respuesta.

Él se detuvo, y la miró directamente a los ojos. Se encontraban solos en el jardín. Altos árboles de tupido ramaje, y arbustos de porte mediano, los ocultaban de las miradas de los curiosod. Alexander cogió las manos de la joven, y las besó con delicadeza.

"¿Cuándo comenzará a llamarme Alexander, Harriet?", la interrogó entonces. "Lo daría todo por oirla pronunciar mi nombre. Todo."

La joven no pudo evitar sorprenderse. Las palabras del hombre le parecían exageradas, y por alguna razón, se sentía en la necesidad urgente de alejarse de él y huir.
Harriet apartó sus manos, las que él cogía tan delicadamente entre las suyas, y sonrió.

"¿Todo, Mr. Dietrick? ¿No cree que es demasiado?", lo interrogó incapaz de apartar esa incómoda sensación de desasosiego que la dominaba. 

"En lo que a usted se refiere, Harriet, todo resulta insuficiente", y acercándose a ella, la miró directamente a los ojos. Harriet sabía lo que deseaba hacer; podía leerlo en la expresión de su rostro y en el brillo de sus ojos: besarla. La distancia entre sus rostro disminuyó alarmantemente, y antes de que él pudiera rozarle los labios, la joven lo detuvo.

"Lo siento, no debí hacerlo", se disculpó él de inmediato. Le besó la frente, y agregó: "Te esperaré. Y si es necesario, iré en tu busca".

Harriet suspiró. Hasta el día de hoy aún se preguntaba por qué había rechazado su beso. ¿No era el sueño de cualquier jovencita ser besada por un apuesto caballero? Harriet observó su reflejo a través del espejo, y frunció el entrecejo. Pero no era tan fácil. No cuando se andaba buscando a algo especial... Algo mágico.

       -     ¿Amor?- se preguntó-. ¿Es eso lo que ando buscando?  

Había hablado al respecto con su abuela, pero cada vez que mencionaba la palabra "amor", esta se largaba a reir. Clarisse no creía en el amor, y eso principalmente, porque, a su juicio, los hombres jamás serían capaces de sentir algo tan profundo. "Más fácil sería lograr que una piedra amara antes que un hombre", solía decir. El amor, para ella, no era más que una ilusión; un concepto bonito para darle algún sentido al matrimonio, y hacer soñar a las jovencitas ingenuas. "Lo único que siente un hombre, Harriet, es deseo, y a partir de esa emoción, fundamenta su relación con su mujer".
 
-        No sé si el joven Dietrick está "enamorado" o no de ti, hija. Pero, creeme, si yo tuviera unos cuantos años menos, habría hecho lo imposible para que se fijara en mi. ¡Despierta, Harriet, por favor! No te he criado para que desperdicies tus oportunidades para quedar bien posicionada en la sociedad- aseguraba-. ¡Quien entiende estas generaciones actuales!- exclamaba abanicándose-. ¡Con la cabeza llenas de fantasías!

"Abuela", pensó la joven al recordarla. "¡No sabes cuánto te echo de menos!". Pero no tardarían en volver a verse. Ella le había prometido que vendría durante una temporada, y no dudaba de que aquello ocurriría muy luego.
Juidth, una de las doncellas nuevas contratados por Mr. Wontherlann, la ayudó a vestir y peinarse. Harriet intentó numerosas veces entablar conversación con ella, pero sus respuestas era escuetas y evasivas. Una vez lista, dio unos suaves golpes en la puerta que conectaba con el cuarto de Sofía y esperó. De inmediato, oyó la voz de su prima autorizándola a entrar.
-        Buenos días, queridas. ¿Listas para bajar a desayunar?- preguntó Harriet. Le bastó sólo enviar una breve mirada Sofía para saber que algo malo había ocurrido-. ¿Qué es lo que pasa?

-        La doncella que ha venido esta mañana ha mencionado que llegaron nuevas visitas a Blackwood Manor.

-        Pues, sí, llegaron ayer por la noche- contestó Harriet demostrando completo y absoluto desinterés hacia el tema.-. ¿Qué tiene eso de malo?

-        ¿Ayer por la noche? ¿Les has visto?- preguntó Agnés con su voz dulce y mirada angelical.

-        He oído los carruajes al llegar. Eso es todo- contestó la joven aprovechando de mirarse en un espejo cercano. Le resultaba simplemente inaceptable no andar presentable; y en su caso específico, "perfectamente presentable", sería más exacto-. Pero bueno, ¿ya están listas? Es hora de que bajemos.
Sofía dejó escapar un largo suspiro.
-        Me dan desconfianza esos recién llegados...

-        Pero, Sofía, ¡si ni siquiera les conoces!- le hizo notar Harriet.

-        Ya lo sé, pero que es Mr. Wontherlann debió avisar a nuestras madres que recibiría a más personas en su hogar- explicó-. Pero, bueno, ya estamos aquí y no podemos hacer nada al respecto. Recuerden ser discretas y prudentes. Nuestra condición en este hogar es de invitados, y es pasajero. Es menester que dejemos una buena imagen de los Beckesey.

-        Lo tenemos claro, ¿no es así, Agnés?- preguntó Harriet a la joven. Había un dejo de humor en su voz que no pasó inadvertido para ninguna de sus dos primas.
Agnés abrió el abanico que llevaba en su mano, y sonrió con timidez.
-        ¿Podemos bajar ahora? Mr. Wontherlann debe estar esperándonos- insistió Harriet.

-        Sí, tienes razón. Vamos.


_._._._._._._._._._._._



Atwater las esperaba para conducirlas hacia el comedor. Tras descender al primer piso, se dirigieron en línea recta por un largo pasillo cuyas paredes estaban decorados con decenas de cuadros de vivos colores. A juzgar por su estilo alegre y la audacia de sus pinceladas, eran obras de Mrs. Wontherlann, la difunta condesa. "Me habría encantado conocerla", pensó Harriet mientras admiraba, una vez más, sus creaciones.
El mayordomo se detuvo ante una puerta doble de madera tallada, la cual abrió con suavidad. Las tres jóvenes fueron anunciadas, y acto seguido, penetraron a la estancia. Harriet fue la primera en hacerlo. Una explosión de luz y calor la recibieron al entrar. A un costado se alzaban altos ventanales, de vidrios inmaculados, a través de los cuales los rayos del sol entraban a raudales, tiñendo de dorado todo a su paso.
"Me temo que este lugar jamás acabará de sorprenderme", pensó la joven.
Sofía la siguió muy de cerca, siendo Agnés la última en entrar al iluminado salón. Instantes después, cinco caballeros se ponían en pie. Harriet fue incapaz de ver la reacción de sus primas ante semejante situación, pero estuvo segura que debió ser de profundo espasmo.

"Debí advertir a Sofía y a Agnés de esto", se dijo.

Suspiró. Y eso que todo no acababa más que de comenzar.


lunes, 30 de mayo de 2011

BLACKWOOD MANOR: Capítulo 3 (2/2)



Atwater dio paso a los recién llegados, a quienes saludó con una respetuosa inclinación de cabeza.
-      Muy buenas noches, Atwater. Es un gusto volver a verlo- dijo Felipe Thograwn, sacudiéndose el abrigo-. Y gracias a la Altísima Providencia, al fin ya estamos aquí.
Había sido un viaje largo y agotador. Su hogar se encontraba en Norwich, en las costas de Inglaterra.  Llegar a Birmingham había sido toda una odisea, en especial, considerando el estado actual del país. La guerra estaba causando estragos, y sus influencias se extendían como oscuras raíces de miedo y desesperanza.
-      Buenas noches, Atwater- saludó al mayordomo Richard Thograwn.
Felipe envió una fugaz mirada en dirección a su hermano. El joven no parecía agotado, pero sí deprimido...y frustrado. Felipe sabía que lo habría dado todo por acompañar en la guerra a su padre, pero tenían obligaciones que cumplir con la familia, y las cuales no podían desatender. Eran los únicos descendientes varones vivo de los Thograwn, y habían dos títulos que heredar; dos títulos que requerían un heredero, y que no podían confluir en la misma persona. Su deber para con la familia estaba primero, a pesar de todos los deseos que pudiera albergar de enfrentarse a sus enemigos. Suspiró. No, no era fácil para Richard aceptarlo, y tampoco lo era para él.
-       Felipe- oyó una voz familiar llamarlo por el nombre-. Llevo esperándolos todos el día. ¿Por qué han demorado tanto?
Un hombre de joven, de porte aristocrático, cuerpo atlético y cabellos oscuros, entró al aposento esbozando una sonrisa. Caminaba de forma segura y con desplante, y su rostro reflejaba verdadero alivio.
-      Adam, amigo- lo saludó Felipe.
Ambos hombres se estrecharon las manos y se dieron un afectuoso abrazo.
-      Creía que llegarían durante la tarde. ¿Qué ha pasado?

-      No fue fácil salir de Norwich. La guerra ya ha dejado una profunda huella en sus calles y en su gente, pero podremos hablar de eso más tarde.

-      Tienes razón- asintió Adam. Y desviando la mirada hacia Richard, sonrió-: Vaya, has crecido bastante desde la última que te vi. ¿Siete años de eso?
El joven lo saludó con una inclinación de cabeza, sin llegar a devolverle la sonrisa.
-      Lo siento, estoy cansado- señaló-. Ha sido un viaje muy largo.
Atwater se ofreció a guiarlo hasta su habitación, y juntos salieron del cuarto. Adam, intrigado y preocupado, interrogó a Felipe con la mirada.
-      Creo que eso también es algo que deberemos hablar a solas.

-      Por supuesto- asintió su amigo-. ¿Y dónde están los demás?

-      ¿Te refieres a mí, hermano?
Un joven de brillantes y vivaces ojos verdes entró al recibidor. Esbozaba una sonrisa ladeada y pícara, reflejando parte de su versátil personalidad. Se acercó a los dos hombres con paso desenfadado, y estrechó la mano de Adam.
-      Bienvenido- le dijo el futuro conde.

-      Considerando la cruenta guerra en la que está sumida nuestra amada patria, no debería sentirme satisfecho de estar aquí- dijo. Y ampliando su sonrisa, agregó-: Pero no puedo evitarlo. Estoy sinceramente complacido de volver a encontrarme en Blackwood Manor, pese a que las razones no sean las mejores, dadas las circunstancias.

-      Ya lo creo.

-      Pero bueno, no hemos "huido" como conejillos asustados de la guerra para ponernos a hablar sobre ella, ¿verdad?- Julián Ranford, futuro duque de Gravenor, sonrió con malicia y agregó-: Oí por ahí que unas dulces damisela, tres, para ser exactos, se encuentran hospedadas en tu hogar. ¿Alguna apetecible? ¿Quizás todas?
Adam y Felipe intercambiaron una mirada cargada de humor.
-      Las he visto llegar, pero aún no nos presentan- y antes de que Julián pudiera decir alguna otra barbaridad, dijo-: Y no están a tu alcance. Así que puedes olvidarte de ellas.
Julián lanzó una carcajada desenfadada, y negó con la cabeza.
-      No sabía que existían mujeres que no estuvieran a mi alcance.

-      Si te refieres a tu título, aún no eres duque, Julián, así que no te sobrevalores.

-      Con un poco de suerte, quizás llegue a serlo dentro de poco- inquirió en tono menos festivo. Una fugaz sombra de rencor pasó por sus ojos, los cuales no tardaron en recuperar su habitual vivacidad-. Pero bueno, ¿no nos invitas a una copa, Adam? ¿Dónde están tus modales?- Sonrió-. ¿Sabes cuántos días he estado sin beber? Dos meses, Adam. Mi cuerpo está suplicando a gritos licor, y si no me lo das de inmediato, no responderé por mi actos.
-      Me temo, que nos preocupa más lo que puedas hacer con alcohol que sin él- bromeó Felipe.
Los vivaces ojos de Julián brillaron con humor.
-      Sí, posiblemente tengas razón- y añadió-: ¿Qué tal si vamos a comprobarlo?


BLACKWOOD MANOR: Capítulo 3 (1/2)


Lamentablemente la jaqueca de Agnés aumentó, y tuvieron que pedirle disculpas a Mr. Wontherlann a través de Atwater, ya que no asistirían a la cena de aquella noche. La respuesta fue inmediata: el Conde comprendía su situación, y esperaba poder disfrutar de su presencia al día siguiente. Y además, ordenó que les sirvieran sus respectivas comidas en las habitaciones.
Mientras esperaba su cena, Harriet se dedicó a cepillar su cabello y a reflexionar. Sofía se encontraba junto a Agnés para vigilar su salud. La joven suspiró. Sus dos primas la habían invitado a cenar con ellas, pero había rechazado de inmediato su oferta. Necesitaba intimidad, y además, ¿para qué ocultarlo? Quería muchísimo a Sofía, pero le parecía insufrible su actitud sobreprotectora para con Agnés. Esta última era apenas dos años y unos meses menor que Sofía, pero recibía y soportaba sus cuidados como si fuera una niña pequeña.
"No la dejan tomar sus decisiones; ése es el problema", pensó Harriet. "Pero depender de una persona no es el mejor camino. Acabarán haciéndole un gran daño". Si no era tía Judith, era tía Margareth; y por último, en ausencia de las dos, estaba Sofía, que se comportaba con ella como su fuera su madre.
-        Pero, bueno, eso no es algo que pueda cambiarse de un día para otro, ¿no?- se dijo.
Alguien golpeó la puerta. Alzó la vista.
-        Adelante- contestó, dejando el cepillo sobre el tocador.
Una mujer de estatura mediana y cara bondadosa entró al cuarto con una bandeja de plata. Sus labios esbozaban una agradable sonrisa, y su mirada estaba llena de luz y calidez.
-        Buenas noches, Miss Beckesey- la saludó-. Lamento molestarla, pero le traigo la cena. He decidido hacerlo personalmente para asegurarme de que no le falta nada a usted y a sus primas.
Harriet se acercó a la bandeja, destapó uno de los platos e inspiró hondamente. Sonrió.
-        Huele de maravillas- opinó-. Y estoy segura de que sabrá aún mejor. Gracias, Mrs...
-        ¡Oh! ¡Es verdad! He olvidado presentarme- recordó la agradable y animosa mujer-. Yo soy Elene. Elene Atwater, ama de llaves y cocinera de Blackwood Manor, para servirle Miss Beckesey.
Harriet sonrió encantada.
-        Gracias, Mrs. Atwater.

-        ¡No, no! Llámeme Elene, Miss Beckesey, sólo Elene.

-        Y a mi llámeme Harriet- la corrigió a su vez la joven-, sólo Harriet.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada llena de simpatía, y supieron desde un comienzo que compartirían una agradable relación de amistad y cariño.
-        ¿Se le ofrece algo más?- la interrogó la dulce mujer.
Harriet tomó asiento frente a la mesilla donde reposaba la bandeja, y los alimentos recién servidos y preparados. Negó con la cabeza.
-        No, Elene. Todo es perfecto, créame- aseguró-. Aunque quizás...- vaciló la joven, incapaz de reprimir su curiosidad.

Suspiró. ¿Para qué intentar negarlo? Sentía curiosidad incontrolable por Blackwood Manor, su historia y sus habitantes. Aún no conocía personalmente a Mr. Wontherlann, y desconocía si vivían más personas en ese lugar. Todo eso la llenaba de ansiedad y de ganas de investigar...
Elene la observaba en silencio y con curiosidad. Harriet sonrió. ¿Qué mal podía hacer unas cuantas preguntitas? "Ninguno", pensó.
-        En realidad, sólo es un poco de curiosidad. Pero si está ocupada, Elene, no la haré perder más tiempo.
Elene sonrió.
-        ¡Nada de eso! Adelante. Pregunte usted, niña, que estaré encantada de responder.

-        En Blackwood Manor, ¿cuántas personas viven?

-        ¿En Blackwood Manor? Pues hace muchos años, sólo Mr. Wontherlann, su hijo, el señorito Adam, Frank y yo- informó-. Y ahora, debido a la llegada de las numerosas visitas que tendremos durante una temporada, el señor Conde ha contratado a tres doncellas, y dos lacayos más.
En vez de verse mitigada, la curiosidad de Harriet se vio acrecentada aún más. ¿Había oído bien? ¿"Numerosas visitas"? Pero, ¿de qué numerosas visitas estaba hablando? ¿Acaso Mr. Wontherlann esperaba recibir a otros invitados aparte de ellas tres?
"Paciencia, Harriet", se dijo. "Pronto lo sabrás".
-        Es una casa muy grande para un número tan reducido de personas- opinó la joven.

-        Antes venía mucha gente a visitar Blackwood Manor, al menos, mientras Mrs. Wontherlann, la esposa del Conde, estuvo sana. Todo cambió en este hogar cuando ella cayó enferma y murió. Blackwood Manor se convirtió en un lugar solitario y triste.

-        ¿Hace cuántos años murió Mrs. Wontherlann?

-        Hace muchos, cuando el señorito Adam era aún muy pequeño.

-        Tuvo que...ser algo muy triste para él y para su padre, el Conde.

-        Fue una verdadera tragedia, niña. ¡Lo hubiera visto usted! De la noche a la mañana, Mrs. Wontherlann cayó muy enferma. El Conde mandó a buscar a los mejores doctores del país, incluso del extranjero, pero ninguno pudo determinar el origen de su mal. ¡Ni siquiera Mr. Richmond! La pobrecilla se debilitó con gran rapidez, pero jamás perdió su alegría. Era una mujer maravillosa, y todos lamentamos mucho partida- recordó la ama de llaves con emoción-. Pero ahora las cosas han cambiado. ¡Blackwood Manor volverá a estar lleno de vida esta noche!

-        ¿Esta noche?- preguntó Harriet sin poder retener más su curiosidad-. ¿Por qué, Elene?

-        Esta noche llegarán los últimos invitados a Blackwood Manor.

-        ¿Los últimos invitados?

-        Sí. Verá, niña, Mr. Wontherlann es un hombre muy respetable y algunas familias de renombre han dejado a sus hijos a su cuidado también. La mayoría de ellos futuros herederos de sus títulos, a los que no pueden permitirse perder en la guerra.

-        Comprendo- asintió Harriet, decidiendo que dejaría el tema de momento. Se sirvió una cucharada de sopa, y sonrió satisfecha-. ¡Sabe de maravillas, Elene! ¡Es usted toda una cocinera excelente!

-        Gracias, niña. Ahora si me disculpa, debo retirarme. ¿Se le ofrece algo más?

-        No. Y muchas gracias por el tiempo que me ha brindado, Elene.

-        El placer ha sido mío, señorita.
Luego de que la bondadosa mujer se retirara, Harriet quedó muy pensativa en su cuarto. Si antes había tenido algunas preguntas respecto a Blackwood Manor, en esos momentos su cabeza estaba a punto de colapsar de tantas interrogantes que por ella rondaban. Le intrigaba todo de ese magnífico hogar, su pasado, su gente, y también los invitados que llegarían aquella noche. Elene había insinuado que familias de renombre, portadoras de título nobles, habían enviado sus hijos a Blackwood Manor para protegerlos de los conflictos bélicos. Conocía a muchas familias importantes gracias a su abuela Clarisse, ¿sería alguna de ellas?
Sin llegar a servirse toda su cena, se recostó en la cama con dosel y siguió meditando. La emoción y las novedades le impedían conciliar el sueño. ¿Quién podía dormir estando en una mansión tan maravillosa y rica en historia como Blackwood Manor? Porque no le cabía duda que, detrás del título de los Blackwood, existía toda un pasado llenos de intrigas, ambición y poder. Y ese hogar, la magnífica Blackwood Manor, representaba la esencia de cada uno de los portadores del noble título; un poco de su personalidad, de sus sueños, y de sus ambiciones.
Harriet abrió los ojos. Caballos.
Discretamente, se levantó de la cama, se acercó a la ventana y recogió una porción de las cortinas. Una hermosa noche estrellada se extendía frente a ella; cientos de estrellas titilaban desde la oscuridad, a un ritmo único y armónico. El sonido de los cascos golpeando el suelo fue más cercano. Harriet abrió un poco más la cortina, a riesgo de que advirtieran su presencia.
Dos coches se acercaban a Blackwood Manor, todos ellos con distintos emblemas forjados en sus costados. "No puedo reconocerlos desde aquí. Está demasiado oscuro", pensó Harriet. Se detuvieron ante el hogar, y de inmediato los lacayos se acercaron a abrir las puertezuelas. Observó bajarse una figura del primer coche y dos del segundo, las cuales entraron al hogar de inmediato, desapareciendo de su vista.
Harriet permaneció unos instantes más en la ventana, pensativa. No había logrado identificar los rostros de los recién llegados, pero eran todos varones, de eso no tenía duda. "Esto no le gustará a Sofía cuando lo sepa", pensó mientras volvía a acostarse.
A los pocos instantes los carruajes volvían a ponerse en marcha, alejándose de Blackwood Manor.